En cuando Gil observó las heridas de su compañero, su expresión tuvo un salto de la preocupación a la risa en cuestión de segundos. Aunque su compañero vigilante de la noche no se dignó a levantarse por ver el estado Héctor, Gil se prestó muy servicial a observar y cuidar los nuevos puntos de su amigo. Aún faltaba algún tiempo para que él y Vaca tuvieran que ir a hacer su turno nocturno como de costumbre, por lo que hubo suficiente tiempo para que Héctor contara orgullosamente su historia con aquel espantoso animal y luego con la agradable conversación con la chica de la que todos parecían enamorados.
- ¡Qué envidia! -. Exclamó Gil una vez terminada la historia. -En mi caso las únicas damas con las que comparto con las perras cuidadoras. A usted le va bastante bien cada vez que lo hieren.
-Supongo que es talento natural-. Bromeó Héctor quien no podía mover la mano con facilidad. -En fin, tuve suerte esta vez, pero creo que va a ser difícil acercarse a ella con el anciano vigilándonos en todo momento.
-Por ahora mejor piense en curarse esa mano para que le pueda hacer dedicatorias-. Gil realizó señas obscenas que hicieron reír incluso a Vaca que los miraba con seriedad. -Voy a ir a cocinar algo, descanse ahora que puede.
- ¿No tiene que dormir? -. Preguntó Héctor al ver lo servicial que se portaba su compañero.
-No importa, total ya no tengo sueño. A demás tampoco voy a dejarlo a usted aguantando hambre. Siéntese y duerma.
A pesar de que las semanas habían pasado y todos se adaptaban de forma diferente a los nuevos estilos de vida, todavía Gato y Gil compartían la misma admiración por Héctor que al inicio. Los chicos no lo decían, pero lo expresaban con cada una de las acciones que hacían por agradarlo. En varios momentos Rata se llegó a sentir mal por aquella devoción ciega que le profesaban, aun cuando ellos se esforzaban y eran más honestos que él.
Gil se ocupó en la cocina por más de una hora mientras silbaba y cantaba tan fuerte que se escuchaba al otro lado del pasillo. Por aquellas horas, generalmente, podían tener la casa prácticamente para ellos solos, lo que les permitía dormir de mejor manera y hacer payasadas propias de los niños. Todo esto era una suerte, pues no importaba la adaptabilidad que estuvieran llevando, puesto que la mayoría de los vecinos daban cierto miedo. Muchos de ellos portaban caras aterradoras llevando tras de sí historias turbias que Gil y Vaca habían escuchado por otros en medio de su turnos nocturnos.
Al cabo de un rato, cuando Héctor estaba por quedarse dormido, Gil llegó con un pocillo desbordando de arroz con leche acompañado de un pan y se lo entregó a Héctor.
-No tenía ni idea que cocinaba-. Le contestó Héctor con agradecimiento.
-Siempre me ha gustado, no soy muy bueno como usted, pero me gusta y tal vez algún día tenga para pagarme uno de esos cursos-. Confesó Gil sentándose a su lado.
Héctor jamás se había puesto a reflexionar sobre aquel tipo de cosas. Es decir, solo tenía la aspiración de su hermano y tal vez vivir mejor, pero desde hace tiempo había perdido sus esperanzas de una vida realmente feliz. La vida le había enseñado a Héctor que no importaban los sacrificios, los esfuerzos o cuanto hiciera, de algún modo todo se vendría abajo como había ocurrido con sus padres. Rata no tenía la menor idea de lo que pensaban sus amigos o la verdadera razón por la que estos habían tomado la decisión de escapar. Ahora escuchando a su compañero se dispuso a reflexionar.
- ¿Quiere estudiar cocina? Pero si acá no ayuda nunca ni a hacer un arroz-. Bromeó Héctor de nuevo.
-Yo sé que suena muy loco, pero quién me dice que no me puedo volver chef, o al menos cocinar en un gran restaurante-. Gil miraba al vacío soñando despierto. -Es lo que yo quiero, sino no me habría ido con ustedes del orfanato.
-Me gustaría tener esa visión de la vida tan bien definida, yo solo avanzo sin pensar en el mañana-. Confesaba Héctor al tiempo que degustaba la preparación de su compañero. -Debería ser yo el vigilante y usted el que va al restaurante, qué paradójica que es la vida.
-Se da muy duro con usted mismo. Sé que esto suena muy extraño, pero a mí me gustaría ser como usted. Responsable, confiable y que inspira a los demás. Yo creo que las cosas se dan por algo, Dios tiene que existir, hemos tenido mucha suerte hasta ahora, si Él no existe entonces me sentiré muy decepcionado.
El despertador vibro y Vaca se despertó por completo de su descanso. Los rayos más brillantes, pero a la vez más cortos, de la tarde entraron por la ventana anunciando que era hora de que el par de vigilantes iniciaran su turno. Faltaba aún muy poco para que llegasen sus otros dos compañeros, y Héctor mató el tiempo observando como Gil y Vaca se preparaban con aburrimiento.
Cuando la hora de irse llegó, Héctor sintió un impulso fuerte por responder ante los comentarios de Gil, sin embargo, no tenía palabras para expresar lo que realmente sentía. Se despidió de sus amigos como de costumbre y se recostó en el viejo colchón que compartían desde su llegada a la pensión.
Mientras miraba al techo, Héctor volvió a recordar las sombras de la mañana y se preguntó si aquellas apariciones no serían más que del producto de su imaginación. Sin embargo, algo le decía que debía mantenerse alerta y que todo aquello, tal vez, significaba algún cambio en su vida. La nueva mordedura, las sombras, el rey rata, todo debía significar algo. Tal vez era su egoísmo respecto al dinero, sus amigos confiaban en él y en cambio no se comportaba de forma transparente con ellos. Nunca se había detenido a pensar en ellos verdaderamente como amigos y no como meras personas que lo acompañaban. Era difícil confiar en otros después de tantas cosas.
Héctor recordó a su padre, con aquella mirada sería y forma de ser comprensiva. Recordó la última vez que habían pasado todos en familia, Sergio no era más que un bebe llorón que mojaba los pantalones. Estaban en un parque, fuera de la ciudad, era un día soleado y en el cielo el espectáculo de aviones del ejercito marcaban la conmemoración del día de la bandera nacional. El himno se escuchaba por todo el parque haciéndolos poner de pie y cantarlo con orgullo y la mano en el corazón. Sergio tan solo lloraba del cansancio y mamá lo cargaba tratando de hacerlo callar. Aquélla fue tal vez la última vez que soñó en ser un soldado y enorgullecer a su padre.
El mundo por aquel entonces parecía tan fácil, tan feliz y sin preocupaciones. La música tenía mayor sentido, los colores eran más vivos y estaba acompañado de quienes amaba. Ahora, todo empezaba a recuperar el sentido perdido, y estaba con quienes confiaba. Tal vez así sería para siempre, y él se aseguraría que así fuera.
Los pasos de Sambrano despertaron en seco a Héctor quien soñaba en sus recuerdos lejanos. El Perro se sorprendió de verlo llegar tan temprano y esperó con ansias alguna explicación de tan extraño hecho. Por su parte Gato caminaba de puntitas esperando, inútilmente, no despertarlo. Los rayos de luz del atardecer habían desaparecido y en su lugar la bombilla iluminaba de amarillo la habitación.
Luego de contar a sus compañeros, esta vez sin la misma emoción, la historia de sus nuevos puntos y su posterior reunión con la hija del farmacéutico, procedieron a dormir de nuevo. La oscuridad se hico de nuevo en la habitación y Cruz volvió a sentir el terror habitual por las ratas que debían estar debajo del delgado entablado. Escuchó pasos moverse con velocidad, gritos y chillidos ahogados y peleas entre ratas. Una voz parecía llamarlo desde más allá del entablado y se acercó al suelo con curiosidad y terror esperando encontrar una criatura similar a la de unos días atrás. Cuando abrió el entablado, la mano de Vaca lo sacó de su sueño y lo retorno a la habitación iluminada de amarillo.
- ¡Rata, lo tienen, lo tienen, necesitamos ayuda! -. El rostro de Vargas estaba cubierto de lágrimas.
-Qué está pasando, no entiendo-. Contestó Héctor mientras se frotaba los ojos.
-Socio, despiértese ya que esto es serio. Me vine corriendo como pude, pero Gil está todavía allí-. Reprocho Vaca en medio de gritos. -Levántese rápido que tenemos que hacer algo.
- ¿Cómo así? Explíqueme de lo que está hablando-. Respondió Héctor tratando de levantarse mientras observaba que sus compañeros estaban armados con palos y varillas.
-Su amiguito, el que le partió la cara cuando vinimos, nos encontró y fue a hacernos pelea en el parqueadero, dice que si usted no va a picar a Gil.
En medio del terror y la rabia, Rata se levantó de inmediato y sin siquiera tratar de colocarse una ropa más adecuada para lo que se venía salió de la habitación.
-Me la van a pagar-. Se dijo Rata sin escuchar más palabras. -No fueron capaces de meterse conmigo y si se fueron detrás de ustedes. Me estuvieron siguiendo todo el día para esto.
Héctor hizo una parada en la cocina y arrancó del madero un gigantesco cuchillo de carnicero, propiedad de uno de sus vecinos y lanzó un bate de Beisbol a Sambrano sin decir una palabra. Sus pasos se sintieron más pesados y coordinados de que de costumbre, en su mente tan solo había una palabra y esa era “matar”.
- ¿Socio, para dónde lleva ese cuchillo? -. Sambrano trataba de hacer entrar en razón a Héctor inútilmente. -Llamemos a la policía en vez de hacer cualquier tontería.
-Eso no va a servir de nada, cuando los suelten van a volver a meterse con nosotros y no lo voy a permitir.
- ¿Pero ¿qué es lo que va a hacer con ese cuchillo? No sea estúpido-. Sambrano se fue detrás de él mientras caminaba a toda velocidad y doblaba la esquina.
-No deje que Gato vea esto-. Le gritó Rata a Vargas mientras terminaba de salir de la casa. -Voy a arreglar este problemilla ahora.
A pesar de que el perro trató inútilmente de detenerlo, no tuvo más remedio que seguirlo de cerca empuñando el Bate. Parecía ser otra persona, la misma que le había dado la paliza a Gorila semanas atrás, pero esta vez se sentía distinto, ya no era miedo sino un odio irracional. Héctor caminaba ahora como el psicópata del resplandor, película que habían visto en el orfanato, y su mirada era similar a la del tipo. Sambrano tenía la esperanza de que el cuchillo no fuera más que para amenaza y que todo ello fuera parte de un plan para ahuyentar a los maleantes, sin embargo, cuando llegaron a la escena, incluso El perro se llenó de furia.
-Así que por fin llega mi querido amigo-. Hablo de lejos el jefe al observar a Héctor.
Cinco tipos mantenían rodeados a Gil quien estaba en el suelo abollado las patadas y los golpes que le habían dado los tipos. La furia de Héctor se alimentó y sin que dijera una sola palabra se acercó al grupo escondiendo el cuchillo en la espalda. Ya no cojeaba, el dolor le daba lo mismo, la ira recorría sus venas como calor y lo embriagaba como si se tratase de vino. El perro se mantenía detrás de él empuñando el bate con un rostro de terror.
-Ustedes me robaron, los iba a dejar ir, pero se llevaron la plata. Quiero mi plata aquí y ahora-. El tipo volvió a propinarle una patada en la costilla a Gil que lo hizo chilar de nuevo.
-Esto es algo entre usted y yo, no tiene por qué irse con mis amigos. Suéltelo-. Contestó Héctor mientras se acercaba lentamente.
-Pues deme mi plata ¡Quiero mi plata ahora!
-No hay ninguna plata, nosotros no le debemos nada, ahora ¡déjelo ir ahora!
-O qué, qué va a hacer ahora-. El tipo se levantó con violencia y sacó una navaja dejando en paz a Gil.
El tipo se acercó poco a poco extendiendo el cuchillo frente a los ojos de Rata quien lo miraba inexpresivo. Dieron varias vueltas alrededor de ellos y los demás tipos los miraban con burla, pero no intervenían en la pelea que se estaba dando. Por su parte Sambrano llegó en ayuda de su compañero y lo ayudó a levantarse con dificultad.
-No he dicho que tenga permiso de irse, socito, se queda ahí o los dejo como coladores a ustedes también-. Los demás lacayos se lanzaron de lleno contra Sambrano y Gil para tumbarlos, sin embargo, estos tomaron pique.
Mientras Gil se ponía de pie observó cómo las manos de Gil estaban quebradas y los dedos estaban torcidos por los golpes y las fracturas. De nuevo la ira corrió por las venas de Rata y este sacó el cuchillo y se lo clavo por la espalda a su oponente. La sangre salió como si se tratase de una tubería a presión y empapó por completo la cara de Héctor quien no perdió la oportunidad y lo sacó para abalanzarse de nuevo contra su oponente alternando los golpes en su cara con puños y rodillazos.
- ¡Muy valiente cuando los demás lo protegen, pero a ver cómo es la cosa ahora que estamos juntos! -. Gritaba Rata en medio de cada nuevo golpe.
Alrededor del jefe, quien apenas se podía mover, se generaba un gran charco de sangre que empapó los pies y las rodillas de Héctor. Sambrano volvió la mirada y observó con terror como su amigo, quien había prometido no volverse a comportar de la misma manera, lanzaba golpes cada vez más contundentes.
Uno de los compinches ladrones se abalanzó sobre Rata quitándolo de encima de su jefe, momento en que Héctor agarró de nuevo el cuchillo y de un tajo le arrancó la mano a su atacante. Sambrano no podía soportarlo más, dejo a su compañero en el suelo y se fue a intentar separar a Rata del tipo que ahora chillaba de dolor por la amputación improvisada.
-Héctor, es todo, ya déjelos que nos vamos a meter en problemas-. Gritó Sambrano mientras sus pies estaban por resbalarse por la sangre.
-Usted no se meta en esto, la cosa es conmigo-. La mirada de Héctor era la mirada de un loco con sed de sangre.
Sambrano quedó aturdido ante aquel reproche y aquella mirada tan extraña, pero otro de los compinches se lanzó contra él y tuvo que defenderse. El tipo era enorme, jamás se había enfrentado con alguien tan grande y en medio de un ataque tan traicionero. El gordinflón llevaba una manopla y lo atacaba con violencia, pero parecía estar igual que asustado de los chicos. Sambrano soltó el bate y gordis se fue directamente a darle en el estómago y las costillas. El dolor le hizo sentir un fuerte mareo sintiendo ganas de vomitar. Sin embargo, el tipo fue levantado con violencia con una fuerte patada de Héctor.
-Ya les dije, que la cosa es conmigo, atrévase a meterse con ellos y ya vera-. Gritaba Rata mientras daba de bolillazos en la cabeza al gordo que hace unos instantes atacaba a su compañero.
La cabeza del gordo se rompió escuchándose un crujir seco que recordaba el sonido de una huevo recién abierto. Los vecinos y los curiosos salieron al instante a la calle mirando con impresión la escena. Cuatro de los ladrones más peligrosos yacían en la calle cubiertos de sangre y con bajas posibilidades de sobrevivir. Los otros trataron de emprender la huida, pero la gente los interceptó e hizo lo suyo con los sujetos que fueron desnudados y arrastrados por la calle sin piedad por una turba llena de una ira similar a la de Rata.
- ¡Héctor, ya se acabó! -. Sambrano trató de detener a Rata quien parecía disfrutar de los bolillazos. -Ya los agarraron y estamos bien, larguémonos de acá.
-No, tienen que morirse. Creen que está bien meterse con los débiles, pero no es así.
El ruido de la muchedumbre y los gritos de los otros dos ladrones atrapados ocultaron el sonido de la moto que se dirigía a ellos a toda velocidad. La motocicleta frenó por unos segundos y los impactos de bala callaron al final a la turba. La motocicleta reinició su viaje a toda velocidad dejando impactos de bala sobre las paredes y el cuerpo de un chico de no más de quince años en el suelo desangrándose.