-Tenga, esta es su parte-.
- ¿Mi parte de qué o qué? -. Respondió Rata una vez que un hombre alto y viejo le entregó un paquete lleno de dinero.
-Su parte de la limpieza que hicimos. Lamento mucho lo de su amigo, pero de no haber sido por ustedes dudo que la gente se hubiera alzado de la forma en la que lo hizo-. El tipo tomo el hombro de Héctor y le hablo con condescendencia. -Cómprese algo o pague con esto el velorio de su amigo, ahora es dinero limpio.
Cuando Héctor emprendió el camino a casa en la mañana siguiente al asesinato de Gil las calles estaban militarizadas y los muertos aún se podían ver en las calles. Las casas todavía ardían y el humo formaba una espesa neblina capaz de dejar ciego a cualquiera en un campo de visión cercano. Las patrullas corrían de un lado a otro mientras anunciaban el inicio de un toque de queda indefinido mientras se esclarecían los hechos. Las ambulancias maximizaban esfuerzos por recoger a los muertos y los bomberos se estacionaban tratando de entrar a las zonas más afectadas.
El paquete de dinero que cargaba Cruz en su bolsillo parecía pesar más de lo que había sentido en un inicio. El orgullo y el poder que Héctor había sentido hasta hace unas horas se convirtió en una culpa y una vergüenza que estuvieron a punto de hacerlo llorar. Todo había empezado con el rescate de un compañero y terminaba con una masacre que se había cobrado la vida de cientos de personas que lo seguían sin siquiera rechistar.
Mientras pasaba por la zona de la Olla, observó con terror la gran cantidad de coches fúnebres y como los cuerpos eran apilados en bolsas negras. El territorio estaba cercado, pero recordó la manera en la que, hacia tan solo unas horas, lleno de ira y de exaltación, dirigía el ataque y sacaba con sus propias manos a seres humanos que gritaban de dolor. Rata recordaba la manera en la que rogaban piedad, una segunda oportunidad, expiación y perdón, pero a sus suplicas solo habían recibido golpes y patadas.
-Ellos eran criminales, ellos se lo buscaron-. Trataba de repetirse a modo de consolación mientras encontraba más muertos en las calles.
Las consolaciones y las ideas en su cabeza no sirvieron de mucho para calmar la culpa que reacia en sus hombros. Todo había ocurrido por su culpa, si tan solo no hubiese sido tan codicioso, si tan solo hubiera pensado en los sentimientos de sus compañeros o sin tan solo hubiera hecho caso a su hermano. Él había sacado a los cuatro nichos de un orfanato, ahora uno de ellos dormía en la calle y proto a dos metros bajo tierra. Ya no era el héroe, ni la persona a seguir, ahora no era más que un asesino que arrinconó a cientos a compartir su hambre homicida.
Los lloriqueos de una mujer sacaron a Héctor de sus pensamientos y en medio de la neblina espesa encontró a una mujer acurrucada en el suelo junto al cuerpo destrozado de uno de los acribillados de la madrugada. Sus palabras eran indistinguibles debido a la fuerza de sus lamentos y sus manos y ropa estaban cubiertas de la sangre seca de su hijo. La madre gritaba por ayuda, pero nadie parecía escucharla en medio del vacío de la calle. Mientras miraba el cuerpo de su hijo sus lamentos se hacían más profundos. Héctor trató de alejarse de la mujer en un intento por no observar la escena, sin embargo, la mujer se levantó y se abalanzó a de rodillas a él.
-Chico, por favor, llame a una ambulancia-. La mujer lloraba y trataba de agarrarse inútilmente a los vaqueros de Héctor. -Estoy segura de que si viene una ambulancia ahora él va a sobrevivir.
-Lo siento señora, no tengo como llamar a una-. Héctor se detuvo intentando quitarse de encima a la mujer que se aferraba más y más a él. -Medicina legal está dando rondas, pídales ayuda a ellos.
-No lo entiende, él vivirá, estoy segura de ello. Él tiene una hija, ahora quién va a cuidar de ella, por eso tiene que vivir-. La mujer seguía arrastrándose por la calle en medio de lloriqueos. -él tan solo llegaba de trabajar anoche, él no tenía nada que ver con los asaltantes.
-No hay nada que pueda hacer, señora, por favor suélteme.
- ¿Qué se supone que le diré a la niña? ¿Qué mataron a su papá a golpes solo porque estaban persiguiendo a unos malhechores? ¿Acaso la vida de mi hijo vale más que la de los bandidos que a nadie le importe que su cuerpo este en el suelo? -. La mujer soltó las piernas de Héctor y se sentó a llorar desconsolada.
Mucha gente había muerto la noche anterior, entre ellos su amigo ¿Por qué habría de importarle la vida de un desconocido? A pesar de esto no pudo soportar más los llanos de la mujer y apretó el paso por las calles que parecían infinitas en medio del humo. Las cenizas caían permanecían en la calle y Héctor creyó ir en círculos. Los llantos de la mujer no salían de su cabeza y al cabo de un rato se unieron a los de otras personas que observaban en el suelo los otros cuerpos de los linchamientos.
La cabeza le daba vueltas en medio de la confusión, la falta de aire puro y el ruido de los desconsolados familiares de los cuerpos. Héctor estaba perdido y aunque caminaba con velocidad por las cuadras, las imágenes siempre eran las mimas, los lamentos sonaban igual y el humo seguía siendo irrespirable. Las voces se reunían en su cabeza como culpándolo por sus actos, por no saber manejar sus emociones y por haberse dejado seguir por las sombras. El dinero se había convertido en un ladrillo en sus bolsillos, lo desestabilizaba, pero por algún motivo no era capaz de soltar el paquete.
-Ellos lo merecían, me arrebataron a mi amigo. Un chico que no le hacía daño a nadie, un chico que tan solo tenía sueños y esperanzas. La culpa es de ellos-. Gritaba Héctor para opacar las voces en su cabeza. -Si ellos no se hubieran metido con nosotros no les habría pasado nada de esto.
Héctor perdió por completo sus fuerzas y cayó al suelo arrastrándose como si se tratase de otro muerto más. Las voces y las sombras escondidas en el humo se lanzaron sobre él y aunque tratara de arrastrarse la oscuridad consumió sus ojos y termino desmayado hecho uno con el pavimento. En sus últimos minutos de conciencia pensó en su padre, el hombre más correcto que había conocido y que ahora lo miraba con decepción en un lugar más allá del que él nunca llegaría.
-Héctor, creo que ya eres mayor para entender unas cuantas cosas-. Le había dicho su padre unos cuantos días después de que las peleas en casa se intensificaran. -Necesito que hablemos.
- ¿Tú y mamá se van a divorciar? -. Preguntó Héctor adelantándose a los hechos.
Papá no hizo más que sonreír y abrazó con fuerza a su hijo mientras estaba sentados en la banqueta del parque cercano a casa. Observaron por unos minutos a los demás niños que jugaban en el parque y de nuevo su padre tomo la palabra.
-Claro que no, hijo, no nos vamos a divorciar. Todo sería mucho peor con eso, aun así, nuestra situación es bastante grave en estos momentos y necesito que lo entiendas.
-Entenderé lo que haya que entender, ya no soy un niño pronto seré un hombre-. Insistió Héctor inocentemente mientras sacaba pecho para enorgullecer a su padre.
-Me alegra que hables así-. Su padre reía con buen humor. -Hijo, seré muy claro y no voy a suavizar las cosas como con tu hermano, hemos perdido la casa y ahora estamos llenos de deudas que sabrá Dios cuando vamos a pagar. Tenemos que dejar la casa e ir a buscar en un mejor lugar. No ´sé cómo le vamos a hacer, pero necesito que nos apoyes ahora más que nunca.
-Pero mamá había dicho que ya estaban por pagar la casa, no entiendo-. Contestó Héctor impactado.
-Eso fue lo que creíamos, pero ahora nos cobran más de lo que podemos ganar y no tenemos más remedio que perder por ahora. Lo siento, hijo, en realidad queríamos hacer lo mejor por ustedes, pero a veces toca perder y otras ganar.
- ¿Qué va a pasar ahora, papá?
-No lo sé, pero escúchame bien, Héctor-. Papá se giró hacía el niño procurando que este lo observase fijamente, -Vamos a salir de esta, trabajaremos y todo saldrá bien. Todo volverá a ser como era antes, lo prometo.
Héctor bajó la mirada tratando de asimilar la información que había recibido y comenzó a temblar, tal vez por el miedo, tal vez por la ansiedad o tal vez por ambas cosas. Su padre percato el miedo y paso su brazo por sus hombros a modo de consuelo.
-Recuerda, Héctor, que la vida nos pone pruebas a todos, si las sobrellevamos correctamente seremos recompensados. Saldremos de esta, pero recuerda hijo que siempre debemos ir por el buen camino, porque la vida nos devuelve en igual medida que como actuamos.
Héctor trató por los siguientes meses a sus conversación de actuar acorde a lo que le había dicho su padre. Cuidaba a su hermano, lo defendía en la nueva escuela y lo cuidaba en las tardes a llegar a la nueva “casa” en la que vivían provisionalmente. Cada vez que la oscuridad de la habitación lo aterrorizaba, cada vez que le daba miedo caminar por las calles de aquel feo barrio y cuando debía aguantar hasta dos días sin comer, las palabras de su padre y la confianza que este le había dado le ayudaban a continuar. Héctor trataba de actuar con justicia y llegó a justificar que aquella situación no sería más que una prueba para recompensar a su familia, después de todo jamás le habían hecho daño a nadie.
Héctor continuaba pensando en que aquella recompensa llegaría hasta el día en que una llamada cortó el sueño de la familia en medio de la noche. El sonido del teléfono se escuchó al otro lado de la casa y la casera contestó con molestia para luego golpear a la puerta e informarle a su madre la noticia. Los ojos de mamá se llenaron de lágrimas y cayó sobre sí misma en el suelo ante la confición de Héctor y los quejidos de Sergio quien se levantaba adormilado.
-Héctor, cuida de tu hermano mientras regreso. Papá está en el hospital y tengo que ir a ver qué fue lo que ocurrió-. Le decía su madre mientras apartaba a Héctor lejos de su hermano para que no escuchase la conversación.
-Pero ¿qué fue lo que paso? -. Contestó Héctor con preocupación.
-Mira, Héctor, tengo que irme ya, después te diré que fue lo que paso-. Su madre se molestó y sin mediar más palabra salió por la puerta dejando al niño con el cristo en la boca.
La casera miro con malicia al niño y después de un rato se sentó en la escalera para hablar con él sin tapujos.
-Su mamá es muy débil para decir las cosas, así que será mejor que se lo diga yo de una vez. Es bueno decirle las cosas a los niños para que sean fuertes desde el inicio-. La mujer dio una honda calada de cigarrillo y añadió –la llamada era de donde trabajaba su papá, hubo un accidente en el edificio donde trabajaba y se mató, llamaron a su mamá para que fuera a reconocer el c*****r, lo siento, hijo.
La mujer comenzó a reír mientras que el niño se metía de nuevo en la habitación con un nudo en la garganta y rogándole al dios en el que creía y habían creído sus padres que aquello no fuese más que una broma de la horrible mujer, sin embargo, al otro día su madre llegó con el cabello enmarañado y lleno de ojeras confirmándole la noticia.
La vida, quien siempre recompensaba al justo y a quién hacía el bien, se había llevado al hombre más justo y bueno que jamás Héctor conociera. Ahora el mundo era un lugar más oscuro y perverso de lo que alguna vez fue, y el dios de sus padres y de los padres de ellos se tapaba los ojos ante las necesidades de una familia desamparada. Fueron humillados, echados a la calle como perros sin la piedad de nadie y ni la vida, ni las deidades ni el destino los ayudaron. Cuando las cosas parecieron que mejorarían un maldito había matado a su madre, ahora se había llevado a su amigo sin piedad.
Parecía que el destino se llevaba a los mejores como un rescate del infierno y la mierda de mundo que estaban viviendo. Paradójicamente, en la tierra no quedaba más que la podredumbre y la porquería humana para atormentar a los corruptos hasta que fueran expiados de sus pecados. No importaba la justicia, la bondad o las recompensas, si el infierno existía no era un lugar de fuego, era una ciudad cubierta de cenizas, donde el humo se confunde con la neblina y se aspira olor a mierda.