El fuego en la chimenea era el único sonido fuerte en la Residencia Alpina. Era un fuego de diseño, de leña importada y olor a cedro quemado, una burla al frío exterior. Pero la frialdad que sentía no venía de las ventiscas suizas, sino de la comprensión: me habían superado. Max me observaba, su rostro iluminado por las llamas, con esa sonrisa de superioridad que siempre lograba irritarme. Había movido el Renoir, no como una medida de seguridad, sino como una elaborada carta de póquer para probar mi mano. —No has respondido, moya zvezda —murmuró Max, tomando un sorbo de su vino. Me obligué a relajar la tensión en mis hombros y me quité el traje de tweed, revelando el vestido de seda negra que llevaba debajo. Mis movimientos eran lentos, deliberados. Cada gesto era un acto de guerra.

