—Definitivamente extrañé tu comida, Dominga —dice Sebastián mientras toma otro bocado, disfrutando cada mordisco. —Se nota, tío. Lo devoraste en segundos —bromeo, riendo por su entusiasmo desmedido. Sebastián me mira y, con una sonrisa divertida, me pregunta: —¿Se puede saber por qué la señorita está tan hermosa hoy? — Siempre soy hermosa —respondo, esbozando una sonrisa que sé que no refleja cómo me siento por dentro. He aprendido a fingir frente a ellos, a ocultar que, aunque parezca entera, estoy rota por dentro. —Ya volvió la presumida —bromea Lucía, lanzándome una mirada cómplice mientras me da un golpecito en el hombro. —No saben lo feliz que soy de tener a mis dos hijas aquí conmigo, y de verte más recuperada —dice papá, su mirada cálida fija en mí, lo cual me provoca un leve s

