Al regresar del viaje, la mansión Vlad parecía más acogedora de lo que Island recordaba. Las paredes, antes frías y distantes, ahora tenían un aire cálido que la envolvía al cruzar la puerta. Daska, siempre tan atento, la guio suavemente por el pasillo, su mano firme pero tierna sobre la espalda baja de Island, cuidando cada paso que daba. —No hace falta que me trates como de cristal —bromeó ella, arqueando una ceja mientras sonreía. Daska la miró de reojo con esa mezcla de picardía y ternura que solo él sabía manejar tan bien. —Quizá no de cristal, pero ahora eres lo más valioso que tengo —dijo en un susurro, inclinándose para besarle suavemente la sien. Island no pudo evitar sonreír ante esa declaración, aunque también un poco avergonzada. No estaba acostumbrada a tanta dulzura de su

