Michael entró en la habitación con paso firme pero contenido. Sus ojos fueron directo a Alma, que descansaba en la cama con la mirada perdida en su hijo, Xavier, quien se encontraba sentado a su lado. El muchacho le sostenía la mano con aparente tranquilidad, pero Michael pudo notar la tensión en sus hombros y la rigidez de su postura. El ambiente era denso, cargado de emociones reprimidas. Michael cerró la puerta tras de sí y avanzó un par de pasos antes de hablar. —¿Cómo estás? —le preguntó a Alma, con una voz más suave de lo que esperaba. Ella giró la cabeza para mirarlo y le dedicó una sonrisa tenue, cansada pero genuina. —Voy mejorando, gracias —susurró. Michael asintió y luego desvió la mirada hacia Xavier. El joven lo miraba con una expresión indescifrable, una mezcla de cautel

