Héctor despertó de un ligero sueño en medio de la niche mientras la pandilla continuaba durmiendo sin preocupaciones. La luz de la luna se filtraba por la ventana e iluminaba los cuerpos de los adolescentes que trataban de buscar la comodidad del colchón obligándolos a permanecer juntos. Sambrano, por su lado, se encontraba recostado contra el muro usando algunas chaquetas como almohadón. En la calle el ambiente estaba ciertamente animado, y todavía se podían apreciar vendedores ambulantes y música de los negocios de ropa de los alrededores, debían ser como sumo las ocho de la noche.
Una pequeña cucaracha había despertado a Cruz mientras revoloteaba por su cabello. Al parecer, no era muy buena idea dormir en el suelo con una plaga así, y lo más probable es que también encontrase ratas por la casa. La mente de Héctor trató de buscar excusas para mantenerse despierta y activa. Las heridas habían comenzado a doler mucho más y no quería incomodar a sus compañeros que de por sí ya estaban muy asustados por los acontecimientos de aquel día. Sin embargo, no había tiempo que perder y si se querían mantener solitarios y sin depender de nadie era mejor ir buscando las alternativas.
Aunque Héctor trataba de calamar a sus compañeros con palabras de que todo estaría bien y de que sería cuestión de tiempo para que las cosas se despegaran estaba asustado. Nunca le había gustado robar, sin embargo, parecía que aquella practica se le daba bastante bien, después de todo pudo recuperar el dinero que los ladrones creían haberle arrebatado. Cuando recordó aquella paliza las heridas empezaron a arderle y los gritos de dolor volvían a su cabeza, sin embargo, no eran sus propios gritos sino los de aquel chico que probablemente había dejado un buen tiempo incapacitado en el orfanato.
Las nalgas incomodaron a Héctor y se levantó con lentitud para no despertar a sus compañeros en aquel suelo entablado. De su bolsillo izquierdo del pantalón sacó un paquete de lleno de billetes, el dinero que supuestamente había sido robado y con el que le había pagado al amable, pero duro farmacéutico que le había ayudado aquella mañana.
-Será mejor que no sigan jugando a ser bravucones si quieren llegar a viejos-. Le había dicho el anciano una vez que instaló las ultimas gazas.
-Siempre van a haber mucho bravucones allá afuera, o ellos se lo comen a uno o uno se los come a ellos-. Respondió Héctor mientras se ponía de pie con ayuda de la chica.
-Pero esta vez parece que fue usted el que fue comido-. Contestó el anciano quien guardaba sus implementos y se los entregaba a su hija indicándole que los lavara. -A menos, claro está, que ustedes hayan matado al otro tipo.
-Me temo que no tenemos las entrañas para eso, solo espero que no nos vuelvan a molestar-. Héctor observó la puerta y sacó el paquete -Cuénteme, cuánto me va a cobrar.
-Ya le entrego la factura. Sin embargo, sí necesito que me cuente quiénes son ustedes y qué hacen unos culicagados a esta hora buscando pelea en lugar de estar en el colegio.
-Trabajamos en la calle buscando el sustento diario-. Contestó Rata de forma irónica y burlona.
-A mí no me venga con esas cosas. Estas arrugas que tengo no me las gané haciéndome el pendejo, no se las dé de muy malo conmigo que yo puedo ser peor que el diablo.
El comentario tomo por sorpresa a Héctor quien quedo pasmado ante la mirada fija del anciano. Su hija los miraba desde la zona de desinfección con curiosidad, pero sin entender por completo lo que estaba pasando.
- ¿y bien? ¿No va a ser capaz de contestarme? Son ustedes unas ratas ¿Cierto?
-No, no lo somos-. Héctor bajó la mirada tratando de buscar las palabras adecuadas, pero estaba confundido.
- ¿Entonces qué son? Respóndame rápido si no quiere que llame a la policía.
-Nos escapamos de un orfanato anoche-. Héctor comenzó a hablar y las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas sin que pudiera controlarlo. -Mi madre murió hace tan solo poco más de un año y nos encerraron a mi hermano y a mí en ese lugar. Solo quería salir de ese lugar y que las cosas fueran como antes. Ellos se escaparon junto conmigo, pero tan solo llevamos unas cuantas horas afuera y ya nos hemos metido en problemas.
El anciano observó con severidad al joven, pero a la vez le dedicó una sonrisa calurosa que le permitió recuperar la compostura.
- ¿y qué piensan hacer ahora? No creo que se hayan escapado de tener comida, techo y educación para venir a pedir limosna, o algo peor.
La idea de ese “Algo peor” aterrorizó a Héctor. Su madre había muerto en medio de un asalto, el ladrón le propinó un tiro en el pulmón que le cortó la respiración y que la desangró durante casi tres días hasta matarla. La imagen de su madre en el hospital, en medio de la oscuridad y llena de tubos lo llenó de terror y de rabia.
- ¿Cómo puede usted pensar eso de nosotros? Lo único que queremos es salir adelante y hoy mismo buscaremos trabajo y un lugar para vivir.
-Tranquilo, chico, tranquilo, no era mi intención ofenderlo. En ese caso puede empezar su buena vida de buenos pasos pagando la factura-. El hombre le entregó el recibo al chico con una sonrisa. -Espero que les alcance para pagarlo.
Héctor sacó unos cuantos billetes y se los entregó al anciano mientras llamaba a su hija, Helena, para que los depositara en la caja. De nuevo el anciano regresó hacía su cliente y puso su mano sobre el hombro de Cruz.
-Ahora usted tiene una gran responsabilidad como yo la tengo sobre mi hija menor o con mi esposa. Usted sirve como los ojos de esos chicos, así que cuídelos y llévelos por el buen paso, parece más maduro que el resto. Enséñeles que el mundo no es un lugar bonito para vivir.
Héctor se levantó de su sitio arrastrándose por la pared evitando al máximo hacer ruido y despertar a sus compañeros. Se encaletó el paquete de dinero en su bolsillo trasero y salió de la habitación pensativo sin darse cuenta de que Sambrano lo había estado observando. El pasillo estaba torpemente iluminado y la suciedad del suelo se asimilaba a la suciedad de las calles por las que habían caminado. Al final una de las puertas más corroídas estaba entreabierta, sin embargo, decidió que no era de su incumbencia y se limitó a pasar de largo.
La calle estaba bastante concurrida y nadie notó su presencia a pesar de llevar la cara llena de vendas y de gazas. Su lengua estaba reseca y su estómago crujía como loco a pesar del excelente desayuno- almuerzo de la tarde. Los gamines llevaban sus últimos bultos llenos de cartón y papel, los comerciantes cerraban sus negocios y los puestos callejeros vendían carne de dudosa procedencia como si de pan caliente se tratase. Las casas se veían todas igual de viejas y el olor a orines y de alcohol barato se encontraba impregnado en el aire cada vez más toxico.
Rata caminaba por las calles sin destino y despreocupado a pesar de llevar una cantidad considerable de dinero. Pasaba por los negocios como buscando algo, pero sin saber de qué se trataba. Recorrió todo el barrio observando a la gente, que parecía mantenerse siempre igual, con el mismo orden, la misma ropa y las mismas costumbres de la última vez que había atravesado esas calles corriendo tras la triste noticia de su madre.
- ¡Héctor, ahí está, lo estuve buscando como loca todo el día! -. Clara, una de las compañeras de la madre de Cruz le exclamo con impaciencia mientras el joven atendía un restaurante. -Su mamá está en la clínica Oriental, está muy mal y no supe a quién más buscar.
- ¿Cómo así? ¿Qué fue lo que le pasó? -
-No lo sabemos bien. Esta mañana su mamá no llego al negocio, creímos que estaba enferma. Luego del hospital nos llamaron. Dicen que es grave.
Héctor siquiera aviso su partida del restaurante y con el delantal puesto fue corriendo al dichoso hospital. Era medio día y las calles estaban llenas de compradores, gamines y ladrones a los cuales ya tenía totalmente identificado. El sol era bastante fuerte y la agitación de la multitud le robó el oxígeno con cada paso apresurado que daba. En su mente había una mezcla de pensamientos unos buenos, otros malos y otros desesperanzadores.
-Debe ser la diabetes y que le dio un bajonazo eso debe ser-. Se repetía Héctor al tiempo que esperaba un turno para pasar por la avenida. -Ya ha pasado otras veces, a ella no le va a pasar nada.
El caminó pareció mucho más largo de lo que en realidad era y los obstáculos se interponían entre él y su destino. Estaba distraído, en su mente solo se enfocaba la gran clínica, su madre y el dinero que necesitarían para pagar las cuentas, todo lo demás en la ciudad parecía una triste escenografía de una obra de teatro deprimente. Jamás Héctor había visto la ciudad con un tono tan deprimente, no era oscuro, lluvioso o lúgubre como lo expresaban los libros de Mario Mendoza, era cálida, llena de luz y con gente yendo y viniendo. A pesar de todo ello, los edificios parecían murarlo con expresiones burlonas y los semáforos sacaban brazos para detenerlo. Un bosque era menos aterrador que lo que ahora lo rodeaba y le impedía llegar a su destino.
Cuando Héctor trató de cruzar una calle, un taxi paso a toda velocidad y lo arrolló con violencia. El dolor le hizo ver estrellas y lo transportó a un lugar oscuro donde su cuerpo volaba para luego caer a un suelo frio y lleno de baches. La gente lo rodeaba y le quitaban el poco aire que podía conservar en sus pulmones. El obeso hombre del taxi le hablaba, pero no podía escuchar sus palabras, hasta que después de un rato todo se fue aclarando.
- ¿Joven, por qué se atraviesa, no ve que hay un puente peatonal? -. El hombre no le hablaba con preocupación sino con ira. -Ahora me va a meter a mí en un problema.
-No le hable así. El pobre chico debía ir con prisas, y usted con exceso de velocidad-. Respondió la voz de una mujer al otro lado.
-Yo no me voy a embalar con algo así, me largo de acá y él verá que hace-. Contestó el taxista.
- ¡oiga gran imbécil, al menos tenga la delicadeza de llevarlo al hospital! -. Exclamó la mujer.
- ¿Quién me va a obligar, acaso? -. El tipo sacó una cruceta amenazando a cualquiera que se atreviese a seguirlo
Héctor no tuvo tiempo para detenerse a escuchar la conversación, pues en cuanto recuperó por completo la conciencia reinicio su apurado viaje al hospital. Los adultos parecían más concentrados en sus propias peleas que en observar al chico caminando con dificultad en la dirección opuesta, lo cual fue una suerte.
El resto del camino se hizo más rápido y el calor quemaba sus brazos. El sudor se escurría por la frente de Héctor cayendo en sus ojos y nublando la vista. Le costaba levantar el brazo involucrado en el impacto y el dolor en el pecho no solo era de su maratón previa sino de la embestida de aquel coche amarillo. Cuando por fin llegó a la clínica sus fuerzas se reiniciaron y llegó al escaparate de urgencias preguntando por su madre. Luego de suplicas y de razones le permitieron ir a verla y hablar con la enfermera de la habitación donde se resguardaban otros seis enfermos. Los ojos de Héctor se volvieron a aguar al notar a su madre sentada en una silla de madera y conectada a una máquina.
- ¿Qué fue lo que le paso? Yo soy su hijo-. Preguntó Héctor tratando de mantenerse de pie.
-No sé todos los detalles, pero la trajeron esta mañana por unas puñaladas en el pecho y en la zona de los riñones. Está muy delicada, pero aún no hemos podido cocerla por la diabetes-. Contestó con indiferencia la enfermera.
- ¿Pero se va a poner bien?
-Yo qué sé niño, tengo otros veinte enfermos con mayores probabilidades de sobrevivir en este piso. Su madre debe agradecer que la atendimos sin siquiera tener un seguro médico.
La enfermera se alejó mirando la planilla y sin notar la mirada impotente de Héctor ante tal comentario. Su madre a penas se podía mantener en la silla y las heridas, aunque cubiertas con gazas, continuaban sangrando y manchando la ropa que cubría las vendas. Permaneció a su lado en todo momento y, aunque ella estaba inocente, cada vez su rostro se ponía peor, más pálido y con respiraciones más trabajosas. Aunque el chico trató de preguntar qué harían con su madre nadie quiso prestar la mayor atención.
En la noche otra enfermera, más joven que la anterior, se acercó a la madre de Héctor mientras este reposaba los parpados. La mujer cambió los filtros y el suero mientras miraba con tristeza a la mujer moribunda en la silla. Posterior a esto miro en su planilla y se acercó a Héctor despertándolo suavemente con una palmada.
- ¿Eres tú el familiar de esta mujer? -. La mujer estaba agachada frente a él con dulzura.
-Sí, soy yo ¿Ya la van a atender? ¿La van a operar? -. Contestó sobresaltado.
-Lo siento, chico, pero tu madre no cuenta con seguro médico y tendrás que trasladarla a urgencias con los demás que esperan su turno. Necesitamos espacio para otros.
-Pero no le han hecho nada a mí madre, llevo acá todo el día y todos la ignoran como si se tratase de cualquier cosa. Ella tiene dos hijos, somos huérfanos, no puede dejarla morir-. Héctor se aferraba a su madre mientras gritaba.
-Mira, chico, lo sé, pero no puedo hacer nada al respecto-. La enfermera hizo levantar a Héctor y al darse cuenta de que apenas podía mantenerse en pie ayudó a arrastrar la silla de la mujer moribunda. -Te prometo que estaré lo más pendiente que pueda de ella, si algo pasa no dudes en buscarme y haré lo posible.
No quedaba remedio y varios de los guardias y enfermeros los rodeaban ante cualquier respuesta agresiva del chico. Las fuerzas para pelear le faltaban a Héctor y terminó por aceptar sin mucho rechistar. Tenía hambre, pero carecía de dinero y no quería dejar a su madre en aquella fría cabina que quedaba junto a la entrada. La enfermera lo observaba desde la recepción con tristeza e impotencia al tiempo que su madre tenía menos energías para responder.
Cuando los primeros rayos de luz entraron por el ventanal de la recepción, la enfermera regresó con una bolsa de suero y otros equipos propios de su trabajo. Cambio de nuevo la bolsa con tristeza y con cansancio, pero sin dejar de observar con atención el estado de la mujer. Ella sabía exactamente lo que iba a pasar, pero no fue capaz de decirlo ni de quitarle las esperanzas al adolescente que con tanto ahínco se había empeñado en acompañar a su madre. No podía hacer nada, sus jefes habían hablado y tan solo la mantenían ahí para evitar una demanda pues su estado era delicado y no tenía con qué pagar la atención médica. Al terminar su turno compró un jugo y unas galletas de la maquina ofreciéndoselas al joven que las recibió con total gratitud.
-Espero que la mujer muera en el transcurso del día, no sería capaz de darle una noticia tan difícil a un chico tan joven-. Le había dicho la enfermera a su madre.
Cuando la enfermera regresó al hospital en horas de la noche pasó por la recepción rogando con todas sus fuerzas que la moribunda y el adolescente no estuvieran ahí, pero lo estaban. Cuando la chica fue cambiar de nuevo el suero, el adolescente mantenía un poco de jugo y una galleta de la mañana la cual había racionado, indicándole que aquel día tampoco había comido nada. La mujer estaba notablemente peor y la enfermera se preguntaba cómo era posible que nadie hiciera nada, que nadie se diera la molestia al menos de acabar con su sufrimiento.
Las horas pasaron y cuando llegó la madrugada los gritos del chico recorrían los pasillos de la recepción. La mujer temió lo peor tratando de esconderse en un lugar lejano para no tener que ver al joven a los ojos, sim embargo, ella fue llamada a la sala de urgencias para observar un paciente decaído. Al llegar los enfermeros tenían retenido al chico para evitar que interviniera con el procedimiento de la enfermera. La moribunda trabajaba por conservar sus signos vitales, pero había perdido demasiada sangre y estaba muriendo. La moribunda se quitó con dificultad la máscara y observo por última vez a su hijo al tiempo que este hacía lo mismo desde lejos. La mujer murió sosteniendo la mano de la enfermera quien tenía, por profesionalidad, que mantener la compostura.
-Lo lamento, ella murió-. Tuvo que confirmarle al joven tratando de aguantar las lágrimas. -Si conoces a alguien mayor con quien podamos hablar háznoslo saber.
-No tenemos a nadie y dudo que pueda pagar los gastos funerarios-. Contestó el joven que no paraba de mirar el rostro de su madre muerta.
-Debe haber alguien, por favor solo trata de recordar
- ¿Lo harán para cobrarle la estadía en el hospital y el jugo con galletas? -. Contestó el chico inexpresivo.
La enfermera no lo soportó más y las náuseas pudieron más con ella que los cuatro años de estudios y los dos años de experiencia. En medio de lágrimas y dolor vomitó en los baños alimentos que ni recordaba haber consumido jamás. No se había vuelto enfermera para ver casos como estos y se odió a sí misma al no poder haber hecho algo más por la moribunda y el adolescente.
El que iba a ser un corto paseo se convirtió en una caminata que se perpetuó por varias horas. Las calles ahora estaban desiertas e incluso los gamines se preparaban para dormir en sabanas hechas de plástico y cartón. A pesar de que sentía lastima por ellos, no podía hacer nada ni podía compartir el dinero de sus compañeros con aquellos pobres desgraciados. Los puestos de comida se vaciaron por completo y por fin se pudo comprar un pincho de carne. No era una delicia, pero su estómago se lo agradeció profundamente.
Al regresar a casa pasó por el mismo pasillo y observó que la puerta de la habitación continuaba abierta. Sintió curiosidad por ver qué pasaba, pero desistió al comprender que no era algo que realmente le importara. Entro en su habitación y todos sus compañeros parecían estar exactamente en el mismo lugar de donde los había dejado. La cara de Gil se veía tan gil como de costumbre.
Cuando por fin se sentó para descansar Sambrano salió entre la oscuridad y se sentó a su lado haciendo silencio.
- ¿Dónde estaba? Me tenía preocupado-. Preguntó El perro en medio de murmullos.
-No importa, solo daba vueltas por ahí recordando y pensando. Me sé cuidar, aunque sea un cojo y tuerto-. Ambos se rieron en lo bajo. - ¿Quiere pincho?
- ¿De dónde lo sacó? -. Preguntó El perro a pesar de conocer la respuesta.
-Debería importarle más la procedencia de la carne, hay quien dice que la hacen de gamín y niño muerto-
-Pues alabados sean los que comen niño muerto-. De nuevo reiniciaron las risas hasta que El perro termino y observaba a sus compañeros a la luz de la luna. ¿Cruz?
- ¿Qué paso?
-Si nos llega a traicionar o abandonar a nuestra suerte, rompiendo los sentimientos de esos tres estúpidos, me aseguraré de dejarle la cara peor de lo que se la dejó ese ladrón.
-Qué sea un trato-. Respondió Héctor acomodándose en su puesto. -Ahora a dormir, tengo un buen sitio por el que podemos empezar a buscar empleo. Buenas noches.