Capitulo I. La casa de los Smith.
Hanna.
Como todas las mañanas me he levantó para desempolvar un poco los cuadros, vivo en una gran casa que alberga muchos recuerdos, la mayoría son mi gran tesoro que me acompañan cuando estoy sola, a veces suelo con mi magia proyectarlos como si de una película estuviésemos hablando, es lindo recordar el pasado aunque no hay nada que el futuro le envidié.
Empecé a preparar mi desayuno, uno ligero y que fuese de preparación rápida que contuviera una taza de café por supuesto.
«Me Preguntó que se habrá llevado Robert de comer».
Mi querido esposo anda en su trabajo, lo normal de los humanos.
Algún día espero lo conozcan pues es un hombre tan puro, tan bello y alto que merece poder llegar con su brillo a los demás para así iluminarlos con su dulzura.
Su corazón es tan frágil como la zapatilla de cristal de la Cenicienta, ese hombre el cual amo con infinidad a llorado en el momento que me pidió ser su esposa.
«Se veía tan tierno».
Es curioso, por la razón a la que me han enviado, aunque no fue planeado llegar justamente a sus brazos, un día caluroso de agosto, tocó mi alma volviéndome más humana, borrando retazos de oscuridad pero el pasado es pasado y ya han pasado cuatro años desde que vivo aquí.
Mi historia con el señor Smith es algo que prometo contar.
«Muy pronto posible».
Por ahora solo cambiaría mi ropa para ponerme algo donde mi cuerpo no reciba tanto aire, pues mi piyama que es una bata, está hecha de una tela muy fina que me impediría lograr con eficacia el trabajo que pienso hacer.
Para muchas mujeres puede que lo que diga este mal pero amó limpiar, ese es mi trabajo y no me parece que este mal.
Cuando era niña mi madre solía decir “Si solo vas hacer lo que a los demás les parezca correcto, entonces mejor no hagas nada, así nadie sufrirá aunque claro tú pasión desaparecerá”.
Mi madre fue una mujer muy sabía todo el tiempo en que estuvo viva, fue devastador para su corazón saber que las reglas ya no me permitían (por mi edad) seguir a su lado, debía hacer lo que toda hechicera hace cuando cumple la mayoría de edad, seguir procreando para salvar nuestro linaje, que por supuesto esta bendecido por dotes de los cuales los humanos corrientes y normales carecen.
Aunque prometí en vano que cumpliría con mi deber, han pasado cuatro años y sigo decidida a jamás cumplir con sus reglas extremistas.
«No nací pará ser parte del montón, ni para permitir que alguien más que mi madre me obligué a ser alguien que no soy».
Porqué Robert, mi esposo, me mostró la verdad de mi corazón y es que no viviré en una secta tan anticuada como a la cual provengo, ni permitiré que mi descendiente crezca que sin un padre como fue mi casó.
De niña jamás pregunté el por qué de ese hecho, con el tiempo mis dudas fueron contestadas por si solas en la academia de hechicería, allí nos preparaban para nuestro destino.
«Un poco tonto que piense en el pasado mientras limpio los jarrones de porcelana».
Pero siento que es algo que debo contar, aunque espero no se equivoquen pues, no buscó clemencia de nadie.
Con un hechizo simplón he encendido la radio, he puesto la emisora dónde suelen colocar canciones clásicas de esas que si se bailar.
Robert siempre cuestiona mi raro gusto por usar la radio, él siempre me recomienda buscar las canciones por el internet pero alguien con magia ¿por qué se complicaría la vida usando el internet si todo está a la palma de su mano?
«Es gracioso pensarlo».
He movido mi cuerpo al ritmo de la música, mientras aprovecho para limpiar con la escoba el piso.
«Mi vida tal vez no sea envidiable pero no podría cambiarla por nada».
La mañana para mí, suele ser veloz, aprovechándose de mi disfrute en cuestiones culinarias, pues admito que cada receta que aprendo a elaborar con eficacia, quedan para chuparse los dedos.
«No hay motivos para ir a un restaurante».
Aunque en vacaciones Robert suele invitarme mucho a cenar por fuera.
«Es un hombre sin remedió que se ha robado mi corazón sin previo aviso».
Al terminar de limpiar, me he metido en la cocina para fregar los platos para luego empezar a cocinar, a veces suelo usar hechizos tontos para terminar más rápido mis labores.
He mirando el reloj colgado en la columna que separa la cocina de la sala y me ha sorprendido ver lo tarde que ya es.
«El tiempo pasa volando cuando te diviertes».
Me he puesto a pensar en que receta usaré hoy, no es un día especial pero no sería mala idea destacar.
Puede ser un pavo al horno con ensalada y arroz, y claro un vaso de jugo natural.
Al finalizar he revisado la nevera para ver si tengo los ingredientes completos, todo está menos el pavo.
He revisado los gabinetes y allí también se encontraban el resto de ingredientes.
Me he exaltado un poco, subiendo con velocidad a mi habitación, cambie en un saz mi ropa y mi calzando y je vuelto para tomar mi cartera y salir en busca del pavo.
Llamé un taxi para que me recogiera y así poder llegar más rápido al centro de la ciudad.
Me apuré para meterme en el supermercado y escoger el último pavo que quedaba, una señora ha intentado convencerme para que se lo diera pero no podía permitir alterar mi platillo de hoy, que sería de un almuerzo con pavo sin pavo.
Así que le pedí que cerrará los ojos, mire a toda lados y Susurré un hechizo que me permite duplicar el pavo.
No puedo crear vida de la nada pero si puedo duplicarla, este hechizo es algo que solo he puesto en práctica con alimentos, pues no me atrevo a duplicar un humano.
—Ya puede abrir los ojos señora— Dije entregándole el clon de mi animal muerto.
Ella se veía muy sorprendida seguramente porque estaba segura de que no habían más pavos.
—Muchas gracias señorita— Contestó tomándolo entre sus manos.
Me fui apresurada a pagar para volver lo antes posible a casa.
Al salir del supermercado volví a llamar un taxi pues, el anterior le he dicho que se fuera porque seguramente tardaría demasiado adentro y aunque es tonto pensar en que tardarás comprando solo una cosa, al final si termine un poco atrasada.
Al volver a casa, me he vuelto a cambiar de ropa, he bajado casi corriendo a la cocina y he encendido el horno, descongelando el pavo con magia, mientras se cocina preparé todo los demás, en un corto lazo de tiempo.
La radio aún seguía encendida, aunque juraría haberla apagado cuando salí de casa.
Me acerque a ella dejando la cocina atrás, intenté apagarla pero por alguna seguía encendiéndose por si sola.
—Que extraño— Murmuré.
Me alejé un poco y crucé las manos en cruz para verificar que la radio no tuviese ningún ritual encima.
Normalmente cuando hago un hechizo más avanzado, en las palmas de mi manos se forma un pentagrama de color verde.
—Esto es aún más extraño— Dije viendo el hechizo puesto en mi radio.
Lo rompí inmediatamente, echándome para atrás asustada.
«¿Alguien se ha metido a mi casa?».
Fui corriendo por el celular en la cocina y llame a la señorita Margaret Aguilera, mi mejor amiga en esta ciudad.
Ella no tardó en contestarme preguntándome qué sucedía.
Me quedé en silencio por un momento, pensando en si alguien estará vigilándome.
—Hola Margaret ¿Te llamo para saber si podrías venir mañana a mi casa?— Pregunté sonando alegré.
—Por supuesto, mañana estaré allí— Contestó animada.
—Esta bien, te espero— Respondí para luego colgar.
El agua del arroz empezó a salirse de la olla, debía destaparlo pero me encontraba inmersa en mis pensamientos.
—Cariño, ya llegué— Dijo Robert entrando en a la casa.
Volví en mi y me dirigí inmediatamente a apagar el arroz para que no se quemara.
Aproveché el momento y revisé como iba el pavo.
«Aun no esta listo».
Terminé adelantando la cocción con un hechizo que ponía alrededor del objeto al que se hechiza, una burbuja de color verde, atrapado allí me permitía jugar con la velocidad del tiempo, así que hice qué estuviese cocinado más rápido.
Lo saqué y con unos cuantos hechizos más, serví el almuerzo.
Nuevamente mire el reloj.
«Que tarde es ya».
Salí para recibir a mi amado, quién se encontraba en el sillón estático.
Me pare enfrente de él para agacharme y abrazarlo.
—Te extrañe mucho cariño— Dije envolviéndolo con mis brazos.
Me alejé un poco para verlo, él solo seguía sonriendo, viendo fijamente hacia el televisor.
—¿Quieres ir almorzando?— Pregunté extrañada.
Moví varias veces mi mano sobre su cara pero no logré obtener respuestas.
«Esto empieza a preocuparme».
Nuevamente crucé mis manos para asegurarme de que no se trata de magia.
«¿Qué es esto?».
—¡Robert!.