CAPÍTULO 7.

1531 Palabras
Narrador Anónimo. Si había algo que odiaba en todo el universo era el simple hecho de ser un doctor y dar malas noticias. Esas noticias en donde tenías que dejar a familiares con el alma destrozada mientras tu solo decías lo que tus superiores estaban listos para hacer. Si alguien me hubiera dicho que en mi futuro tenía que dar tan malas noticias sobre personas fallecidas en cirugías, personas pidiendo descansar me hubiera replanteado de muy buena manera escoger mi profesión y quizás hubiera estudiado para ser oficial de policía, músico o hasta arquitecto, pero simplemente quise seguirle los pasos a mi padre ya que se lo prometí antes de que el pasará a mejor vida. Solté un suspiro al momento en que mis ojos dieron a la madre de aquella chica la cual hoy tenía que desconectar solo por ser el doctor de turno y al ver como aquella mujer lloraba desconsoladamente junto a la chica rubia mi corazón se partió en mis pedazos, pero no podía mostrar arrepentimiento aunque me recordaba a mi madre llorando aquella noche en donde finalmente mi padre dejó de luchar por su vida. El último chico que estaba por despedirse de la chica salió de la habitación con su rostro rojo y cubierto de lágrimas así que supuse que fue tan difícil como fue para los demás. ─Gail, es hora ─soltó Astrid a mi lado quien era la enfermera que ahora estaba en esta novedad junto a mí. Observé a las personas en la sala de espera quienes por su expresión la estaban pasando mal y caminé hasta la madre de la chica quien se volteó a mí tratando de limpiar las lágrimas de sus mejillas. ─¿Cómo será? ─preguntó. Pasé una de mis manos por mi cabello rubio y dirigí mi mirada a Astrid quien estaba esperando por mi frente a la puerta que llevaba a las habitaciones en aquel pasillo. ─La llevaremos al piso tres donde ya sabe... ─ella asintió en su lugar. ─Usted firmo por solo desconectarlo así que eso es lo que haremos, no la tocaremos, no la inyectaremos, solo dejaremos que ella se mantenga en su cama hasta que... ─Ya entiendo ─interrumpió y asentí. ─Gra... Gracias doctor por estos meses en los que estuvo evaluando alguna posibilidad de que ella regresara a nosotros. ─No se preocupe ─le mostré una sonrisa sincera. ─Es mi trabajo. Observé a la rubia quien llego a su lado y a un chico moreno que se posicionó a su lado de igual manera. ─Si me disculpan... Todos asintieron y me dediqué en caminar hacia el lugar en donde Astrid estaba esperando por mí. Ambos entramos al pasillo en donde solo se permitía personal autorizado y luego nos detuvimos frente a la puerta de aquella chica. ─¿Abrirás la puerta? ─preguntó Astrid. ─Hazlo tú ─susurré. Ella lo hizo y al momento en que entramos a la habitación ahí sobre la cama se encontraba el cuerpo de la chica con máquinas rodeando su cuerpo, su piel pálida y el pequeño pitido en una de las máquinas que informaba que su corazón estaba despierto aunque ella no. ─La doctora de hace un mes me dijo que siempre estabas por aquí esperando que ella abriera los ojos ─dijo Astrid mientras quitaba los seguros de las rueda de la cama. ─No quería verla hasta que abriera sus ojos, pero la doctora me dijo que tenía que tomar las riendas ya que ella viajaría y bueno lo demás es historia ─solté. Caminé hasta una de las máquinas de oxígeno y quité el seguro en las ruedas para arrastrarlo junto a la camilla en donde Astrid empezaba a arrastrarla hasta la puerta. ─Son tres meses de sufrimiento tanto para ella como para sus familiares ─continuó hablando Astrid. ─No nos ha dado algún diagnóstico favorable, solo podemos decir que se encuentra en coma. Astrid detuvo la camilla frente a la puerta para así abrirla y poder sacarla así que yo caminé hasta posicionarme junto a la chica y me mantuve inspeccionando su rostro y no pude evitar que una pequeña sonrisa de diera paso en mis labios. Era hermosa, muy hermosa. Piel blanca quizás por no salir de este lugar durante tres meses, cabello n***o, cejas gruesas, pestañas largas y en ese momento mis ojos dieron a un tatuaje que se encontraba en su cuello. Una golondrina. ─Ayúdame con la camilla ─soltó Astrid así que asentí. Empujé la camilla mientras que Astrid se dedicó en empujar la máquina que mantenía el pulso de la respiración y corazón de la chica. Salimos de la habitación con la camilla y pude escuchar los gritos de la madre de la chica tras de la puerta en la cual habíamos entrado. ─¡Mi niña! ─gritó en cuanto cayó al suelo y el chico moreno la ayudo a levantarse. La chica rubia se encontraba abrazada junto a un chico rubio y un chico de piel canela estaba junto a una rubia admirando lo que estábamos haciendo. Astrid abrió las puertas del ascensor y adentramos la camilla junto a la máquina y luego entramos junto a la chica para subir hasta el piso en donde todo terminaría. Unos minutos después estábamos en el pasillo de las últimas esperanzas, le había puesto ese nombre en cuanto mi padre pasó una semana en el con una sonrisa que dejó su cuerpo en su último respiro. Entramos a una habitación en donde colocamos el camilla junto a la máquina y luego Astrid empezó a inspeccionar la máquina así que me coloqué frente a la camilla para observar a la chica. ─Mierda ─exclamó Astrid. ─Olvidé el registro y la orden en su habitación, ya vuelvo. Asentí y sin tener idea de que estaba haciendo arrastré una silla que se encontraba en la esquina de la habitación y la coloqué junto a la chica, tomé su mano y la apreté. ─Hola hermosa ─susurré. ─Sé que no me conoces, pero quiero decirte que me siento mal, quería ver esos ojos abrirse, escuchar tu voz y saber un poco de tu vida, lo que te paso es muy injusto, nadie lo merece. Observé su rostro de perfil y de cerca era muchísimo más hermosa. ─Estoy presentándome y a la vez despidiéndome ─murmuré antes de soltar su mano. Me levanté de la silla y caminé hasta la puerta para luego voltear y observar su rostro por última vez. ─Adiós, buen viaje pequeño ángel ─susurré. Salí de la habitación y me mantuve tuve esperando por Astrid afuera de esta hasta que algunos doctores me saludaron así que les devolví el saludo. Las puertas del ascensor fueron abiertas y Astrid salió con los documentos, ambos entramos nuevamente a la habitación y los ojos de Astrid dieron a la silla junto a la chica, pero no dijo nada. ─Toma esto necesita tu firma ─me tendió el registro así que lo hojee antes de sacar mi bolígrafo de mi bolsillo trasero. Simone Beckham, 25 años. ─¿Cumplió veinticinco años hace dos semanas? ─preguntó en dirección a Astrid y ella asintió. ─Sí ─respondió. ─Que triste debe ser pasar tu cumpleaños en esa situación. Solté un suspiro y asentí antes de colocar mi firma y tenderle el documento a Astrid quien lo tomó. Caminé hasta la maquina alado de Simone y observé aquel botón que tenía que presionar para que todo tomará su curso. ─Pobre chica ─susurró Astrid tras de mí. ─¿Nunca se enteraron de quien fue el responsable de aquel accidente? ─No tengo la menor idea. ─Es muy triste lo que le pasó ─dijo Astrid. Asentí y antes de presionar el botón observé a la chica por última vez. ─Lo siento ─susurré sin ni siquiera mover mis labios y apagué la maquina. Los latidos que emitía la máquina dejaron de hacerse presente y tuve esa enorme sensación de dolor dentro de mí por quitarle la vida a una persona tan joven y con un gran futuro por delante como lo era Simone. Los ojos de Astrid y los míos se encontraron al momento en que el pitido de la máquina avisando que aquel cuerpo en esa cama ya estaba en un lugar mejor. ─Que escena tan desgarradora ─susurró Astrid y asentí. Caminé hasta la esquina de la habitación en donde tomé una sábana para cubrir el cuerpo de la chica y al momento en que me acerqué a ella la máquina se encendió y empezó a tomar el pulso de su corazón de una manera lenta. Inmediatamente me volteé a Astrid y en cuánto vi como llevó sus manos a su boca me giré para observar a Simone quien abrió sus ojos abiertos y un hermoso color verde dio a los míos. ─Señorita ─murmuró Astrid acercándose a ella. Estaba viva, Simone estaba viva. ─Avisaré a sus familiares y pediré a más enfermeros ─dije antes de salir de la habitación. No podía creer que aquella chica después de tres meses logrará abrir sus ojos lo cual me hizo sentir muy feliz y sobre todo feliz por su familia. Entré al ascensor y en cuanto las puertas se cerraron para llevarme al primer piso una sonrisa se dio paso en mis labios. Esta despierta, aquel ángel esta despierto.
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