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La Luna que el Alfa no reclamo

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Descripción

Azura es una bruja que ha crecido entre lobos, en una manada que nunca ha sabido qué hacer con alguien como ella. Encuentra a su pareja destinada, pero Daniel toma decisiones que marcan una distancia imposible de ignorar… y Azura comienza a pagar el precio de un vínculo que no se completa.

Bajo las auroras boreales, Azura encuentra un nuevo vínculo. Un guardián que no intenta poseerla ni protegerla desde la mentira Mientras la manada se tambalea, los prejuicios se ponen en duda y viejas amenazas despiertan, Azura se convierte en el centro de una disputa peligrosa donde el deseo, el poder y la obsesión chocan con la idea misma del destino.

Entre lobos, brujas y dragones, esta es una historia sobre amor que duele, vínculos que sanan y la pregunta más peligrosa de todas: ¿Qué pasa cuando el destino no basta?

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No molestes a una bruja
—Azura —me llamó Robert—. Luna Enid te está buscando de nuevo. ¿Qué hiciste esta vez? Me quedo pensando un momento. ¿Debería decirle toda la verdad o simplemente fingir inocencia? Igual él nunca cree en mí… ¿qué más da? —No hice nada —finjo no saber el motivo, aunque es muy probable que Celina ya esté dando quejas de mí nuevamente. Aunque debo admitir que esta vez quizá me lo gané… solo un poco. Veo a Robert respirar profundo —Ve ahora mismo a la oficina del alfa Randall y no causes más problemas. Asiento y me encamino directo a la casa principal. Al menos el Alfa me dará la oportunidad de explicar por qué dejé la habitación de Celina llena de babosas. No es tan grave. Al llegar, el ama de llaves me mira casi con diversión —Esta vez Celina está furiosa —me dice mientras me guía por el largo pasillo de madera. —No sé por qué, ¿pasó algo? —pregunto con falsa inocencia. Elena suspira, negando con la cabeza —Debes mejorar tu expresión de mentirosa si quieres convencer al Alfa. Me río suavecito antes de respirar profundo y llamar a la puerta. Desde dentro escucho al alfa pidiéndome que entre. Tomo valor antes de abrir la puerta. En cuanto asomo la cabeza, escucho a Celina gritarme —¡Tú! Pequeña rata —me dice, apuntándome con un dedo justo a la cara. —Celina, por favor, siéntate —dice Luna Enid con una sonrisa dulce. —¡¡Ella arruinó mi habitación!! —bufa Celina mientras se sienta en un sillón frente al escritorio del alfa. Luna Enid me indica que tome el otro asiento, a su lado. —Azura, necesito una explicación de lo que ocurrió aquí —pide el alfa Randall, sosteniéndose el puente de la nariz. —No sé nada, ¿alguien arruinó la habitación de Celina? —pregunto, parpadeando confundida. Escucho a Luna Enid suspirar —Necesitamos una respuesta clara. —¡Ella lo hizo! —chilla Celina nuevamente—. Igual que todas las otras veces, es un peligro tenerla aquí… todas las brujas son iguales. Siento mi sangre hervir, pero me mantengo en calma —Pues tú no eres mejor —murmuro por lo bajo, ganándome una mirada de advertencia del alfa. —¿Qué pasó esta vez? —pregunta el alfa Randall con seriedad. Lo miro un momento, evaluando si me creerá. Finalmente confieso —Ella me empujó por la escalera y… quizás usé un hechizo en su habitación. —¿Quizás? —pregunta el Alfa, arqueando una ceja. —Bueno, lo hice. Pero ella se lo buscó. Escucho a Celina jadear, conteniendo una maldición —Jamás te empujé. Todas ustedes son mentirosas. De no ser por el beta Robert, jamás te habrían admitido aquí. —Basta, Celina —interviene Luna Enid. —Retírate, Celina. Y tú, Azura, vas a anular ese hechizo y limpiar la habitación de Celina. —Pero… —intento protestar ante la orden del alfa, pero él levanta una mano, callándome. —Debes aprender a controlar tu magia. No hay “peros” que valgan. Suspiro, molesta. ¿Acaso no escuchó que ella comenzó todo? Siempre igual: ella es la acosadora y yo termino pagando los platos rotos. Pero no me arrepiento de nada. —Está bien, Alfa. Me retiro, saliendo detrás de Celina. Cuando estamos lejos de los oídos del alfa, Celina se gira hacia mí —Ahora serás una sirvienta. El alfa comienza a darte tu lugar real en esta manada. Su sonrisa triunfal me retuerce las tripas, pero solo sonrío —Cuidado, podría esconder una bomba fétida en tu armario —susurro antes de irme rápidamente. Vuelvo a casa y mi madre está esperándome. Genial… otro sermón. —Luna Enid me llamó —comienza, cruzando los brazos—. ¿Creaste una infestación de caracoles en la habitación de Celina? —No eran caracoles, eran babosas… —corrijo, sentándome en el sofá, dispuesta a oír toda la reprimenda. —¡Eso no mejora nada, Azura! Sabes perfectamente cómo nos miran aquí. Debemos ser sensatas en la forma de usar nuestra magia. Especialmente tú. —Sí, eso me quedó claro cuando sellaste mi magia por petición de tu pareja —digo con amargura, casi desafiante. Estoy cansada de ser tratada como un problema por todos. —¡Basta! No voy a permitir que hables de ese modo. Tu poder estaba fuera de control y lo sabes —mi madre comienza a caminar en círculos frente a mí, hablando de lo necesario que fue sellar mi magia a los diez años. Trato de ignorar sus palabras, fingir que no me duele que me trate como un problema… Ella también es una bruja. Éramos felices solas en el aquelarre, hasta que encontró a Robert y tuvimos que venir a esta manada. No pasó mucho tiempo antes de que Robert le pidiera sellar mi magia para que no pudiera “ser un peligro” para la manada. Cada vez que recuerdo esa conversación me dan ganas de golpear a todos. —¿Me estás escuchando? —insiste mi madre, y finalmente le presto atención de nuevo. —Ammm, sí —me incorporo ligeramente y veo a mi madre llevarse los dedos a la sien. —Irás a la casa de Celina a limpiar. No me importa cuánto tardes. Dejarás su habitación como antes. Si haces algún otro hechizo, tendrás que responder ante el Alfa, y también te daré un castigo de restricción. La miro molesta, pero sé que no puedo protestar. Odio las restricciones a mi magia; es como quitarme una parte de mi alma —Bien. Subo a mi habitación, cerrando la puerta con más fuerza de la necesaria. Comienzo a odiar la vida en esta manada. Pero no tengo muchas opciones; solo debo soportar un poco más. Pronto cumpliré dieciocho años y podré abandonarla voluntariamente, ir al aquelarre donde nací. Suspiro y me siento en el alféizar de la ventana, mirando las montañas nevadas. El invierno llegará pronto y podré ver las auroras boreales, una de las pocas ventajas de vivir en este clima. Al día siguiente llego al colegio más temprano de lo usual. Escapé pronto de casa para no enfrentar a mi madre y a Robert con más sermones. Camino hacia mi casillero y veo un delantal y un trapero. Celina sonríe triunfal cerca de ahí. —Decidí ser una buena persona y te voy a regalar los insumos para que seas una buena sirvienta —dice, colocando un pequeño tocado en mi cabeza, uno que me hace parecer aún más ridícula. —Vaya, qué generosa gastar tu dinero en mí —digo, quitando el tocado de un manotazo. —Oh, no te preocupes. No fue mi dinero. Daniel los compró para ti, tal como se lo pedí —responde con esa mirada de burla que tanto odio. Daniel… por supuesto que fue él. El futuro alfa de la manada, el insoportable que siempre me mira con desprecio mal disimulado —No me sorprende —digo con amargura, abriendo mi casillero. Al hacerlo, montones de basura caen sobre mí. Escucho a Celina reírse junto a sus amigas —Deberías comenzar a limpiar, sirvienta. Se va, dejándome llena de basura y con mis cosas sucias. Estoy tentada a llenar su ropa de excremento o algo peor, pero me contengo. Ya tengo suficientes problemas por ahora. Limpio mis cosas lo mejor posible y me voy a clases. Todo el día debo soportar comentarios y burlas sobre lo merecido que lo tengo, sobre cómo las brujas debemos ser solo sirvientas. Quiero limpiar mi ropa con magia, quitarme el mal olor, pero el director me tiene prohibido usar cualquier tipo de magia en la escuela. Si lo hago, podrían expulsarme… o algo peor. Al terminar las clases debo ir a casa de Celina. Esto es casi tortura, pero creo que puedo terminar rápido usando magia. Toco la puerta y la madre de Celina me recibe con una mueca de desprecio que no se esfuerza en disimular. —Buenas tardes, vine por instrucciones del alfa Randall. —Lo sé. Deja tus cosas fuera. No quiero nada que apeste a bruja en mi casa —me hace un gesto despectivo hacia un rincón—. Y no te atrevas a usar magia en mi casa. Asiento, apretando los labios para contener cualquier comentario audaz. Dejo mis cosas en el pórtico; ojalá no se congelen para cuando termine. Entro y camino hacia la habitación de Celina. Dentro encuentro un caos absoluto: basura por montones, ropa por todos lados, y los bichos siguen ahí. Esto no es ni de cerca culpa mía; yo no desordené todo esto. Uso magia para anular el hechizo y comienzo a limpiar. Desde la habitación puedo escuchar a Celina hablando con sus amigas sobre cómo su “nueva sirvienta” es eficaz; incluso admite que dejó más cosas desordenadas. La oigo reírse y estoy tentada a poner esa bomba fétida de verdad, pero eso me obligaría a volver aquí, y es lo que menos quiero. Paso horas limpiando su habitación y, para el anochecer, finalmente termino. Cuando tomo mi teléfono para informar al alfa que cumplí con su orden, me doy cuenta de que tengo cientos de notificaciones. Entro a mi red social y mis ojos se vuelven rojos de rabia contenida. Esa maldita de Celina tomó fotografías mías, editándolas y haciéndome ver ridícula. Las publicó con notas sobre cómo soy “una sirvienta con magia”.

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