2. El nombre en la lista

2219 Palabras
2. El nombre en la lista POV Maddox Diez años. Diez putos años. Para algunos pueden parecer mucho, para otros como yo, solo un suspiro. Este tiempo fue un campo de batalla: un camino en el que cada paso fue dado con rabia, disciplina y hambre de triunfo. Diez años atrás había dejado mi ciudad con el corazón hecho pedazos, y juré que volvería siendo alguien a quien nadie pudiera volver a humillar. Lo cumplí. Maddox Sterling, CEO de Sterling Telecom Corp, la empresa de seguridad corporativa y telecomunicaciones que, a pesar de no tener más de diez años creada, es la más respetada del país. Con clientes internacionales, contratos millonarios y un ejército de empleados leales, me he ganado un lugar entre los grandes. El muchacho ingenuo que lloró por amor había muerto en el aeropuerto una década atrás. El hombre que ocupa mi cuerpo ahora estaba forjado en acero. Pero ese día, algo ocurrió. Algo que ni todos los años de esfuerzo ni todas las medallas de éxito pudieron blindar. Estaba en mi oficina, revisando una lista de candidatos para el puesto de asistente ejecutiva. Había despedido a la última porque filtró información a un competidor. En mi mundo, la lealtad es la única moneda que vale. Deslizo los dedos sobre el expediente digital. Nombres, edades, títulos universitarios, experiencia laboral. Todo parece rutinario… hasta que lo veo. Clarisse Andretti. El aire sale de mis pulmones de golpe, como si alguien me hubiera golpeado en el estómago. El nombre brilla en la pantalla con una claridad cruel, arrastrando conmigo una avalancha de recuerdos. Ella. La mujer que había sido mi vida entera y que, en una sola noche, destrozó todo lo que yo era. La que me convirtió en un extraño de mí mismo, en un fugitivo de mis propios sentimientos. Diez años no habían borrado su rostro, ni la forma en que miró nerviosa cuando la descubrí en su cama con él. Diez años y todavía recuerdo cada palabra, cada promesa rota. Mi mandíbula se tensa. El odio, adormecido bajo capas de trabajo y éxito, despierta con una violencia insospechada. Siento mis venas arder. —Clarisse Andretti… —murmuro, saboreando el veneno en cada sílaba. No puede ser casualidad. El destino, en su retorcido sentido del humor, me la pone de nuevo en el camino. Como si me estuviera diciendo: ¿Qué harás ahora, Maddox? No dudo Sonrío, una sonrisa fría y calculada. —Bienvenida de nuevo a mi vida, Clarisse. Ahora te toca pagar. ***** La reunión de selección está programada para la tarde. Mientras tanto, camino por mi oficina con el expediente abierto en la tablet, devorando cada línea de su currículum. Había estudiado administración, con algunos empleos medianos en firmas de segundo nivel. Ninguno de gran renombre, ninguno que la destaque demasiado. Al parecer, el brillo de su juventud se había apagado. Y eso me complace. Está casada, según la información personal. Una hija. Esos datos me provocan un dolor en el pecho. ¿Cómo se atrevió a casarse y tener hijos con otro hombre? Estoy tentado a arrojar la tablet al suelo, pero me reprimo y sigo leyendo. Apenas una dirección modesta en la ciudad y una lista de referencias poco relevantes. El contraste es delicioso. Yo, sentado en la cima, y ella… buscando trabajo en mi empresa, golpeando a mi puerta como si el pasado nunca hubiera existido. Me sirvo un whisky. El líquido ámbar brilla en el cristal mientras lo giro con calma. —Tu error fue pensar que podías traicionar y seguir adelante, Clarisse —susurro para mí mismo. —Ahora vas a entender que las deudas del pasado siempre se cobran. ***** A las cuatro en punto, los candidatos comienzan a llegar. Me gusta observarlos antes de la entrevista formal, desde la sala de juntas donde tenía acceso a las cámaras de seguridad. Me permito analizar sus gestos, su nerviosismo, su manera de esperar. Y entonces la veo. Clarisse Andretti entra con paso inseguro. Lleva un traje sastre sencillo, gris claro, con una blusa blanca. Su cabello, tan rubio como diez años, está recogido en un moño discreto. No es la misma joven desbordante de risas y coquetería. Ha madurado, eso era evidente. Su rostro muestra líneas de cansancio, y sus ojos, aunque aún bellos, tienen una melancolía que no recordaba. La reconozco en un instante. Mi corazón, terco, da un salto. La odioo aún más por eso. La observo sentarse, cruzar las piernas con elegancia. Saca un sobre con sus papeles, los revisa una y otra vez, mordiéndose el labio como cuando está nerviosa. Esa manía sigue intacta. Y yo, al otro lado de la cámara, disfruto de cada segundo. —Así que ahora necesitas de mí… —murmuro, con el whisky todavía en la mano. —Perfecto. ***** La entrevista comienza. Soy el último en entrar a la sala, como siempre. Mis directores se habían encargado de filtrar a los candidatos mediocres, dejando a los finalistas. Al abrir la puerta, todas las miradas se alzan hacia mí. Y entonces, la suya también. Clarisse palidece. Su boca se entreabre, como si hubiera visto un fantasma. Y lo había visto: el fantasma de sus pecados pasados, encarnado en un hombre de carne y hueso. —Buenas tardes —digo con voz grave, implacable. —Soy Maddox Sterling, CEO de esta compañía. La veo tragar saliva, recomponerse con dificultad y fingir serenidad. Pero sus manos tiemblan, lo noto incluso a la distancia. Durante toda la ronda de preguntas, apenas pude concentrarme en los demás. Mis ojos buscan los suyos, y ella esquiva mi mirada como si quemara. Cuando llega su turno, me inclino hacia adelante. —Señorita Andretti —pronuncio su apellido con énfasis, como si quisiera clavarle una espina—, veo que ha tenido experiencia en varias firmas. ¿Por qué cree que es la persona indicada para este puesto? Ella respira hondo. —Porque soy organizada, leal y… — apenas, consciente del peso de mis ojos sobre ella— …y sé adaptarme a cualquier entorno. Una carcajada silenciosa se forma en mi interior. ¿Leal? ¿Acaso tiene idea de lo irónico que suena en mis oídos? —Interesante —respondo, ocultando mi veneno tras una sonrisa cortés. —Lo tomaremos en cuenta. Al finalizar la ronda, me encierro en mi oficina. Mis directores esperan una decisión en conjunto, pero yo ya lo había decidido. Clarisse sería contratada. No porque fuera la mejor, ni porque lo mereciera. Sino porque la quería cerca. Porque la necesitaba en mi terreno, bajo mis reglas, atrapada en la telaraña que yo mismo estoy tejido. Mi venganza apenas comienza. Me apoyo en el respaldo de mi silla, enciendo un cigarro y exhalo el humo lentamente. —Bienvenida a Sterling Corp Clarisse —murmuro, con los labios curvados en una sonrisa oscura. —Ahora te toca conocer al hombre que creaste aquella noche. ***** POV Clarisse —¿Nerviosa? —La voz de Alan suena a mi espalda, con ese toque de burla que sólo él sabe dosificar para romper el silencio. Me giro para mirarlo. Es imposible que me moleste con él, incluso en este momento. Su presencia tiene la extraña capacidad de anclarme, de recordarme que no estoy sola. —Mucho —admito, dejando escapar un suspiro que no sabía que retenía. —Sabes lo que significa que consiga ese empleo. Alan no responde de inmediato. Un acceso de tos lo sacude y me tensa de pies a cabeza. Lo observo impotente, mientras la tos se vuelve un eco áspero que parece arrancarle el aire. Me acerco instintivamente, deseando poder detener aquella crisis que ya reconozco demasiado bien. Cuando por fin se calma, el silencio pesa tanto como mi propio miedo. Se sienta en la cama, exhausto, con el pecho subiendo y bajando como si cada respiración fuese una pequeña batalla ganada. —Lo mejor sería que mi vida terminara. Soy una carga para todos. Me siento a su lado y le tomo la mano, envolviéndola entre las mías como si quisiera transmitirle todo el calor que le falta. —Por supuesto que no lo eres —susurro con firmeza. —Y si lo vuelves a decir, me voy a enojar mucho contigo. Te quiero, Alan, más de lo que imaginas. Él suspira y, sin mediar palabra, me rodea con su brazo. Apoya la cabeza en la mía y cierra los ojos, buscando un refugio que ambos conocemos de memoria. —Creo que deberías ser canonizada —murmura con una sonrisa cansada. —Eres una santa. Solo te preocupa la felicidad de los demás… ¿Cuándo vas a preocuparte de la tuya? Su pregunta me deja en silencio, como si de pronto hubiera abierto una puerta a la que temo asomarme. Pero no tengo tiempo de contestar: un torbellino de risas irrumpe en la habitación. —¡Mami! ¡Ya llegué! —La voz de Constanza, mi pequeño terremoto, llena el aire con una energía que borra la pesadez de hace un momento. Se lanza a mis brazos, y su cabello aún huele a sol y a juegos. Pero al notar mi atuendo, preparado para la ocasión, se detiene de golpe y me suelta con un gesto de sorpresa. —Perdón… ¿vas a tu entrevista? —pregunta, abriendo mucho los ojos. Asiento y le tomo la manita, acariciando sus dedos diminutos. —Quiero que me deseen mucha suerte —les digo, mirándolos a ambos. —Si me dan el trabajo, Alan podrá continuar su tratamiento, y a mi pequeña le compraré ese juego de robots que tanto desea. Alan esboza una sonrisa tenue; Constanza, en cambio, da un salto de emoción antes de abrazarme de nuevo. Los dos me rodean, y en ese instante un cálido sentimiento se expande dentro de mí. La vida no ha sido perfecta, pero hemos sabido ser felices a nuestra manera. —¿Qué les parece si, cuando termine la entrevista, vamos a recogerte y te llevamos a comprar helado? —propone Constanza con picardía, esa habilidad suya de convertir sus antojos en gestos de aparente generosidad. —Me parece bien. Creo que voy a necesitarlo —respondo, fingiendo solemnidad. Alan ríe y le doy un pequeño codazo en el costado, consciente de que en ese intercambio hay un pacto silencioso. Ellos dos, con sus miradas cómplices y su risa compartida, son mi mayor tesoro. En medio de tantas batallas, esa complicidad es la prueba de que, pase lo que pase, siempre encontraremos la forma de seguir adelante. Alan se incorpora con algo de esfuerzo, apoyándose en el borde de la cama. Trato de ayudarlo, pero me hace un gesto para que no me preocupe. Aun así, no puedo evitar vigilar cada uno de sus movimientos. Su fragilidad me pesa más que cualquier entrevista. —Prometido —dice, con una sonrisa tenue. —En cuanto salgas de esa oficina, Connie y yo estaremos esperándote para ese helado. Pero recuerda: si no te dan el trabajo, igual te vamos a querer igual. Sus palabras me aprietan la garganta. Respiro hondo para no dejar que la emoción se me escape en forma de lágrimas. —Lo sé, cariño —respondo, rozándole el brazo con suavidad. —Pero hoy… hoy siento que puedo lograrlo. Constanza, que no ha soltado mi mano, da un saltito de entusiasmo. —¡Claro que puedes, mami! —exclama con una convicción que me arranca una risa. Esa fe inquebrantable que tiene en mí es un regalo que no merezco, pero que atesoro. Me agacho hasta quedar a su altura y le acomodo un mechón de cabello tras la oreja. —Gracias, mi cielo. Con un equipo de porristas como ustedes, nada puede salir mal. Los tres reímos en un pequeño estallido de complicidad que llena el cuarto de una calidez casi tangible. Por un instante, todo lo demás —las cuentas por pagar, las noches de incertidumbre, el cansancio que llevo en los huesos— se desvanece. Solo queda este diminuto universo que hemos construido, frágil y, sin embargo, irrompible. El reloj de la pared marca la hora exacta en que debo salir. El tiempo, siempre implacable, nos recuerda que la vida sigue su curso. Me pongo de pie y tomo mi bolso, sintiendo el peso de las carpetas con mi currículum. —Deséenme suerte una vez más —pido, intentando que mi voz suene alegre. Alan se acerca despacio y me envuelve en un abrazo. Su respiración es pausada, pero firme. —Vas a brillar —susurra cerca de mi oído. —Este trabajo va a ser tuyo. Constanza se cuelga de mi cintura con la fuerza de un abrazo que parece querer quedarse en mí para siempre. —Te esperamos para el helado, ¿sí? —dice con una sonrisa que es pura luz. Asiento y beso la frente de los dos, guardando en mi memoria el calor de ese instante. Salgo de la habitación con el corazón latiendo más rápido que nunca. El pasillo parece distinto, como si cada paso que doy me acercara no solo a una entrevista, sino a un futuro que quiero construir para ellos, para los tres. Al cerrar la puerta detrás de mí, la certeza me acompaña: pase lo que pase en esa oficina, ya soy dueña de la mayor victoria de mi vida.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR