Madrugada

1209 Palabras
Las sirenas trataron inútilmente de dispersar a la muchedumbre enfurecida y que recorría las calles armados de machetes, picas y palos con una notable furia en los gritos y rostros de la gente. La policía tuvo que descargar toda su fuerza antidisturbios, aun así, fue completamente deficiente para contener a la gente que cada vez se unía más y que caminaba velozmente en procesión rumbo a la estación principal de la fuerza pública. Aunque las patrullas y las ambulancias trataban de cruzar la procesión, la gente impedía con violencia que todo vehículo, fuera civil o público, diese vuelta por el centro de la ciudad. Donde antes se alzaba un escaso alumbrado público, ahora el fuego iluminaba las calles. Luego de las muertes de los cinco ladrones y de la descarga de disparos sobre un chico que había terminado por morir desangrado y muerto como un perro en la calle, los hombres y mujeres de alrededor se llenaron por completo de ira. Quienes habían presenciado la escena cambiaron su rostro de terror por uno de furia y fueron por las calles gritando y llamando a la comunidad a tomar cartas sobre el asunto ante la banda de asaltantes que tenían en sus manos el barrio. Pronto los vecinos, los comerciantes nocturnos y uno que otro desconocido salieron a la calle armados de palos, antorchas, machetes, cuchillos y toda arma que les permitiera herir o matar a los culpables. Sin que hubiera alguien que los dirigiera realmente, la muchedumbre de casi doscientas personas marcho rumbo a los callejones más oscuros en medio de gritos y pregones. En tan solo quince minutos se habían unido otras cien personas, tan o más armadas que las primeras, llevando escudos improvisados hechos de puertas, tejas de lata y hasta tapas de alcantarilla. La policía no tardó en notar la muchedumbre enviando un pesado equipo antimotines que al ver la decisión y la fuerza de la muchedumbre no pudieron más que hacerse a un lado. Las ambulancias y los bomberos acordonaron la zona previendo lo que estaba a punto de ocurrir, los helicópteros sobrevolaron la zona y las tanquetas antimotines se quedaron a la expectativa. Los curiosos salían por las ventanas o a las entradas de sus casas y se iban uniendo con la misma furia del grupo original. Al pasar unas cuantas cuadras la gente no cabía en las calles y se fueron amontonando en las cuadras adyacentes. Pronto las cientos de personas caminaban al unisonó en una sola marcha, un solo cantico y sentimiento cerrando por completo el barrio ante las interrupciones exteriores de la prensa y las instituciones públicas. -Les advertimos a todos los vecinos y los manifestantes, despliéguense o tendremos que usar la fuerza-. La voz de un oficial se escuchó por el megáfono del helicóptero. -Escucharemos sus demandas, pero necesitamos que se vayan para sus casas. Dentro de la misma muchedumbre se presentaron pequeñas riñas que pasaron desapercibidas a los ojos de la policía, pero que dejaban tras de sí c*******s de hombres y mujeres brutalmente golpeados. Cada vez que alguien desconocido trataba de actuar violentamente contra las casas o las residencias, la turba cambiaba de posición y reventaba a los revoltosos e infiltrados. No había espacio para topos, el sentimiento solo podía ser entendido por quienes sufrieron la violencia y la delincuencia por años. Los bandidos pronto comprendían la dirección de la turba y trataron de escapar inútilmente siendo interceptados e igualmente golpeados. Luego de que casi novecientas personas llenaran las calles del centro de la ciudad, la turba rodeo por completo los callejones y se dispuso a entrar. -Es nuestra última advertencia, aléjense de ese sitio o nosotros no responderemos por su seguridad-. La voz policial se fue alejando en medio de desesperadas advertencias. -No lo hagan, por favor, no podemos garantizar su seguridad en ese lugar. El primer grupo de gente fue recibida con disparos y al menos veinte personas cayeron heridas de gravedad en la esquina. Otras cuatas trataron de rodear a los compañeros con los escudos improvisados, pero fueron igualmente alcanzados por proyectiles de alto impacto. Al otro lado de la calle un gran número de gente, entre los que se podían encontrar ladrones, prostitutas, habitantes de calle y otros gamines, fueron interceptados y acuchillados sin piedad por la gente. Del cielo empezaron a llover proyectiles hechos de mierda, fuego, bolsas llenas de orina y piedras que trataban de impactar a la gente. En respuesta, la muchedumbre gritaba las fuerte y rompía las casas de la cuadra de los bandidos con arietes improvisados hechos de bolardos de concreto. Las casas ardieron por completo en fuego y los bandidos fueron sacados a rastras de los cabellos para ser ejecutados a golpes en la calle. La policía trató de reiniciar sus tareas, pero les fue imposible acceder por tierra a la zona sin llevarse también su parte de golpizas. Los helicópteros vivieron al sobrevuelo dejando en los tejados a policías armados que terminaron por dar de baja, extraoficialmente, a los centinelas armados que habían disparado en primer lugar a la muchedumbre. -De nuevo le advertimos a todos los que están acá presentes: dispérsense o tendremos que abrir fuego contra la turba, es nuestra última advertencia-. Volvió la policía a informar inútilmente. Los carros de bomberos y de ambulancias rodearon luego a la zona, pero su presencia también fue rechazada por la muchedumbre. Al cabo de unos minutos la cuadra y las cuadras que rodeaban a la llamada “Olla del centro” estaban ardiendo en fuego y sus estructuras se desmoronaban en pedazos. La muchedumbre retornó su procesión, esta vez gritando con mayor ira y ante la impotencia de la policía que no entendía aun lo que estaba ocurriendo. La calle quedo convertida en una c********a llena de cuerpos desnudados, golpeados y mutilados. Los cristales parecían agua en la calles y los escombros amenazaban en venirse abajo una vez que las autoridades lograron tomar control en la zona. Los bomberos trataban inútilmente de apagar los incendios, pero los interiores de las casas explotaban y los cuerpos no hacían más que incrementar el incendio. La muchedumbre se reunió a las afueras de la estación de policía hasta que amaneció y la madrugada sorprendió a los manifestantes con una intensa lluvia. Nadie daba razón de lo que había ocurrido a las autoridades o a la prensa. El fenómeno de aquella noche fue conocido como la Madrugada Roja y sus motivos quedarían para la posteridad como desconocidos. De acuerdo a los informes policiales y de bomberos, al menos treinta casas ardieron aquella madrugada y por lo menos cuatrocientas personas murieron en medio de las riñas. De estos muertos, cincuenta hacían parte de los manifestantes y el restante hacían parte de los criminales más buscados de la ciudad, otros tantos de traficantes de drogas, prostitutas y personas no identificadas. A pesar de esto, entre los muertos de la madrugada Roja, no se contó la muerte Gil, quien hizo parte del pavimento una vez que tres balas impactaran en su cabeza. Jamás fue auxiliado y su cuerpo quedo desangrado en la calle en las manos de Sambrano y de Vaca hasta la tarde del día siguiente. Gil sería recordado como el mártir de una c********a, pero jamás como el cocinero que soñaba ser.            
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