Penalización

3209 Palabras
Las ambulancias abarrotaban las calles y los hospitales de toda la ciudad se encontraban repletos por la cantidad de heridos y muertos por los sucesos de la madrugada. Los enfermeros iban de un lado para otro y no tuvieron tiempo para explicarle a ninguna de las mujeres de hábitos la razón por la que el pequeño niño que llevaba ya unos meses hospitalizado jamás volvería a caminar. Peor aún fue la sorpresa para las mujeres responsables del orfanato escuchar que era posible que el chico quedara en estado de retraso mental derivado a una fuerte paliza con un escapista del orfanato. El mismo día en que la ciudad tenía los ojos puestos en el centro de la ciudad por los extraños hechos con La Olla, el chico al que una vez habían llamado el Gorila regreso al orfanato. Los niños observaban desde las barandas como la madre superiora empujaba con esfuerzo la silla de ruedas sin lubricar y el sonido chillón destemplaba los dientes de cualquiera. El silencio se hizo en los pasillo y por fin a la hora del almuerzo se lo pudo encontrar en la sala común siendo alimentado con esfuerzo por parte de las monjas. - ¿Ya se dio cuenta lo que le hizo su hermano al pobre c***o? En vista de que el man no viene a hacerse responsable creo que lo deberían castigar a usted. Sapo se sentó junto a Sergio para hacerle la vida imposible tal y como lo había estado haciendo las últimas semanas. A pesar de las amenazas, de los insultos y de aprovechar cualquier herramienta y momento para hacerlo, Sapo era de los que se limitaba al ataque verbal y nunca recurrió a la violencia física. Era lo que en otros tiempos y otros lugares se le llamaba un cobarde que ni a rata llega. Después de haber cumplido los castigos pertinentes al intento de fuga y de que la madre superiora le dejara las nalgas calientes de tantos golpes, se convirtió en el paria no solo de los demás niños del orfanato sino también de las monjas. Parecía que todos habían olvidado la figura que una vez representó su hermano y la forma en la que Gorila se la pasaba por los pasillos humillando al más incauto. Los niños lo observaban con desprecio, evitaban hablar con él y en las horas de almuerzo se sentaba a solas a disfrutar de su comida. Las monjas y las muestras solían ignorar sus contribuciones a pesar de que el niño era prácticamente un genio para su edad. El chico aprovecho la soledad para comerse todos los libros que encontraba en la pobre biblioteca y luego resolvió los exámenes de los chicos más grandes. Pronto, ante la falta de desafío, se dedicó a aprender el latín y lo hizo sin mayor dificultad. Sin embargo, sus notas siempre eran bajas y las monjas aprovechaban la oportunidad para soltarle sus buenos golpes en las nalgas. La pandilla por la cual había dejado que su hermano se fuera también lo terminaron abandonando y al final no se convirtieron más que en sus enemigos luego de unirse a sapo. La ausencia de niños que le pusiera control a aquel caos pronto empezó una guerra secreta entre pandillas donde muchos terminaron con los ojos morados, las caras hinchadas y con meados en la cara mientras dormían. A pesar de ello, nadie tenía las ganas de relacionarse con Sergio al que pronto apodaron como Cuasimodo. La vida se había vuelto más difícil de lo que lo había sido antes en el orfanato, pero Sergio sentía que estaba progresando y se acostumbró a los malos trataos afrontándolos como “Hombre” cosa que solía pensar y que le traía recuerdos fugaces de su padre. El chico extrañaba a sus padres, pero ya los había dejado atrás para permitirle a su hermano ser feliz, aunque este no entendiera muchos de los comportamientos maduros y responsables de Sergio. En las noches soñaba comiendo galletas, o en un parque o en una presentación al aire libre cantando himnos, pero nunca llegó a relacionar todo aquello con recuerdos lejanos. Últimamente Sergio tenía mayores pensamientos dedicados a su hermano, aunque le había dolido que él se fuera, comprendía que estaba mayor para un lugar así. Sim embargo, la calle absoluta era otro cuento, y más allá estaría con responsabilidad de otros cuatro idiotas que se creían todas las historias y endiosaban a Héctor como si de un héroe nacional se tratara. - ¿Nada que decir? Yo digo que, si así es el hermano mayor, el menor debe ser la misma porquería-. Continuaba Sapo con las mismas ofensas. -Cállese, hermano, que yo no le estoy haciendo nada-. Contestó Sergio con una seguridad y presencia que a él mismo le asombró. - ¿Qué me va a hacer? ¿Me va a dejar mongólico a mí también? Suficiente tenemos con uno en el orfanato. -No vale la pena ni levantarle la mano a usted. La atención de la sala se hizo sobre ellos y pronto una rueda de niños se amontonaba esperando una grandiosa pelea que subiera los ánimos. Mientras que Sapo se levantaba las mangas y se preparaba para pelear, Sergio trataba inútilmente de zafarse del grupo. Los chicos de la rueda se empujaban unos a otros y no había escapatoria. -Yo creo que todo esto es hereditario. Ustedes son de los que les gusta pegar con y luego ocultar la mano ¿no? -. Grito Sapo para provocarlo. -Al menos yo sí conocí a mis padres-. Respondió Sergio quien no podía ocultar la molestia reprimida de semanas de humillaciones. -No ponemos chistositos, como el hermano. Su padre debió ser igualito a ustedes, un idiota ratero que quien sabe a cuantos mato. Como si se tratase de insectos que subían de sus pies, la ira de Sergio se acumuló en su mente y la razón se esfumó convirtiendo al pequeño niño en una fiera. Sergio agarró una de las bandejas de comida y se la lanzó a la cara al niño sin darle tregua a contestar. Mientras Sapo se retorcía del dolor por la comida en sus ojos, Sergio se lanzó sobre él y lo lleno de puñetazos en la cara, en el estómago y la entre pierna. Los gritos de los niños elevaron la adrenalina de Sergio pelándole los nudillos con cada nuevo golpe. Sapo se giró sobre sí mismo y mando a volar a Sergio que dio a parar contra uno de los comedores de la sala. El dolor se sintió como un fuego que subía desde su espalda dejando al niño paralizado sobre su sitio. Sapo contra atacó quebrándole la nariz y escupiéndolo en el suelo mientras estaba paralizado. Cuando el chico trataba de abrir los ojos se encontraba con los nudillos del adolescente que no le importaba darle con la cabeza en el suelo. La rueda por fin fue disuelta cuando dos monjas entraron con correas y separaron la pelea. Después de eso todo fue difuso y las imágenes borrosas iban y venían. Su cuerpo fue arrastrado por el suelo, luego puesto en una camilla y cuando recobraba la conciencia el dolor en su espalda lo hacía caer desmayado de nuevo. A la mente de Sergio llegaron de nuevo aquellos recuerdos de cuando era tan solo un niño más pequeño, no recordaba el rostro de su padre, pero su hermano lucia bien e irreconocible, con una mirada de ángel y el cuerpo regordete de un niño. El himno del país se escuchaba de fondo y la pólvora más que asustarlo lo relajaba. Por fin, luego de varios intentos, logró despertar y ponerse de pie en la camilla de la enfermería. A su lado la mujer obesa de turno se encontraba mirando la telenovela en un pequeño televisor portátil que apenas podía sintonizar señal. La luz estuvo a punto de enceguecerlo, pero tras colocar sus manos frente los ojos todo se fue haciendo más claro y difícil de distinguir. La mujer, sin interés en el niño, se levantó y lo ayudo a colocarse de pie con dificultad. -Ya nos tenía preocupadas. No podemos permitir a otro incapacitado por golpes acá. A ver si la próxima mejor mide con quien se va a pelear antes de iniciar bronca-. Le recomendó la enfermera mientras checaba los reflejos del niño. -Ellos empezaron la pelea, yo solo me defendía-. Contestó sincero Sergio. -Sí, sí ya me conozco esa historia de memoria-. Respondió afanada la enfermera. -Siempre es que el otro me empujó, me miro mal, me dijo eso o me dijo lo otro chico. Eso no es lo que importa. - ¿Ah no? Yo que culpa si los otros me hacen pelea, yo no me voy a quedar ahí llorando, esperando que me dejen de pegar-. Sergio estaba completamente indignado. -No estoy diciendo eso, chico-. La enfermera miro fijamente a Sergio. -Lo que me refiero es que uno no se debe calentar por cualquier cosa que le digan. En la vida las peleas más importantes no se ganan a puños, y las que sí es que no valen la pena. -Ellos siempre se la pasan molestándome y humillándome. Generalmente no me importa, pero uno termina cansándose de tanta cosa-. Contestó Sergio. - ¿Entonces ese es motivo suficiente para irse a partirle la cara a un niño reprimido que necesita aprobación de los demás? -. Contestó con diversión la enfermera. -No, mi niño, las cosas no son así y usted está muy joven como para dañarse esa cara tan bonita que tiene buscando peleas. -No sé cómo afrontar todo esto, por culpa de mi hermano nadie me quiere, ni siquiera las hermanas-. Contestó Sergio tratando de buscar conversación en la única persona que lo tomaba en cuenta. -Un día de estos me voy a terminar escapando como lo hizo él. -No, no, no a mí no me salga con esas cosas, niño ¿cómo se le ocurre tener pensamientos así? -. La enfermera se sentó en la camilla junto a Sergio. -Le voy a decir la verdad, su hermano fue demasiado estúpido. Sí, esa es la palabra, estúpido e inmaduro. No entiendo de dónde le sale de la cabeza a un grupo de muchachitos que lo tiene todo acá irse a buscar problemas que no tiene en la calle. Sergio bajó la mirada para sonreír pues todo aquello que le decía la mujer era justamente lo que él había meditado los días previos al escape. Era como si ella le estuviera leyendo la mente. -Aun así, estoy cansado que nadie me tenga en cuenta y que me traten como un paria-. Contestó Sergio. La enfermera no pudo contener la risa al escuchar a un niño usando una palabra tan compleja y fuerte para su edad. Al cabo de un rato recupero la compostura y tras secarse las lágrimas continuó hablando. -Como sea, ahí ya no puedo decir nada porque estoy igual. Los únicos con los que me la paso en los turnos es con el niño ese que no puede ni moverse y con usted-. La enfermera se puso de pie y le regaló una paleta. -Si lo que quiere es que le dé consejos sobre vida social, me temo que no soy necesariamente la persona más indicada. - ¿él está muy mal? Dicen que se quedó con retraso mental-. Se interesó Sergio en el otro paciente. -Pues sí, eso es cierto. El chico quedo con la cara y el cuerpo torcido, no puede caminar y toca ayudarle hasta para ir al baño. Tan pequeño y andan buscándose esos males-. Se lamentó la enfermera. -No puedo creer que Héctor fuera capaz de hacer esto, nunca lo había visto así. Parecía un demonio-. Contestó Sergio que continuaba saboreando su paleta. -No hay justificación para una barbaridad así. Siento decirlo sabiendo que es su hermano, pero esto no se le hace a nadie-. La enfermera suspiró por unos minutos-. Aun así, no puedo negar que él mismo se lo busco, era quien más me traía pacientes semanal y sinceramente tiene de lo que se buscó. Esto es lo que pasa cuando vamos por la vida creyéndonos los dueños del universo, que nadie puede con nosotros. Nuestro cuerpo es tan delicado y así como una vez nos tuvieron miedo después nos tendrán lastima. -Cuando llegué él nos dio una paliza a mí y a mi hermano. Él lo dejó con una pierna coja cuando Héctor trataba de defenderme. Al principio sentí un fresco al enterarme que quedo peor-. Sergio se terminó por completo la paleta y se levantó de la camilla. - Aun así, no creo que sea correcto pensar de esa manera. Se merecía la lección, pero no tanto. -No tenemos derecho a juzgar cuanto debe ser el pago de los demás por sus acciones-. La enfermera se puso de pie y se arrodillo frente al niño para que este la mirara también a los ojos. Si sigue calentándose con cualquier cosa que le digan en lugar de pensar con la cabeza, va a terminar igual que ese niño. Por favor recuérdelo antes de meterse en otra pelea boba. Sergio se quedó sin palabras para responder ante tal consejo y salió de la enfermería con mareo. Aún era horario de clases así que prefirió dirigirse a su habitación para tomar el sol y descansar de todo lo que había ocurrido. Sin embargo, el dolor de cabeza lo estaba matando y se vio obligado a sentarse en un banquillo frente al capo de juegos donde una monja dejó al pobre niño paralitico a que terminara de tomar el sol al aire libre. Sergio dudo por unos minutos, pero al fin decidió acercarse y observar al niño que babeaba mientras su mirada se perdía observando a una ardilla que guardaba semillas dentro de un árbol. No había en él ningún sentimiento, ni odio, ni confusión y mucho menos venganza, solo parecía no tener dónde más mirar y la ardilla era una perfecta distracción. El viento acariciaba su cabello y esparcía un aura casi de santidad. La monja que lo acompañaba advirtió la presencia del niño mal parqueado y se adelantó a frenarle el paso para evitar que le hiciera daño o se burlase del minusválido. -Deberías estar en el salón, a estas ahora hay clases-. Afirmó la hermana colocándose a la defensiva. -Acabo de salir de la enfermería y me detuve porque estaba mareado ¿Me puedo quedar unos minutos? -. Preguntó Sergio sin importarle la respuesta de la monja. -Está bien, pero te advierto que no tienes ningún derecho de andarte burlando del pobre chico. Ya he tenido que vérmelas con otros que se creen muy graciosos con la desgracia ajena y no estoy de paciencia, menos con usted-. Contestó con sinceridad la hermana. -No haré ningún lio, lo prometo-. Respondió Sergio colocándose de rodillas frente al niño. La hermana se veía impaciente y desesperada, pero a la vez la desconfianza ante el nuevo visitante le impedía colocarse de pie para ir a realizar sus necesidades humanas. En otro momento, probamente hubiera dejado al minusválido ahí solo, pero según había escuchado el chico que estaba ahí y su hermano eran de la peor calaña. No extrañaba que probablemente el menor llegara en busca de venganza o a terminar lo que el otro no había sino empezado. El chico se levantó y colocó sobre el invalido su chaqueta no sin antes susurrarle unas palabras al oído. La hermana quedó desconcertada ante tal actitud y decidió olvidarla suponiendo que no se trataba más que de la condescendencia de un niño. A pesar de ello, al otro día la misma hermana vio llegar a Sergio a la misma mesa del minusválido, mesa que nadie se atrevía acercarse por el asco y el repudio que los demás niños tenían al mongólico. Sergio devoró su comida con velocidad y solicitó a la hermana ayudar a su compañero a comer. El chico realizaba la tarea con tanto amor y compromiso que la monja se cuestionó acerca de los comentarios de las demás monjas acerca de los hermanos diabólicos, como solían llamarles. Al día siguiente se repitió la misma rutina, el chico solitario se única al chico que no podía hacer vida social y le ayudaba a digerir y pasar la comida. En las horas de la noche el mismo chico ayudaba a su compañero a recostarse, calentarlo y en ocasiones incluso pasaba la noche en su recamara luego de leerle historias y contarle anécdotas de lo que ocurría comúnmente en las instalaciones del orfanato. La monjas y el equipo del orfanato pronto empezaron a sentirse mal ante la actitud del niño y la forma en la que habían estado cuidado y refiriéndose al minusválido. Tras pasar el tiempo el chico empezó a tener una mejoría, leve pero progresiva. Movía la mandíbula, comía, parpadeaba con mayor intensidad y sus manos tenían una mejor coordinación. El milagro del efecto Sergio se estaba propagando por el cuerpo del que una vez habían llamado el gorila. Todos miraban atónitos como en cuestión de unas semanas el chico lograba articular las palabras, hablar con coherencia y comer. Las mañanas en el orfanato cambiaron de una sirena que indicaba el inicio de clases, a un sonido metálico de unas ruedas oxidadas que se paseaban por entre los pasillos del orfanato. Gorila extendía una campana que le indicaba a los niños el inicio de la hora de clases, y en la noche la misma campana se paseaba para avisar la hora de dormir. Desde el inicio del milagro del efecto Sergio, las peleas cesaron en el orfanato de manera progresiva. Las guerras secretas se terminaron y los niños se turnaban contantemente para cuidar al minusválido que ahora tenía más independencia y autonomía que nunca. Los almuerzos se volvieron más tranquilos, las horas de la oración más dedicadas y los sueños más profundos. En una ocasión la madre superiora, quien ya no estaba acostumbrada a dar las palizas sino a reprender a los niños con alguna obra referida al cuidado del jardín, acompañamiento en la enfermería o ayudar a lavar los platos, le preguntó a Sergio cuál era su secreto. El niño parecía desconcertado ante aquella pregunta que lo tomaba por sorpresa, sus acciones jamás se habían basado en alguna intención en especifica. Una tarde, mientras que Sergio regresaba a la enfermería en busca de algunas compresas para colocar en las piernas de su nuevo amigo, la obesa enfermera lo observaba con curiosidad y con admiración. Aquel niño que había entrado por múltiples golpes en la cara y casi con una vértebra torcida diciendo que no se dejaría de nadie, ahora se preocupaba más por el otro niño que por sus propias calificaciones y bienestar. - ¿Ahora nos volvimos enfermeros? -. Preguntó la mujer ayudándole al niño a bajar lo que necesitaba. -Solo quiero una respuesta ¿Por qué? -Es gracioso, pero no tengo respuesta para eso-. Sergio sacó las compresas de la caja y miro directamente a la mujer. -Creo que esto es lo que habría hecho mi hermano por mí donde hubiera quedado mal de la espalda con el golpe que me dio sapo. La enfermera sonrió y apretó la mejilla del chico antes de verlo desaparecer para hacer lo que su hermano hubiera hecho por él.              
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR