Cap.1 Has llegado a tu destino
Isabel tomó su cámara del asiento del pasajero y salió del auto. La carretera por la que había estado conduciendo durante la última hora estaba tranquila, aparte del sonido del océano en la distancia. No podía ver el agua, su vista estaba obstaculizada por los extensos terrenos, algunos con casas tipo parcelas, otros con animales, rodeándola y envolviéndola en su pequeño carro. Posicionó la cámara junto a su ojo y apuntó hacia la carretera y su alrededor.
Mientras apuntaba con su cámara, divisó un cartel verde que anunciaba su destino. Ese cartel y el camino, le hizo entender que este pueblo sería pequeño como su amada Valdivia. Isabel era de Santiago, pero estudió en Valdivia y desde que terminó sus estudios no había vuelto a ese lugar, el cual consideraba su hogar.
Isabel bajó la cámara. Esperaba que Josefina tuviera razón, y que esto fuera lo que ella necesitaba. Los padres de Isabel le dijeron que estaba huyendo de sus problemas, en lugar de enfrentarlos como siempre le habían enseñado, por lo que al salir de casa, solo encontró miradas de desaprobación.
Sin embargo, Isabel confiaba más en Josefina que en sus padres. Habían sido compañeras de habitación durante los cuatro años de universidad y, cuando se graduaron, la relación con Josefina se había sentido más como una familia que incluso la que tenía con sus padres.
Para ser justos, sus padres estaban tratando de ser mejores, tratando de cambiar, pero algunos hábitos son difíciles de cambiar y otros son inmortales…
Isabel volvió a colocar su cámara en el estuche y se colgó al hombro. Es hora de aceptar la oferta de Josefina de quedarse con ella durante un par de semanas y recuperarse.
Aunque Isabel no había podido ver Papudo desde donde se había estacionado, solo pasaron un par de minutos antes de que, junto con el océano, apareciera a la vista. Su respiración se hizo más lenta, y fue como si hubiera dejado todos sus problemas en ese letrero.
Pintorescas cabañas junto al mar salpicaban el pequeño valle antes de escuchar. Nadie parecía necesitar rejas, creando la impresión de apertura y comunidad. Y el océano, le robó el aliento mientras se extendía, aparentemente para siempre. Isabel se dio cuenta de que inconscientemente había reducido la velocidad muy bien, el auto se arrastraba a lo largo del sinuoso camino que conducía al centro de la ciudad. Miró el GPS, con la esperanza de que pudiera manejar confiada durante los últimos cinco minutos de su viaje, más el GPS pareció perder toda señal.
Isabel siguió las indicaciones de Josefina y terminó en un pequeño tramo de carretera que bordeaba la playa. Bajó la ventanilla para escuchar mejor las olas y los graznidos de las gaviotas. Josefina tenía razón, esto era exactamente lo que Isabel necesitaba.
Isabel se detuvo en un puesto de estacionamiento que se encontraba en diagonal a la carretera y estiró el cuello para ver mejor a través del parabrisas. Volvió a prender el GPS Y esta vez funcionó, pero volvió a sacar la cabeza por la ventana. Este lugar no parecía correcto.
Frente a ella había una calle con una docena de tiendas conectadas. La que estaba frente a ella decía “tienda de buceo”. Tenía un cartel en la ventana ofreciendo empleo. Isabel sabía que Josefina había regresado a Papudo para abrir su propio negocio, sabía de qué era su negocio, pero estaba segura de que no era una tienda de buceo. “¡Estúpido GPS!”, pensó. ¿No podría llevarla a la ubicación correcta por una vez?.
Isabel salió del coche, pero nadie andaba por la calle, a pesar de que el clima esta templado y agradable para caminar. Se preguntó si las tiendas estarían abiertas. Esperaba que al menos una lo estuviera, así podría pedir orientación y llegar a su destino.
Cuando se alejó un paso de su auto, notó que un hombre estaba parado en la puerta de la tienda de buceo, apoyado casualmente contra el marco de la puerta. Llevaba una camiseta con el logotipo de la tienda junto con pantalones cortos, su tez bronceada contrastaba agradablemente con su cabello decolorado por el sol.
Él no se movió cuando ella caminó hacia él, en lugar de eso pareció estudiarla, con una pequeña sonrisa jugando en sus labios. Isabel siempre se preguntaba qué pensaba la gente de ella, cuál era su primera impresión. Cuando estuvo a solo unos metros de distancia, inclinó la cabeza a modo de saludo.
"Hola", dijo Isabel, repentinamente nerviosa, sintiéndose como una extraña en aquel lugar. Dio otro paso adelante. "Creo que hice un giro equivocado y me preguntaba si podrías ayudarme y orientarme en la dirección correcta".
Ante esto, una amplia sonrisa apareció en el rostro del hombre, y se apartó del marco de la puerta. "Es difícil perderse en Papudo".
Isabel tomó un mechón de cabello y lo enrolló alrededor de su dedo, desviando su mirada. Su corazón la traicionó rápidamente acelerando los latidos…es que cuán increíble era la sonrisa de este hombre.
"Bueno, de alguna manera lo logré", dijo todavía sin levantar los ojos. "Yo culpo al GPS".
El hombre asintió "Si yo fuera tú, lo apagaría y no lo volvería a encender hasta que te vayas de la ciudad. Es notoriamente malo por estas partes. He visto a personas conduciendo por la playa porque la voz en su automóvil insistía en que era por ahí por donde debía ir, y no se molestaron en cuestionarlo".
A pesar de sus reservas, Isabel se rió y levantó la mirada. El hombre había avanzado un par de pasos. Extendió la mano.
"Soy Jorge".
"Isabel", dijo, tomando su mano y estrechándola.
Entonces, este era Jorge, era más guapo de lo que Josefina había dejado entrever. ¿Josefina realmente no lo vio? Siempre había hablado de su amigo de la infancia como si fuera un hermano.
Tal vez Isabel podría pensar en Jorge como un hermano también. Porque, ciertamente no podría ser más que eso, era una de sus reglas mientras permanecía en Santiago.