Capítulo 6

1028 Palabras
Daska se quedó en silencio, claramente consciente de que había perdido el control de la situación. Island, por su parte, no pudo evitar sentir una satisfacción maliciosa al verlo así. Aunque sabía que quedarse en la mansión Vlad no era lo mejor para ella, la oportunidad de incomodar a Daska era demasiado tentadora como para dejarla pasar. —Parece que tienes una hermana muy cariñosa —dijo Island en voz baja, inclinándose ligeramente hacia él mientras Iris seguía con sus preparativos—. Será una noche interesante, ¿no crees? Daska la miró con los ojos entrecerrados, su molestia apenas contenida. —Te estás divirtiendo con esto, ¿verdad? —murmuró en respuesta. Island simplemente esbozó una pequeña sonrisa. —No más de lo que tú te diviertes intimidándome, Daska. La noche había avanzado más de lo esperado, y las risas de Iris aún resonaban en los oídos de Island mientras ella y Daska se retiraban finalmente a la habitación que les habían preparado. La mansión Vlad, con todo su lujo y frialdad, no ofrecía ningún consuelo para Island, que sentía su corazón latir con fuerza mientras entraban al dormitorio. La habitación era impresionante, con techos altos y paredes adornadas con tapices antiguos. Una cama inmensa, con dosel de terciopelo oscuro, ocupaba el centro de la estancia. La decoración era una mezcla perfecta de elegancia y opulencia, pero todo lo que Island podía sentir era una creciente incomodidad al darse cuenta de que, al menos por esa noche, ese sería su refugio... y el de Daska. —Finalmente, paz —murmuró Daska mientras cerraba la puerta detrás de ellos, el tono de su voz revelando una mezcla de exasperación y algo más oscuro. Island lo miró con desconfianza, manteniendo la distancia mientras él se quitaba la chaqueta y la arrojaba sobre una silla cercana. —No me hagas parecer como el enemigo aquí, Daska —replicó ella, con una voz que pretendía ser firme aunque en su interior, una parte de ella estaba preocupada—. Fuiste tú quien me trajo a este lugar, no al revés. Daska se giró lentamente hacia ella, sus ojos oscuros fijos en los de Island. El ambiente se cargó con una tensión palpable, y ella pudo ver un destello peligroso en su mirada, una señal de que el hombre que tenía frente a ella estaba a punto de dejar de lado su fachada contenida. —¿Y no es eso lo que querías? —su voz era suave, pero había un filo en ella—. Querías jugar, Island. Querías probarme, burlarte de mí... ¿O acaso me equivoco? Ella dio un paso atrás, pero él la siguió, su presencia imponente haciendo que el dormitorio, por grande que fuera, se sintiera asfixiante. —No te acerques —le advirtió, tratando de sonar autoritaria, aunque su voz tembló levemente. —¿Y qué harás si no lo hago? —susurró Daska, acorralándola contra la pared—. ¿Gritarás? ¿Lucharás? ¿Crees que eso me detendría? Island levantó la barbilla, negándose a mostrarle el miedo que comenzaba a invadirla. —No tienes ningún derecho a tocarme —le espetó—. ¡Aléjate de mí! Daska no retrocedió. En lugar de eso, levantó una mano y acarició su mejilla con una suavidad que contrastaba cruelmente con la amenaza en sus ojos. Island intentó apartarse, pero él la acorraló, usando su cuerpo para mantenerla inmovilizada contra la pared. —¿Sabes lo que más me molesta de ti, Island? —susurró, inclinándose lo suficiente como para que su aliento cálido acariciara la piel de ella—. Es esa actitud de superioridad, como si creyeras que puedes manipularme, desafiarme y salir ilesa. Island luchó contra el impulso de cerrar los ojos, intentando mantener su compostura. Pero la proximidad de Daska, la intensidad de su mirada y la forma en que la mantenía atrapada, todo eso la estaba desgastando rápidamente. —Suéltame —dijo, su voz más débil de lo que le hubiera gustado. Daska la observó en silencio por un largo momento, y luego, con un movimiento brusco, la giró, empujándola hacia la cama. Island cayó sobre las sábanas de seda, y antes de que pudiera levantarse, Daska estaba sobre ella, sus manos firmes sujetándola en su lugar. —Si realmente quieres que te deje en paz, Island —murmuró, su voz ahora más baja, más peligrosa—, entonces deberás darme algo a cambio. Island lo miró, con el corazón latiéndole con fuerza. Había esperado amenazas, había esperado que él tratara de intimidarla... pero lo que él dijo a continuación la dejó sin palabras. —Dame un hijo —exigió, sus ojos ardiendo con una mezcla de desafío y deseo—. Dame un hijo, y entonces te dejaré en paz. Serás libre de mí, libre de este matrimonio. Island sintió como si el mundo se detuviera por un instante, sus palabras resonaron en sus oídos con un eco perturbador. Intentó procesar lo que acababa de escuchar, pero su mente estaba en caos, su cuerpo inmóvil bajo el peso de Daska. —¿Estás loco? —logró murmurar, su voz era apenas un susurro. Daska se inclinó aún más cerca, su aliento rozó el cuello de ella mientras respondía: —Quizás lo esté. Pero esa es mi oferta. Un hijo a cambio de tu libertad. Piensa en ello, Island. Ella no podía pensar, no podía hablar. La crudeza de su petición la había dejado sin aire, sin palabras. Un hijo. La palabra resonaba en su mente, trayendo consigo una oleada de emociones confusas. Ira, incredulidad, miedo. ¿Cómo se atrevía a sugerir algo tan monstruoso? ¿Cómo podía ser tan frío, tan calculador? Se levantó de la cama de un salto, como si el contacto con las sábanas que él había tocado la quemara. "Un hijo... para librarme de él." Island apretó los puños, clavando las uñas en las palmas de sus manos. Desde que fue arrancada del monasterio y arrojada a esta vida, había jurado que no se quebraría, que no permitiría que nadie, ni siquiera Daska Vlad la doblegara. Él... Daska Vlad había propuesto un trato que era tan vil.
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