Michael había pasado los últimos días sumido en un torbellino de emociones. La revelación de que Xavier era su hijo seguía siendo una herida abierta en su alma, un recordatorio constante de que el destino había tejido para él una realidad tan dolorosa como ineludible. Cada amanecer traía consigo la agobiante certeza de que, a pesar de sus esfuerzos por enterrar el pasado, la verdad persistía, reclamando su lugar en su vida. El joven, tan inesperado y lleno de matices, le obligaba a enfrentarse a sentimientos encontrados: por un lado, el amor incondicional y el deseo ferviente de abrazarlo y reconocerlo como parte de sí mismo; por otro, un odio profundo hacia Fox, el hombre que había sembrado la discordia y alejado a Alma, dejando un abismo de dolor que todavía hacía mella en su propia alma

