—¿Esto es una broma?— Pregunté sorprendida.
Nunca en mi vida había visto un gato que habla, en la escuela eran un mito que se había extinto con el paso de los años.
—No hay necesidad de bromear con algo tan serio como es la comida— Contestó Milán el gato.
—¿A qué te refieres con comida?— Pregunté tratando de que me explicará todo si eso era posible.
—Veo que eres una jovencita que le cuesta captar las cosas, eres lenta Hanna y no me gusta trabajar con humanos lentos— contestó sonando un poco molesto mientras lamía su pelaje— Tú me has invocado para.
—No, lo siento gatito pero yo invoque a él diablo o al menos un demonio de verdad no a una bola adorable de pelos— Respondí un tanto alterada.
—Tal vez si me permitieran explicarte podría ponerte en contexto sobre todo lo que está sucediendo— Contestó con ironía.
—Tienes razón, disculpa— Respondí tratando de calmar mis nervios.
—Ahora si ¡Silencio!— Exclamó— Yo soy un demonio, puede que no lo parezca en este momento pero es así y estoy atado a una parte de tu vida, la que va a servir como mi merienda, todo es muy sencillo de comprender, tú me has invocado pues pediste al diablo y obviamente él no podía venir a ayudarte y mando a uno de sus siervos, aunque admito que me tomo en un mal momento, me encontraba en California agarrando el calor de la playa— Agregó distrayéndose, dejando el asunto principal de lado— Disculpa, es que me emociona la playa, aquí donde vives es muy frío, volviendo al tema, he venido a ayudarte, para poder cerrar el trato y irme de aquí, el pentagrama en tu mano se debe poner de un amarillo brillante, ya ahí me llevaré lo que es mío y te dejare en paz, mientras estaré a tus alrededores observando para poder asechar y lograr terminar con este trabajo lo más pronto posible— Explicó finalizando con un enorme bostezo.
«Que gato más perezoso».