Contaminación

3619 Palabras
Tras pasar un par de días llenos de necesidades y de evitar al máximo socializar con los extraños vecinos para minimizar sospechas, la pandilla parecía estar adaptándose con facilidad. Pronto los chicos se acostumbraron a los olores de basura y suciedad asimilándolos como el aroma propio de la ciudad. La oscura casa ya no se veía tan tenebrosa y las cucarachas pasaron a ser más que partes esenciales de la escasa mueblería de la casa. Los chicos habían tenido suerte encontrando trabajos pesados, pero sencillos propios para sus necesidades. El primero que logro instalarse fue Vaca y Gil, quienes obtuvieron un puesto como cuidadores nocturnos en un parqueadero de vehículos cercano. Los turnos se les iban en unas interminables catorce horas en la oscuridad de la noche con un bolillo de plástico y una linterna que apenas funcionaba. El jefe era un hombre viejo, malhumorado y con una cara aterradora quien desde el primer día les hizo el aviso y advertencia “Si se llega a perder algo o se hace una marca en los camiones, yo les rayo todo lo que tienen de cara”. La sonrisa de Gil se fue borrando poco a poco con el cansancio y el rostro serio de Vaca se acentuó con los largos turnos como guardas de seguridad. Los siguientes afortunados de la racha de buena suerte fueron Gato y Perro quienes fueron acomodados en un autolavado. A diferencia que sus otros dos compañeros, los chicos lograron dar con un jefe despreocupado y unos colegas que se prestaron en todo momento a brindarles todo el conocimiento y la ayuda que necesitaran. Sambrano, gracias a su gran tamaño, era capaz de cargar con grandes cantidades de agua, químicos y herramientas necesarias para la limpieza de las decenas de automóviles que llegaban a diario al negocio. Por otro lado, Ferias era tan pequeño y ágil que se metía con facilidad en lugares apartados haciendo más eficiente la labor. Ambos compaginaban en un grandioso equipo que los llevó a ganarse el agrado de los clientes y empleados del auto lavado. Sin embargo, para Héctor las cosas terminaron por complicarse y aunque se esforzó y trató de alardear de sus habilidades, nadie parecía querer contratarlo. Gil trató de convencer al gruñón de su jefe para que el chico fuese contratado, pero se veía demasiado herido y su cojera no causarían temor y respeto a los ladrones que pudieran llegar al parqueadero. Por otro lado, en el autolavado, los empleados tomaron una actitud negativa al darse cuenta de que el chico aún conservaba los puntos en la cara y que dado su caminar era poco ágil. Todo había pasado tan rápido que Héctor se encontró a sí mismo una tarde sentado mirando al cielo en la acera fuera de su casa, no deseaba incomodar a los dos cuidadores nocturnos y sentía mucha vergüenza de no hacer nada como para observar a sus compañeros. -No se preocupe, cuando se pueda quitar las vendas verá como lo llaman-. Le había dicho Sambrano una noche al encontrarlo fuera de la casa. -Aun así, no quiero ser una carga para ustedes-. Respondió Héctor con la cabeza baja. -Creo que usted calaría bien como un vendedor ¿Por qué no lo intenta en un negocio de ropa? -Ya lo intenté. Recorrí todos los almacenes, pregunté en todos los negocios en incluso regresé al restaurante donde trabajaba hace un año. Nada, en ningún lado quieren a un cojo con la cara cortada. - ¿Y por eso es por lo que mantiene en la calle sentado mirando al cielo? -. Respondió Sambrano amistosamente invitado a su compañero a ponerse de pie. -Usted no lo entendería-. Héctor se puso de pie y caminó con Perro al interior de la casa. -Además no sé si ha notado ese olor que hay en la casa, huele horrible. -Lo sé, de hecho, estaba por preguntarle eso ¿Qué cree que sea ese olor? -No sé, me recuerda cuando en el restaurante debíamos botar la carne podrida. Ayer revisé y no es la cocina-. Héctor seguía olfateando en busca del espantoso olor, pero no lo hallaba. -En fin, estoy cansado ya en la casa. -Vea el lado positivo, nos puede cocinar. En pocas palabras conseguimos esposa-. Sambrano se echó a reír y abrió la puerta despertando a Gato que había llegado minutos antes. -En fin, hermano, no se desanime, vaya mejor mañana a ver si el señor le quita los puntos y yo hablo con los del autolavado. Las palabras de su compañero lograron tranquilizarlo al menos un poco y consideró que ya había pasado demasiado tiempo con los puntos. Sin embargo, y aunque trató de dormir al igual que sus compañeros, el olor a podrido continuaba impregnado la casa por completo. Héctor se levantó y trato de hacer limpieza en el cuarto buscando la causa, tan vez cucarachas, tal vez ratas o alguna cosa que hubieran dejado a la intemperie. El olor se hacía más insoportable al medida que avanzaba la noche y sentía envidia de la manera que sus amigos lo soportaban como si fuese cualquier cosa. La noche paso lenta, pero el amanecer llegó bastante rápido y como lo había hecho la última semana, preparó el desayuno y los almuerzos de sus compañeros. En unos minutos llegarían también Vaca y Gil, así que debería tenerlo todo listo para acomodarlos y empezar su viaje hacía la farmacia del anciano. Cuando Ferias y Sambrano se fueron empezó una limpieza intensiva a la habitación eliminando cabellos, mugre, barro y cucarachas muertas, pero no encontraba la raíz de aquel espantoso olor. Rindiéndose por fin, destapo el tablado donde guardaba el paquete de dinero que por algún motivo guardaba oculto y sacó unos billetes para pagarle al farmacéutico y algo para comer mientras caminaba de vuelta. Debajo del suelo el olor se intensificaba y cuando trato de observar de que se trataba sus compañeros llegaron descartando la posibilidad de continuar con la investigación. Sus amigos, como de costumbre, se limitaron a comer y se fueron directamente a la cama sin decir mucho acerca de la noche anterior. Aunque la cara de Gil continuaba siendo la de un idiota, la seriedad de su rostro le sumaba años y presencia de la de un hombre mayor. Vaca, por su lado, era quien parecía ser más duro con la desocupación de Cruz, mirándolo con reojo y apartándolo de las conversaciones con su compañero. La actitud de Vargas no solo entristecía a Héctor, sino que también lo asustaba, parecía que estuviera perdiendo el control y que sus compañeros lo sacaban de su vida poco a poco. -Me iré, tengo cosas que hacer. Espero que descansen-. Se despidió Héctor mientras cerraba la puerta. - ¿Rata, si ha visto de qué ese ese olor tan feo? -. Preguntó Gil tratando inútilmente de seguir el olor. -He hecho aseo como loco y aún no lo encuentro. Por ahora será mejor que mantengan la ventana abierta, no mucho, pero si para que ventile. -Está bien. Bueno nos vemos en la tarde, cuidado por ahí que andan robando bobos-. Respondió con diversión Gil. La broma de Gil le devolvió un poco el humor a Héctor al reconocer una pizca del humor que parecía haber perdido. El olor en el pasillo era cada vez peor y una mujer deshilachada pasó con velocidad por el pasillo rehuyendo de la fetidez que se esparcía por la casa. Cuando Cruz por fin se sintió solo de nuevo se agachó y tanteo por el suelo para tratar de notar si aquello se trataba de un problema de ratas. El olor lo atrajo hacía la puerta que días anteriores se había mantenido abierta durante la noche. Héctor trato de forzar la puerta pensando que tal vez su vecino se había ido unos días dejando la comida destapada o carne pudriéndose, sin embargo, otro de los silenciosos vecinos salió de su apartamento aturdiendo al niño. -Será mejor no hacer esto en presencia de otros o dirán que es que les estoy robando-. Se dijo Héctor alejándose de la misteriosa puerta. Tal y como era habitual, a esa hora los comerciantes empezaban a abrir sus negocios y los pocos ciudadanos a la vista eran gamines buscando cartón y otras cosas que reciclar. La mañana estaba perfecta para dar una caminata y la música de las tiendas empezaba a animar el día. Héctor decidió que no había ninguna prisa, al fin y al cabo, el camino era bastante largo y no tenía ningún sentido estresarse apretando el paso. El ajetreo de la ciudad parecían ignorarlo y la gente funcionaba y laboraba ignorando su existencia. Cuando los primeros compradores empezaron a hacerse presentes por la zona, los vendedores los ignoraba descartando cualquier transacción con él y los meseros de los restaurantes lo observaban amenazantes como si de un gamín se tratase. A medida que avanzaba las promociones grabadas y la voces fueron cambiando, logrando identificar la zona comercial de preferencia. Primero se anunciaban gangas de ropa, luego promociones de tecnología y luego servicios para la refacción de automóviles. Los restaurantes pronto empezaron a hacer lo suyo produciéndole un crujir en las tripas a Héctor. Cuando menos lo había notado se encontraba de nuevo en la cafetería donde había tenido su primer desayuno de libertad en compañía de sus amigos, estaba cerca. Los comercios se fueron reemplazando por hermosos edificios residenciales y las estrechas calles repletas de vendedores por gigantescas avenidas donde los vehículos y buses pasaban a alta velocidad. La gente, a su vez, que transitaba por aquellas aceras era muy distinta a la que veía en calles atrás, esta traía ropa formal y se vestían con ropa hermosa. Héctor pudo observar un grupo de chicos de su misma edad y su ropa era simplemente hermosa, en sus rostros se dibujaban sonrisas, bromas y amistades. Aunque Cruz había descartado todas esas cosas hace tiempo, no pudo dejar de sentir envidia por la forma en la que aquellos chicos caminaban sin preocupación y tomados de la mano, tal vez con sus parejas. Cuando al fin Héctor reconoció el lugar pasó velozmente la autopista y llegó por fin al sitio donde días atrás le habían hecho aquellas cicatrices. Solo le había tomado tres horas a pie en llegar, pero la satisfacción de ahorrar en el pasaje le tranquilizó y busco a tientas la farmacia del anciano. -Buenas tardes-. Saludó Héctor mientras entraba en el negocio. - ¡Pero miren a quién tenemos acá, a papá oso! -. Exclamó el anciano que parecía más animado que la última vez. -Sí, soy yo. Tal parece que tiene una muy buena memoria -Ay joven, que tenga arrugas hasta en donde no me da el sol no quiere decir que mi mente me falle-. El hombre se acercó a Héctor y lo miró con detenimiento. -Y si mal no recuerdo esto se lo hice ya hace unos días ¿Por qué no se lo ha quitado? -Vine a eso. Vine a ver si me podría hacer el favor de quitármelas, ya me están trayendo problemas-. Respondió Héctor con confianza. El anciano, por su parte, se rindió a las risas burlándose de Héctor. El chico no entendía el motivo de la risa y se indignó al instante mostrando una mueca de desaprobación. El anciano, se hizo detrás del mostrador y lo invitó a pasar con la mano mientras trataba inútilmente de ahogar las risas. -No, joven, esto se lo podía quitar usted solito, la carne ya está reparándose, no tenía que venir hasta aquí-. Respondió el anciano mientras le sacaba con facilidad las hebras con unas pinzas. -No tenía la menor idea, creí que era mejor que quien me las había puesto me las sacara, o al menos me dijera cómo-. Contestó con molestia el chico. -Hasta mi hija que debe ser menor que usted lo hace y me va a decir que usted no es capaz. No, joven, lo creí con más huevos-. El anciano había recuperado la seriedad y le mostraba a Héctor cada hilo. -Bueno, pues ojalá yo fuera su hija para hacerlo. - ¿Cómo van las cosas con sus hijos? ¿Ya los perdió? -. Preguntó el anciano mientras trataba de lavarle la piel y sacar los restos de tela. -Todos ellos ya tienen trabajo, menos yo, nadie parece querer ocuparme. Ni siquiera un restaurante donde trabajé tanto tiempo-. Empezó a hablar Héctor como una lora mojada. -Ahora soy la ama de casa y me toca cocinarles. No me molesta cocinar, de hecho, me gusta mucho, pero no quiero sentirme como una carga para ellos. -Servir a los demás también es un trabajo muy digno, incluso más digno de lo que cualquiera pueda estar haciendo. -Muy digno y todo, pero no me da dinero-. Contestó Héctor interrumpiendo al anciano. -Uno de mis amigos me está empezando a mirar mal por ello. El anciano comenzó a reírse de nuevo ante el ultimo comentario de su paciente. Héctor parecía ser un buen chico y fácil de tomarlo a chanzas, cosa que muy pocos jóvenes soportaban por esos momentos. -Estoy empezando a pensar que usted vino hasta aquí solo a contarme sus problemas como las señoras chismosas que aguanto todos los días-. Contestó el anciano. - ¡Claro que no! Además, quería buscar trabajo mientras regresaba, tal vez encuentre algo sin esos puntos en la cara-. Contestó confundido Héctor. -Tómeselo con calma, solo estoy jugando un poco-. El anciano observó al muchacho por un momento. - ¿Puedo suponer que no ha almorzado nada, ¿verdad? -No, pero ya lo haré-. Héctor trato de levantarse, pero el anciano sin mirarlo lo obligó atenerse sentado en la camilla. -Yo tampoco y esto está muy solitario. Venga, vamos a almorzar allí donde una amiga mía, la mujer cocina una delicia-. El anciano tomó su chaqueta y se dirigió a la puerta sin notar la confusa mirada del muchacho. -No tengo dinero, además no me ha dicho cuanto le debo. -Hombre, usted se preocupa mucho por bobadas. Yo le gasto, no me gusta comer solo. A pesar de las insistencias de Héctor, el anciano no quiso saber absolutamente nada de dinero y casi por obligación lo llevó al pequeño restaurante del que hablaba. Al entrar en el concurrido local su estómago volvió a crujir ante la comida caliente y recién hecha del local. En la zona de comida una voz de una mujer se superponía ante el mormullo general y sus risas y comentarios le daban a Héctor la imagen mental de una brava y poderosa mujer. Los clientes bromeaban con la mujer al tiempo que el anciano invitaba al chico a sentarse en una de las mesas del fondo junto a la cocina. Cuando la mujer de la voz imponente y gruesa llegó a su mesa Héctor se decepcionó de forma extraña. En realidad, era una mujer pequeña, delgada y con unos cabellos rizos recogidos dentro de sus gorra. La mirada de la mujer era divertida y observó con curiosidad la nueva compañía del anciano con quien parecía tener una relación más cercana que con la de los demás clientes. -Bueno, sardino, dígame que es lo que va a querer o se va a quedar mirándome todo el día-. La mujer hablo con diversión a Héctor. -Yo sé que soy hermosa, pero de bonita no le voy a servir. -Es que no sé qué pedir -Pida de todo que aquí todo es bueno-. La mujer se dirigió al anciano con un rostro animado. -Parece que yo intimido al sardino. -Dele de lo mismo que yo pedí para que pruebe las delicias de la casa. La mujer se alejó y trajo rápidamente una comida con pinta casera. Héctor comió con lentitud al tiempo que degustaba hasta el último grano de arroz del almuerzo. Jamás le había sabido tan bien una comida y se lo agradeció con vergüenza al anciano quien sonreía al ver a su acompañante disfrutar tanto de la comida. -Bueno polluelo, que tal le parece este restaurante-. Preguntó el anciano mientras reposaba la comida. -Cocinan delicioso, en serio, muchas gracias. -Me alegra que le guste, desde hoy tiene trabajo acá y será mejor que le caiga bien a la dueña, que esa señora es una exigencia tremenda. Sin que Héctor comprendiera del todo, el anciano mando a llamar a la mujer del restaurante mientras le proponía instalar al nuevo lavaplatos. Aunque se mantuvo reacia unos momentos, terminó por aceptar y obligó a Héctor a ponerse el adelantar e irse inmediatamente a la cocina. Los cocineros miraron desconcertados al chico, pero poco a poco se fueron adaptando hasta que la tarde se convirtió en noche y la mujer le entregó dinero en efectivo producto de su trabajo. -Bueno Héctor, hoy ha hecho un buen trabajo para ser su primer día, espero que haga lo mismo el resto de los días. Mañana quiero que llegue más temprano ¿De acuerdo? -Muchas gracias, señora Ana, no sé cómo agradecérselo. -Agradezca a Toño que fue quien lo trajo. Con esas fachas que se manda yo no lo hubiera contratado. La paga no era necesariamente alta, pero al menos era mejor que la de Vaca y Gil. Héctor estaba emocionado por el trabajo y decidió que ahora podría pagar transporte para llegar a su casa y comunicar la magnífica noticia a sus compañeros. A pesar de esto, antes decidió pasar por la farmacia para agradecer al anciano por toda su ayuda, sin embargo, en su lugar encontró a Helena quien hacía sus tareas al tiempo que vigilaba el negocio. - ¿De casualidad se encuentra el señor? -. Preguntó Héctor. -No, él ya se fue a dormir, pero si necesita algo especifico puedo llamar a mi mamá-. Respondió la chica con seriedad. -Solo le quería dejar un mensaje. Mañana no vendré, así que por favor dígale que Héctor le manda a dar las gracias por todo-. Dijo Héctor apenado ante la notable belleza de la chica. -Muy bien se lo diré. Si necesita algo más… -No nada, gracias. Héctor se despidió y tomo el transporte público pensando en la chica. Su actitud era bastante fría y distante, lo que le daba un toque interesante que lo obligaría a seguir yendo a la farmacia con cualquier excusa. El camino de regreso a casa fue bastante rápido y Héctor apenas era capaz de procesar la racha de buena suerte que había tenido. No sería más una carga para sus compañeros y por fin podría ahorrar para sacar a su hermano del orfanato, la razón principal por la que trataba de esforzarse tanto. Los pensamientos de Cruz eran tan positivos que había terminado por olvidar el fétido olor que debía estar en su casa y que, siguiendo los patrones, debía estar horrible a esa hora. Al llegar al barrió notó como la policía y una ambulancia estaban detenida frente a la casa y sacando un cuerpo en la camilla. Héctor descartó al instante que se tratase de uno de sus compañero y se acercó con morbo para observar de que se trataba tan curiosa escena. Sambrano y Gato también observaban en la entrada pasmados ante la escena. -Hola ¿qué fue lo que pasó? -. Preguntó Rata con curiosidad. -Encontraron de donde venia el olor-. Respondió Sambrano. -El tipo llevaba más de una semana muerto en el apartamento. Dicen que lo mataron y que estuvo agonizando un par de horas hasta que murió y su cuerpo empujo la puerta cerrándola, por eso nadie se dio cuenta. - ¿Cuándo? -Debe ser por los días que llegamos. Si tan solo alguien se hubiera dado cuenta el tipo no se habría muerto. Pobre. Héctor recordó la puerta entreabierta que había ignorado en su salida y entrada a la calle de días anteriores. Él no tenía la culpa, sin embargo, se comenzó a preguntar lo que habría pasado si tan solo se hubiera asomado a observar lo que pasaba. Además ¿Cómo que un ajuste de cuentas? ¿En qué clase de sitio se habían metido acaso? ‘¿El asesino simplemente entró y salió sin que nadie se diera cuenta? Aturdido y con terror Rata entró en la casa mientras sus compañeros continuaban observando el espectáculo desde la calle. El olor en efecto se había mermado, pero la fetidez parecía encontrarse pegada en las paredes. Héctor caminaba con un zombi estrellándose con las paredes, pero nadie lo notaba, pues todos estaba concentrados en el c*****r que ya no caminaba. Un fuerte mareo, producto del terror y el asco se hicieron con el chico que tan solo se dirigió a su habitación y sacó con violencia el entablado. Una ráfaga de viento, similar a la presión de una tuviera rota salió de la madera podrida y un sonido espantoso se escuchó desde el interior del suelo. Héctor encendió la luz deseando no observar la criatura que allí yacía y que chillaba en coro con otras voces igual de irritantes. Ante la luz de la lampara el monstruo se movía con violencia de un lado a otro embarrado en mierda y sangre. Héctor comenzó a gritar y sus compañeros, junto a otros vecinos, corrieron en su ayuda quedando aterrorizados ante la escena. En el hueco del entablado, como si se tratase de una araña gigante, cinco ratas se encontraban aprisionadas por la cola y chillaban por el dolor y el desespero. Una de ellas estaba siendo devorada por las otras cuatro que parecían tener más energía y un tamaño mayor. Cuando Héctor sacó la última tabla, la rata más grande dio un fuerte chillido y se lanzó de lleno contra el chico, arrancándose la cola y liberándose del rey de las ratas mientras que una mancha de sangre y heces se expandía por el suelo.                            
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