Jhon Clark Fueron las peores horas de mi vida. El avión parecía detenerse en el aire, cada segundo pesando más que el anterior. Necesitaba llegar a México cuanto antes. Apenas aterrizamos, corrí hacia la salida del aeropuerto y, por suerte, encontré un taxi rápidamente. Apretaba los puños con impaciencia mientras el vehículo avanzaba, y mi mente no paraba de pensar en lo que encontraría al llegar a casa. No me tomó más de media hora llegar. Al abrir la puerta, el desorden en el interior me golpeó de inmediato: todo estaba revuelto, como si hubieran pasado a propósito buscando algo. Sobre la mesa encontré un sobre con instrucciones. Me indicaban un lugar donde debía ir si quería encontrar lo que buscaba, y advertían que estaba siendo vigilado. Además, debía ir solo. Recorrí la ciudad po

