La noche había caído silenciosa sobre la manada, y en una pequeña sala, iluminada apenas por la luz tenue de una lámpara, Alma y Michael se encontraron solos. Las sombras danzaban en las paredes, reflejando el dolor y la incertidumbre que marcaban sus rostros. La atmósfera estaba cargada de un silencio abrumador, roto únicamente por el leve temblor en la voz de Alma. —¿Dónde se llevaron a Xavier? —preguntó Alma con una mezcla de miedo y desesperación, su voz apenas un susurro. Michael, con el ceño fruncido y la mirada seria, respiró hondo antes de responder: —Lo llevamos a un lugar seguro. Alma dio un paso adelante, como si quisiera alcanzar el alma torturada reflejada en los ojos de Michael. Con manos temblorosas, tomó su rostro entre las palmas, buscando en él la respuesta que su cor

