Island estaba sentada en el borde de la cama, con los dedos entrelazados sobre su regazo, observando el fuego titilar en la chimenea. El calor en la habitación contrastaba con el frío nudo que sentía en su estómago. Desde hacía días algo dentro de ella había cambiado, una sensación constante, casi imperceptible al principio, pero ahora imposible de ignorar. No quería alarmarse, ni sacar conclusiones precipitadas, pero los indicios estaban ahí, inconfundibles. Daska, quien había estado revisando unos papeles en su escritorio, notó el inusual silencio de su esposa y se acercó. La manera en que ella evitaba mirarlo directamente lo hizo fruncir el ceño. —Island —dijo él, con su voz profunda—. ¿Qué pasa? Ella levantó la cabeza lentamente, sus ojos nerviosos, un gesto poco común en alguien ta

