6. ¿Cuánto ofreces?

1406 Palabras
6. ¿Cuánto ofreces? POV Clarisse El día me parece eterno, pero me satisface no haber cometido errores. Después del momento incómodo en cómo comenzó el día, me imaginaba renunciando a las ocho de la mañana, pero después de encontrarlos en la situación incómoda, todo fue bien a partir de ese momento. Sonrío porque en verdad me imaginaba otra cosa. Digo, no es algo normal trabajar con el ex que le rompiste el corazón y que seguramente te odió durante mucho tiempo. Pensé que la oficina podría convertirse en un campo de batalla, pero tal parece que en verdad, Maddox ya pasó página. No que ya me haya olvidado, sino que dejé de ser importante para él. Sobre todo que ahora se ha convertido en un magnate. No es solo millonario. Es billonario. Nunca dudé que podría llegar tan alto. Y eso me satisface. Al abrir la puerta del departamento, me recibe mi hija con una sonrisa brillante. Le doy un abrazo y Alan llega también. —¿Y cómo te fue con el ogro? —Sonrío al escucharlo. Me dejo caer en el sofá y comienzo a contarle. Cuando fui aceptada y le conté quien era mi jefe, al principio no dijo nada. Pero cuando Connie fue a su habitación para hacer su tarea y nos quedamos solos, me sirvió una taza de chocolate y dijo lo que tenía que decir. —Sabía que tarde o temprano volvería. Es tu destino. Ya sabes, lo del hilo rojo y esas cosas. Esbozo una sonrisa y le suelto un ligero golpe en el brazo. —Qué hilo rojo ni que nada. Además, él ya tiene su vida y tú eres mi esposo. No lo olvides. Me observa de manera extraña. Muchas veces lo he visto, como si tratara de decirme algo que no se atreve. —Pero somos esposos “de mentiritas”. ¿Cuánto tiempo crees que tardará en descubrirlo? Un escalofrío me recorre. Si se entera…¿Las cosas serían diferentes? —No digas tonterías y vamos a preparar la cena. Me pongo de pie y voy a mi habitación para ponerme ropa cómoda. Mientras estoy en la cocina, pienso en si todos los días serán iguales en el trabajo. No puedo creer que me haya contratado por mis méritos. En algunos momentos siento que es una trampa. Un juego peligroso. Pero también sé que no puedo huir. Me cubro el rostro con las manos y susurro para mí: —¿Qué vas a hacer conmigo, Maddox? Mi mente recrea una imagen de él, con un vaso de whisky en la mano, mirándome fijamente, y casi puedo escuchar su voz grave, como un eco en mi cabeza: —Bienvenida a tu propia pesadilla, Clarisse. ***** Los días siguientes marcan el inicio de un juego silencioso en la oficina. Para el resto de los empleados, todo parece rutinario: yo trabajo con diligencia como la nueva asistente ejecutiva, y el CEO mantiene su aura de frialdad y control. Pero entre Maddox y yo, cada jornada es un campo minado. Me pone a prueba en cada detalle. —Quiero los reportes financieros de los últimos tres años en una sola carpeta, ordenados, revisados y listos antes de la junta de mañana a las ocho —me ordena un martes a las seis de la tarde. Lo miro, sorprendida. —¿Mañana? Señor Sterling, es bastante información… Él arquea una ceja, apoyando los codos en el escritorio. —¿Acaso tiene algún inconveniente, señorita Hutton? Bajo la mirada. —No, señor. Esta es la primera vez que paso la noche entera en la oficina, rodeada de papeles y hojas de cálculo. El tic-tac del reloj se vuelve un martilleo constante mientras reviso números y ajusto reportes. Cuando el amanecer comienza a teñir de gris las ventanas, mi cuerpo está entumecido, pero el trabajo está completo. A las siete de la mañana, entrego el informe terminado. Maddox lo revisa con una calma desesperante, hojeando cada página mientras yo espero de pie, con las manos entrelazadas. —Interesante —dice al fin, dejando los documentos sobre el escritorio. Contengo el suspiro de alivio que amenaza con escaparse. —¿Está conforme? —pregunto, apenas en un murmullo. Él sonríe con frialdad. —Por ahora. No añade un “buen trabajo” ni una sola palabra de reconocimiento. Solo me deja allí, de pie, con la sensación de ser invisible, como si mi esfuerzo no valiera más que el papel en el que estaban impresos aquellos números. En ese momento, mi teléfono vibra sobre el escritorio. Al ver el nombre que aparece en la pantalla, una sonrisa se dibuja de inmediato en mis labios: Esposo. —¿Hola? —respondo, girándome ligeramente para buscar un poco de privacidad. —Sí, bien… voy para allá. Cuelgo despacio, todavía con una leve sonrisa que se me escapa sin querer. Al volverme, me encuentro con la mirada de Maddox: inquisitiva, aguda, como si intentara descifrar cada gesto. Decido complacer su silenciosa pregunta. —Mi esposo vino a traerme ropa limpia. Voy a bajar —explico, tratando de sonar casual. Por un instante, el silencio llena la oficina. Solo se escucha el zumbido constante del aire acondicionado. Entonces, para mi sorpresa, su voz rompe la quietud con una frialdad inexpresiva: —Dile que puede pasar para traerte las cosas. No necesitas salir. Me quedo inmóvil, sin saber si agradecerle o si su ofrecimiento es una orden disfrazada de cortesía. —Bien… le diré. Gracias, señor —murmuro al fin. Me doy la vuelta para marcar a Alan, pero la sensación de una mirada intensa, casi tangible, me atraviesa la espalda como un escalofrío. Sé que Maddox me observa, que sus ojos siguen cada uno de mis movimientos con una penetración que no me atrevo a enfrentar. El teléfono suena en mi oído, pero mi pulso late con fuerza, como si aquel simple intercambio hubiera encendido una tensión que ninguno de los dos se atreve a nombrar. ****** POV Maddox Aprieto los puños cuando veo lo amorosa que luce al responderle a ese cara de idiota. En mi memoria sigue siendo el mismo flacucho sin gracia, con esos lentes de pasta tan grandes que casi le cubrían el rostro. Y yo… yo era cien veces mejor. ¿Cómo pudo quitármela? A través de las cámaras los observo interactuar. Esa complicidad… esa misma familiaridad de hace años. El pasado vuelve a morderme con la fuerza de un animal hambriento. En ese momento, la decisión me golpea con la claridad de un relámpago: voy a salir. Quiero que me vea, que entienda quién soy ahora. Quiero que compare, que mida. Que vea lo que perdió. Abro la puerta de mi oficina y, como esperaba, sus rostros se tensan de sorpresa. Pero lo que no esperaba es que él no parezca intimidado. Ni un ápice. Por el contrario, me dedica una sonrisa que no logro descifrar: ¿amable? ¿o una burla bien disimulada? —Maddox Andretti —dice, con voz firme. —Tanto tiempo. Mi nombre de antes. Una puñalada sutil. —¿Podemos hablar? —pregunto, sin rodeos. La cara de Clarisse se transforma en una máscara de horror. Sus labios se entreabren, pero no articula palabra. —Debe irse —alcanza a decir, nerviosa. —Lo esperan. —Solo serán dos minutos —respondo con una calma que apenas disimula el fuego en mi interior. Alan le da una palmadita en el brazo a Clarisse, un gesto de falsa tranquilidad, y me sigue hacia el pasillo. Apenas la puerta se cierra detrás de nosotros, él me enfrenta, la voz cargada de un reto silencioso. —¿Qué necesitas, Andretti? Sus palabras me atraviesan, un recordatorio de un pasado que yo mismo enterré. Lo miro fijo, dejando que el peso de mi mirada le hable antes que mis labios. —Soy Sterling —corrijo con frialdad, cada sílaba cortante como un filo. —No lo olvides. Doy un paso más cerca, lo suficiente para que note que mi voz es un susurro calculado. —Dime… —pauso, dejando que el silencio pese entre nosotros. —¿Cuánto quieres por desaparecer de la vida de Clarisse? Las palabras caen como un golpe seco, y durante un segundo, todo parece haberse detenido en el tiempo. Pero sonríe de manera burlona, se frota la mandíbula como calculando el precio. —Dime…¿Cuánto ofreces? ¿Cuánto vale Clarisse para tí?
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