Conversión

1148 Palabras
- ¡Este todavía está vivo! -. La voz del rescatista lo sacaron del sueño. El ambiente se había aclarado y las ambulancias estaban levantando los cuerpos de las cuadras más cercanas. Mientras volvía en sí tuvo la sensación de que todo ello no había sido más que un sueño, y que todo aquel problema no era sino el mero producto de su imaginación. El cielo de nuevo estaba claro y se podía diferenciar a la lejanía sin ningún inconveniente. La policía parecía mantener todavía el área total acordonada y el ejercito resguardaba las cuadras portando fusiles. - ¿Se puede poner de pie o necesita que lo llevemos para algún sitio? -. Preguntó el rescatista una vez que Héctor logró reponerse. -Estoy bien-. Contestó Cruz levantándose. -El humo me hizo desmayarme, tengo que regresar a casa ahora, lo siento. -No hay nada que sentir, lo que ha ocurrido fue muy fuerte. Tenga mucho cuidado y dele esto a la policía para salir del cordón de seguridad. El brigadista le entregó una tarjeta a Héctor quien encaminó de nuevo su viaje. Las calles estaban totalmente desiertas y no había el menor rastro de la mujer con la que se había topado el día anterior. Los soldados lo miraban con seriedad y las ambulancias manejaban a toda velocidad por las calles tocando el claxon para tratar de hacer a un lado a los incautos que aun estuvieran por la calle. De acuerdo a la posición del sol, debía de ser por lo menos el medio día, pero todo había pasado tan rápido que Héctor no podía creerse como se desenvolvía todo. Como sí de una revelación se tratará, Héctor se acordó de Gil y de Sambrano que debieron quedar desamparados el día anterior mientras él organizaba toda una revolución. Gil estaba muerto, lo sabía, pero tendría que hacerse cargo de sus demás amigos y posiblemente mucha gente empezase a hacer preguntas sobre lo que en realidad hacían cuatro niños en una pensión del centro de la ciudad sin padres o adultos responsables a su cargo. Tenía que pensar en cuál sería el siguiente paso para tomar por la pandilla y convencerlos, si es que se daba el caso, de que no sería conveniente regresar al orfanato, odiaría que su hermano lo viese llegar como un derrotado. Aunque los policías trataron de frenarlo, Héctor logró pasar de largo sin necesidad de utilizar el salvo conducto del rescatista. Mas allá del cordón de seguridad la gente permanecía en sus casas y las tanquetas de la policía pasaban en vigías tratando de resguardar el toque de queda. Los soldados hacían lo mismo con rondas en parejas y los helicópteros de la policía y de la prensa sobrevolaban la zona en busca de información o desprevenidos. Rata logro escabullirse de los controles hasta que entró en la pensión que parecía más desierta y solitaria de lo que nunca había estado. Sus pasos producían un gran eco y pronto se sentía incomodo consigo mismo, lo más probable, pensaba, era que sus compañeros no se encontraran en la habitación habiendo regresado al orfanato ante la tragedia del día anterior. Sin embargo, al observar en el interior, pudo distinguir a Gato observando a la calle con tristeza y aburrimiento y a Vaca recostado con las cobijas sobre la cara. En cuando los chicos escucharon la puerta abrirse y el sonido de los pasos al entrar, salieron de su letargo y dirigieron presurosas miradas a Héctor. En sus miradas, contrario a lo que creía Héctor, no había ningún sentimiento de rencor o miedo, sino una sombra de odio y confusión. A Héctor le dio la sensación de que los chicos estaban tramando algo, no estaban ellos muy seguros de qué, pero tenían más ganas de venganza y de sangre que el día anterior. -Por fin llegó, nos tenía preocupados-. Exclamó Gato al tiempo que corría en dirección a Rata para cerrar la puerta y ofrecerle un cojín para sentarse. -Lo siento, fue una noche bastante larga-. Héctor observó a su alrededor en busca de Sambrano. - ¿Y El perro? -Se fue con Gil. Los recogió un carro de la policía hace unas horas-. Contestó Vaca con tristeza. -Él era quién menos se merecía esto de nosotros. -Nadie lo merecía-. Respondió Héctor encogiéndose en sí mismo. - ¡Le deseo lo peor a esos imbéciles, que sufran! -. Vaca se cubrió la cara con las manos y Gato fue a consolarlo. -Ya están muertos, todo acabo para ellos anoche y me aseguré de que sufrieran antes de morir-. Sentenció Rata. -Lo sé, todo el mundo está hablando de eso en la calle, hemos escuchado los rumores de como se metieron en la Olla y acabaron con esas lacras anoche. Me refiero que ojalá se estén pudriendo en el infierno. -Ya se acabó, Vargas, no podemos hacer nada por traerlos de vuelta-. Trató de consolarlo Gato sin estar enteramente convencido de los que decía. -No podemos permitir que esto siga ocurriendo-. Continuó Vaca. -Tenemos que hacer algo. Él era un chico de bien, trabajador, amable y tenía sueños. Tenia sueños, socio ¿Sabe lo que ello significa? Por mucho tiempo me aguanté sus bobadas de ser cocinero, de que tendría plata y se levantaría a muchas viejas. Ahora no tendrá la oportunidad de hacerlo mientras nosotros estamos acá. -Lo sé-. Contestó Héctor. -No sé si en realidad lo sepa. No tenía que ser él el muerto, tenía… -Tenía que ser yo, lo sé-. Lo interrumpió Héctor que permanecía con la cabeza gacha. El grupo permaneció en silencio hasta que por fin empezó a oscurecerse de nuevo. Nadie hablaba y nadie se atrevía a mirar a los demás a los ojos, aún cuando permanecieron en la misma posición alrededor de varías horas. Las sirenas continuaban cantando en el exterior y Sambrano no daba asomos de llegar y romper con la incomodidad del momento -Socio, que los malditos esos estén muertos no me ayuda en nada con el dolor que estoy sintiendo ahora, él era mi hermano-. Sentenció Vaca después de un tiempo. -Lo sé, a mí me ocurre exactamente lo mismo. Después de lo de anoche ya no siento lastima por ninguno de esos que anda por la noche queriéndole hacer daño a los demás-. Héctor se levantó y sacó el pesado paquete lleno de dinero. -Tenemos que hacerle frente a esa gente, tenemos que cazarlos nosotros de ahora en adelante. - ¿Cómo lo vamos a hacer? -. Preguntó Vaca con interés. -Plata, hermano, con plata se puede hacer todo-. Rata tiro el paquete de dinero en medio de la habitación que se iluminaba por las luces de la calle. -Hagamos que lo que queda de Gil sirva para poner en corriente a los demás. Vaca tomó el dinero en sus manos y asintió con una mirada a la propuesta de su compañero. -Hagamos sufrir a esos malparidos  
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