Varios días después de la feroz batalla y el tumulto de la transformación de la vida, Xavier decidió acudir a la manada Cruz, aquel refugio que había surgido como respuesta a la devastación del Comando. Al llegar, se encontró con un ambiente de mezcla de melancolía y esperanza; los ecos del pasado se entrelazaban con la promesa de un futuro renovado. Los rayos dorados del sol poniente atravesaban las copas de los árboles, creando sombras alargadas y cálidas que daban a la escena un aire casi sagrado. Caminando por un sendero de tierra y hojas secas, Xavier fue recibido por Vera, quien, a pesar de las cicatrices visibles y las marcas del sufrimiento, irradiaba una fuerza silenciosa. Con voz temblorosa, llena de gratitud, ella se acercó y tomó suavemente las manos de Xavier. —Gracias, much
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