Sombras que se esconden

1846 Palabras
Después de varios días trabajando hasta tarde en el restaurante, Héctor se fue acostumbrando a la rutina y la velocidad con la que tenía que hacer sus tareas. Diariamente debía llegar a las nueve de la mañana y lavar los pisos, fregar las latas, los hornos y algunas ollas que quedaban en remojo desde el día anterior. Posterior a esto descargaba los alimentos, los organizaba en la cocina y pasaba luego a lavar y limpiar las distintas carnes que se utilizarían a lo largo del día. Sus tareas iban mucho más allá de ser un simple lavaplatos y esto no molestaba para nada al chico. Generalmente, Héctor caminaba para su trabajo y cada vez fue menor el tiempo en que se tomaba para llegar al trabajo, sin embargo, en horas de la noche optaba por irse en el transporte para evitar problemas. Este dinero que no gastaba lo ahorraba en secreto de sus compañeros, a pesar de que habían hecho la promesa y el acuerdo que siempre serían transparentes con el dinero y no se reprocharían en lo absoluto las destinaciones que le darían. Sin embargo, Héctor tenía planes más grandes que sus compañeros y no podía poner en mesa común sus ingresos, después de todo debía buscar la manera de sacar a su hermano del orfanato, así como también una idea que se arraigaba más a su cabeza y era invitar a salir a la hija del farmacéutico. El anciano iba todos los días al restaurante, incluyendo los fines de semana, por lo que Héctor podía verlo muy seguido. En ocasiones la hija del farmacéutico acompañaba a su padre y Héctor hacía todo lo posible por cubrir el puesto de mesero para verla y tener la oportunidad de ganar puntos ante ella. A pesar de los esfuerzos y las ganas por hacerse notar, la joven siempre contestaba y lo trataba con la misma frialdad del día en que había hablado con ella al terminar el turno en el restaurante. Aunque sentía una atracción extraña por la chica, esto tampoco lo nublaba de lo que realmente importaba y los chicos que lo esperaban en casa diariamente. Todo parecía ir con normalidad en la vida de Héctor y sus bromas y comentarios sarcásticos eran parte de la personalidad y el común diferenciador del chico. La misma Ana estaba encantada de la forma en la que lograba empatizar con los clientes y los demás empleados. Así mismo, dentro de la casa las cosas fueron mejorando y todos los chicos parecían estar del mejor humor en todo momento. A pesar de todo lo que trataba de demostrar Héctor, cada vez le era más difícil conciliar el sueño y dejar de soñar con ratas. Diariamente en la noche la aterradora escena del Rey rata bajo el entablado, el c*****r del animal devorado y el roedor que se lanzaba de lleno a su cara se aparecía en sus sueños. Cuando se iba a dormir, en su lugar acostumbrado en la esquina de la habitación, revisaba con detenimiento que ningún animal se escurriera por entre las tinieblas. Pronto descubrió que el verdadero motivo para irse desde tan temprano y no llegar hasta tan tarde era evitar aquella habitación aterradora. Contrario a Héctor, los demás chicos parecían estar felices y contentos con la casa y el sector al cual se habían acostumbrado a vivir. Vaca y Gil continuaban con el mal humor de los trasnochos, pero los fines de semana cuando tenían un día libre las bromas y las carcajadas volvían. Su relación con Vaca no había mejorado y el chico seguía observándolo con suma desconfianza a pesar de que Héctor hacía lo posible por complacerlo. La vida de la pandilla había cambiado tanto en tan pocos días que nunca llegaron a imaginar la tragedia que les perseguiría. Una mañana, mientras Héctor caminaba como de costumbre rumbo al restaurante, se sintió incomodo y trató de adelantar el paso para perder a unos sujetos que lo seguían de lejos. Al cabo de un rato la figura de los tipos desapareció y Héctor se burló de sí mismo ante la paranoia momentánea que había vivido. Sin embargo, cuando estuvo a punto de llegar a la esquina que conectaba la farmacia con el restaurante, allí estaban de nuevo los tipos que lo seguían y con el fin de evitar darles más datos de los que buscaban, Héctor dio un rodeo procurando perderlos. Las sombras parecieron perderse entre los callejones, pero al rato volvieron a aparecer en la vuelta de la calle. Héctor, con las bolas en la garganta, decidió ir a confrontar a los extraños sujetos, sin embargo, de camino Ana salió a su encuentro y cortó de inmediato el rollo con los perseguidores. Cruz trató a lo largo del día de continuar pendiente atendiendo mesas, barriendo el local y llevando pedidos con el fin de identificar a los sujetos y descubrir sus intenciones, pero fue en vano y se resignó a esperar hasta la noche. - ¡Héctor, lo necesito acá para que me haga un favor! -. Le gritó Ana desde la cocina con una voz llena de terror. Al momento en que llegó a la cocina las mujeres encargadas de la cocina y la misma Ana se encontraban sobre las sillas con un patético gesto de terror. Incluso Ana, mujer respetable y que no parecía temerle a nada, estaba con una escoba en la mano y mirando con suplicas al chico que confundido no era capaz de captar el mensaje de sus compañeras. - ¡Héctor, debajo del horno! -. Trató de avisar Ana procurando que su grito no saliese de la cocina. - ¡sáquela de acá por favor! El chico sin entender por completo se acurrucó en sus rodillas y observó bajo el horno buscando la araña que, según él, sería el motivo de tanto escándalo. Sin embargo, el sitio era bastante oscuro y estrecho para ver con facilidad, los clientes esperaban y no había tiempo para ir en busca de una linterna. El chico trató de buscar a tientas por el estrecho espacio con el palo de una escoba, pero nada parecía moverse más allá de lo que lograba ver su vista. -No hay nada-. Se rindió Héctor al cabo de un rato. - ¿Cómo que no hay nada? -. La jefa se bajó de la butaca con velocidad y se paró junto a Héctor. -Sí, no hay nada. No deberían asustarse por esas cosas, no hacen nada si ustedes no las molestan-. Sugirió Héctor. - ¿Chico, pero ¿cómo vamos a dejar esa cosa acá? -. Contestó otra de las cocineras que se bajaba de la mesa. -Dejen, entonces, meto la mano a ver si la encuentro. Mientras aún pronunciaba estás palabras, Cruz logró sentir la textura del pelaje de una gigantesca rata la cual chillo al instante al sentirse amenazada. Los ojos de Héctor se abrieron de par en par y asomándose de nuevo por la pequeña abertura, logró observar el animal del tamaño de un gato pequeño y que le chillaba desde la pared. Sus ojos brillaban de un rojo carmesí intenso y sus garras tan grandes y afiladas como navajas. La cola rodeaba todo su inmenso cuerpo y en cuanto vio al chico se lanzó a morder su mano con violencia y furia. Tal y como había ocurrido con el Rey rata, Héctor comenzó a gritar entre el terror y el dolor por la mordida. Los asistentes del local se amontonaron en la puerta de la cocina ante la curiosidad de los gritos del chico, quien cesó con ellos en cuanto la rata, de color blanco, escapó en medio de escobazos de las cocineras. Era la segunda vez en menos de un mes que Héctor recibía un ataque de aquellas espantosas criaturas y lo relacionó al instante con un mal augurio. Los gritos fueron justificados por las cocineras como una caída del chico de la silla y decidieron enviarlo de inmediato a la farmacia de confianza, no sin antes encargarle expresamente de que no dijera absolutamente nada del incidente al anciano. -Hijo, válgame, Dios. Será mejor que vayas a que te arreglen esa mano. Tomate el día de hoy y mañana libres-. Ana sacó dinero con nerviosismo de su cartera y se lo entregó al chico. -Claramente son pagos y esto para lo que Toño te mande. Héctor decidió ignorar las sombras que parecían continuar acechándolo a las afueras del restaurante y se dirigió directo a la farmacia donde lo esperaba el anciano. El hombre, tal como lo había hecho la primera vez, no medió palabra para desinfectar y cocer la mano del chico con ocho puntos. Su joven asistente lo acompañaba y miraba con una expresión de entre miedo y asco la profunda mordida del animal. Cruz no tuvo más remedio que confesar la procedencia de la herida omitiendo, eso sí, la localización exacta de dónde se encontraba el animal. -No puedo creer que exista una rata con una mordida tan grande como esa-. Confesó la chica una vez que el anciano se fue en busca de algunos antibióticos. -Es la segunda vez que veo una tan grande-. Confesó con orgullo Héctor. - ¿Es que hay más grandes? Déjeme decirle que es usted un imán para las alimañas. -Más de lo que cree y no me refiero solo a animales dientones-. Contestó Héctor produciéndole una agradable risa a su interlocutora. - ¿Y mi tía le dejo el día libre? -. Preguntó la chica cuando las risas cesaron. - ¿Tía? -No puedo creer que no lo sepa, su jefa es hermana de mi papá. No creo que ella le dé trabajo a cualquiera que vaya por allá-. Contestó la chica en medio de bromas. -Bueno, excelente saberlo-. Respondió Héctor con asombro. -Me dejó el día libre y mañana también. Otra tragedia más, quién lo diría. - ¿Tragedia? Día libre -No me gusta estar en la casa sin hacer nada, pero supongo que tiene razón-. Cuando el silencio retornó, Héctor se presentó. -Por cierto, me llamo Héctor Cruz, paradójicamente mis amigos me llaman rata. -No te ofendas, pero prefiero llamarte Héctor-. La chica bromeo por unos momentos y luego se presentó-. Me llamo Helena, Helena Cortez. Cuando el anciano entró por la puerta interior de la farmacia con algunos medicamentos la conversación cesó y la sonrisa de broma de Helena. El anciano sonrió y entregó los medicamentos al chico no sin antes bromear con la cantidad de veces que lo había tenido que cocer en los últimos días y le deseo suerte en su camino de regreso. Todas las palabras del anciano se perdieron para Héctor, pues solo podía soñar en silencio con la conversación con Helena y su sentido del humor tan n***o y extraño como el de él. La mordedura, tal y como lo dijo la chica, había traído cosas buenas, como la conversación y la salida temprano del trabajo. La emoción hizo olvidar por completo las sombras a Rata, mientras este soñaba despierto las sombras lo siguieron hasta su casa y se camuflaron en espera de su ataque.        
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