Capítulo 1 -Encuentro
El sol brillaba con fuerza y los pájaros cantaban alegremente, anunciando el inicio de un nuevo día. El aroma a café recién hecho flotaba en el aire, llenando cada rincón de aquella pequeña cocina limpia y ordenada. Sobre la mesa, un desayuno sencillo pero delicioso: huevos revueltos con tocino, tostadas doradas y un jugo de naranja con zanahoria.
—¡Susana, ven a desayunar! —gritó Teresa desde la cocina.
Susana, como de costumbre, había ignorado su alarma. Aunque era una mujer responsable, madrugar nunca había sido su punto fuerte. A sus veinticuatro años, aún vivía con sus padres, era hija única. Se había graduado con honores en Derecho, y unos meses después, consiguió trabajo en un prestigioso bufete de abogados.
Bajó las escaleras a toda prisa, vestida con un pantalón n***o, camisa rosa pálido, un bléiser y sus respectivos zapatos tacón de ajuga. Su cabello rizado, de tono chocolate, iba recogido en una coleta alta que dejaba escapar algunos rizos rebeldes. Al llegar a la cocina, se tomó el jugo de un solo trago.
—¡Me voy, mamá! Kate ya está afuera esperándome —avisó tomando su bolso.
Teresa, una mujer de buen corazón, había levantado junto a su esposo Roberto un pequeño restaurante. A pesar de las dificultades, eran un matrimonio ejemplar de lucha y amor.
Susana salió trotando. Al llegar al auto, abrió la puerta y se metió sin detenerse.
—Hola, Susana. ¿Lista para esta nueva aventura? —preguntó Kate. Ambas amigas se saludaron con un beso en la mejía.
—¡Yo nací lista! —respondió con una sonrisa decidida.
Kate rio, divertida. Luego de unos minutos encendió el auto.
Las dos eran mejores amigas, se conocieron hace dos años y medio. Susana era alegre, noble y soñadora. Kate, en cambio, venía de una familia adinerada, con gustos costosos y un carácter algo presumido, pero con un corazón leal. A pesar de sus diferencias, se entendían como hermanas.
—Me alegra que al fin lleves tu primer caso —dijo Kate, orgullosa.
—Gracias. Y yo me alegro por ti. —Susana movió las manos con emoción—. ¡Tu colección será un éxito!
—No tienes idea de lo nerviosa que estoy —respondió Kate, observando a ambos lados para adentrarse a la carretera.
Susana soltó una carcajada.
Kate era diseñadora de moda, y en unos días lanzaría su primera colección de ropa femenina.
—Hablemos de Henry —dijo Kate, suspirando con dramatismo.
Susana rodó los ojos.
—¡Otra vez! Olvídate de Henry. Sabes que eso no puede ser.
Kate frunció el ceño.
—No me digas eso... sabes cuánto lo amo.
—Lo sé, pero tus padres jamás aprobarían esa relación.
Cuando los padres de Katy, se enteraron que su princesita le gustaba un tipo de baja clase social, pegaron el grito al cielo. Le advirtieron que se alejara, sino quería que le arruinaran su vida. Kate conocía perfectamente a sus progenitores, así que decidió llevar lo que tenia con el chico en secreto.
Kate giró el rostro hacia su amiga, con lágrimas acumuladas en los ojos.
Susana conocía muy bien la historia de sus mejores amigos, se habían conocido hace dos años en el cumpleaños de Susana. Desde que se vieron hicieron clic.
—¡¿Crees que no lo sé?! Daría lo que fuera por uno de sus besos —dijo, acariciándose los labios con la yema de los dedos.
Susana suspiró.
—Y él también lo daría todo por ti. No quiere una noche contigo, Kate. Quiere una vida entera.
Kate sonrió con ternura al escuchar esas palabras.
—¿Crees que llegue al evento? —preguntó, cambiando de tema.
—No lo sé —respondió Susana, encogiéndose de hombros.
Kate rodó los ojos.
Henry era amigo cercano de Susana. Trabajaba como contador en una importante empresa. Perdió a sus padres cuando era niño y fue criado por su abuela. Desde que conoció a Kate, se enamoró de ella. Pero siempre supo que la diferencia de clases era un muro difícil de derribar.
Unos minutos después, llegaron al juzgado. Kate se detuvo frente a la entrada y giró hacia su amiga.
—¡No olvides la salida de esta noche! —le recordó con un guiño.
—Imposible —respondió Susana, sonriendo.
Bajó del auto con el corazón acelerado. Era su primer juicio de un caso de asesinato. Respiró hondo, tomó su carpeta, se ajustó la coleta y caminó hacia la puerta principal.
El juzgado estaba lleno. Gente entrando y saliendo, teléfonos sonando, abogados corriendo con expedientes en la mano. Susana avanzaba con paso firme, aunque por dentro, los nervios la sacudían.
Giró en una esquina del pasillo... y chocó de frente con alguien.
—¡Ay! —exclamó, dando un pequeño salto hacia atrás.
La carpeta casi se le cae de las manos.
—Perdón... no lo vi —dijo, intentando recuperar la compostura.
—Tranquila, fue culpa mía —respondió el hombre, con una voz grave pero amable.
Sus miradas se cruzaron por primera vez.
Él era alto, de porte elegante, con el cabello oscuro perfectamente peinado y una expresión serena, pero intensa. Vestía un traje impecable y sostenía una carpeta negra bajo el brazo. No parecía alguien que se dejara sorprender fácilmente... pero en ese momento, la estaba mirando como si algo lo hubiera descolocado.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí, sí... solo fue el susto —respondió ella, sintiendo cómo el rostro se le encendía.
—Suerte en el juicio —agregó él, con una leve sonrisa, antes de seguir su camino.
Susana lo observó alejarse, sin saber por qué su corazón latía más rápido que antes.
Sacudió la cabeza, recuperó el enfoque y entró a la sala donde se llevaría a cabo el juicio.
La mujer que defendía estaba sentada al fondo, esposada, con la mirada clavada en el suelo. Había sido acusada del asesinato de su esposo, y ahora, Susana debía demostrar su inocencia. Era un caso difícil, el tipo de juicio que a muchos abogados les llega tras años de experiencia. Pero a ella le había tocado ahora... y no podía fallar.
Sintió cómo las manos le temblaban ligeramente. Tomó asiento frente al juez y al fiscal, respiró hondo... y le asintió con confianza a su clienta, regalándole una mirada tranquilizadora.
El fiscal tomó la palabra primero. Su exposición fue fría, calculada, detallando cada punto que sostenía la acusación. Hablaba de pruebas, de razones, de supuestos motivos. La sala escuchaba en silencio.
Y entonces, llegó su turno.
Susana se puso de pie con seguridad. Sus tacones resonaron suavemente en el suelo al acercarse al estrado. Sostuvo la mirada del juez sin titubear, acomodó los papeles con calma, y habló.
—Honorables presentes… mi nombre es Susana Gonzales y hoy demostraré que esta mujer —señaló con firmeza a su clienta— no es culpable. No lo fue ayer, no lo es hoy, y jamás lo será. Porque la verdad, aunque a veces se oculte tras la apariencia de un crimen, siempre sale a la luz.
Su voz era clara, fuerte, sin un ápice de nerviosismo.
No parecía una principiante.
Parecía una abogada experta.
Al concluir su exposición, se sentó nuevamente. El juez asintió, con expresión neutral.
—Fiscal, puede llamar a su primer testigo.
Uno a uno, los testigos pasaron al estrado. El fiscal interrogaba con precisión. Susana contraatacaba con inteligencia. Mantuvo la compostura en todo momento. A pesar de ser su primer juicio, su determinación no titubeó. Ni una sola vez.
El segundo testigo fue llamado, y el proceso se repitió. La tensión se sentía en cada rincón de la sala. La mirada de su clienta, silenciosa y esperanzada, le recordaba lo importante de su papel.
Finalmente, tras horas de interrogatorios y exposición de argumentos, el juez tomó la palabra.
—Se cierra la sesión de hoy. El juicio continuará este jueves, a las diez de la mañana.
Susana asintió, agradeció con respeto, y recogió sus cosas. Salió del juzgado agotada, pero también orgullosa. Había dado su primer gran paso.
Tomó un taxi en la esquina del edificio. Mientras observaba por la ventana las calles que se deslizaban a su alrededor, lo recordó.
"Suerte en el juicio."
La frase del desconocido volvió a sonar en su mente como un eco lejano. Al principio, le pareció solo un detalle curioso...
Pero cuanto más lo pensaba, más inquietante le resultaba.
¿Cómo lo supo?
Cualquiera podía estar en un juzgado por muchos motivos. No todo el que camina esos pasillos va a juicio. Y ella no vestía una toga, ni portaba nada que claramente indicara que era abogada.
Podría haber sido secretaria, pasante, estudiante… incluso una testigo.
Entonces, ¿cómo ese desconocido supo que ella estaría en un juicio?
Una pequeña alarma se encendió en su interior. Algo no encajaba.
Y lo que no sabía…
Era que todas esas preguntas pronto serían respondidas.