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Juegos Perversos

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Descripción

Para Stella Farinelli, escapar del pasado le está costando mucho más de lo que pudo haber imaginado, rompiendo con todo lo que alguna vez formó parte de su vida, decide dejarlo todo atrás, para intentar escapar de su doloroso pasado, quiere empezar de nuevo en la salvaje y enorme ciudad de Nueva York, desafortunadamente para esta Italiana, todo parece recordarle que ella esta destinada a afrontar los errores del pasado, sobre todo, el cruel trauma que la persigue.

Sin embargo, mientras ella cree estar comenzando de nuevo, en un nuevo empleo, e incluso, aún después de conocer al misterioso y atractivo Noa Warren, es que ella se da cuenta que aquellos fantasmas de su doloroso pasado, no han desaparecido.

No es hasta que vuelve a su vida, el causante de todo daño y dolor, el millonario y sádico ruso Damien Romanov, que todo lo poco que Stella había construido se derrumba como naipes a sus pies.

¿Será posible que alguien tan herido como Stella pueda volver a amar?

¿Será ella capaz de luchar con los fantasmas de su pasado?

¿Podrá liberarse al fin de todo el dolor que la persigue?

Una historia diferente, intensa y apasionada que hará que el corazón se acelere.

Esta es una novela que habla de la importancia de la salud mental y las consecuencias buenas y malas de nuestras decisiones.

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Un nuevo comienzo
Hasta ese punto de mi viaje, el calor se apoderó de mí. Tuve que bajar las ventanillas del taxi para que el aire helado de Nueva York llenara mis pulmones consternados. Me limpié la frente sudorosa mientras me quitaba la chaqueta de mezclilla y me relamía los labios, revisando mis cuentas bancarias. Solté un largo suspiro: estaba más que quebrada. Solo quedaba el dinero de reserva, suficiente para cubrir el departamento por unos días. Por lo tanto, debía conseguir un trabajo de inmediato, o, de lo contrario, tendría que dormir en las calles de un país que no conocía. El taxista me miró de reojo durante unos cortos segundos, acelerando los latidos de mi corazón. —¿Está segura de que quiere que la deje en Queens? —me preguntó el hombre, mirando mi aspecto, que no parecía corresponder al lugar al que quería ir. Nerviosa, me aclaré la garganta. —Sí, allí es donde voy —contesté con un toque de jocosidad. El hombre frunció el ceño. —No es americana, ¿no es cierto? —dijo. Mi sonrisa tambaleó en mis labios, pero me esforcé por mantenerla lo más que pude. —Temo que se me nota mucho —le respondí, encogiéndome de hombros. El hombre asintió con la cabeza mientras entrábamos en el barrio, y me estremecí. —Es por su acento, señorita —el hombre fijó sus ojos en la carretera. —Oh, eso me delata —me reí nerviosamente, con los nervios a flor de piel. Aunque nunca había pisado suelo americano, era conocido que Nueva York podía ser una ciudad peligrosa si no se andaba con cuidado. —Así es—. —Pe-pero no soy nueva, ya había venido—. Musité, mintiendo. —Oh, ¿en serio? — —Sí, de hecho, un amigo me está esperando—. Hablé al mismo tiempo en que el hombre aparcaba junto a la acera. —Bueno, entonces que tenga un buen día, señorita—, dijo mientras abría la puerta del auto. Tomando mi mediana maleta, me dispuse a buscar el efectivo. —Son siete dólares—, añadió, haciendo que lo mirara con los ojos bien abiertos. — ¿Por el aeropuerto hasta acá? —Hablé, mirándolo con un pie fuera del taxi. —La traje a Queens, señorita— respondió, encogiéndose de hombros. Solté el aire, vencida, y pagué. Más tarde, observé cómo el taxi se perdía en la lejanía mientras me giraba para contemplar el viejo edificio frente a mí. —Aquí vamos otra vez— susurré al entrar en el interior. Se suponía que debía encontrarme con el encargado, con quien solo había tenido contacto por teléfono. Lo había localizado hacía unos pocos días, cuando estaba alquilando departamentos baratos en ese barrio. Así que, apretando mi maleta contra el cuerpo, entré al edificio en busca del hombre. No tardé en localizarlo, pues parecía que ya me esperaba. Un hombre viejo y malhumorado estaba en la recepción del edificio, que se notaba viejo y desgastado. Le alargué la mano para saludarlo, pero el desagradable hombre se giró, ignorándome. —Ven, sígueme, te llevaré a tu puerta— masculló, luego de toser enfermamente sobre su mano en puño. Tragando saliva con dificultad, seguí al anciano por los pasillos en mal estado, intentando evitar mirar a mi alrededor; si lo hacía, acabaría arrepintiéndome de mis decisiones. Así que, tragándome el nudo en la garganta, me emparejé con el hombre. —Soy Stella Farinelli, usted es…— —Esperaré el otro tanto de la renta en 15 días—, me ignoró por completo el anciano. —Lo de mitad de este mes ya está saldado, si me llegó tu depósito—. Musitó, volviendo a toser. Me alejé un poco, completamente decepcionada. Fue entonces que él se detuvo frente a una puerta con el número 24, se giró, tragando la flema en su garganta, y luego me extendió una llave metálica justo frente a la cara. Parpadeé, tomando la llave. —¿Es aquí? — pregunté, sorprendida. —Por las mañanas hay agua caliente—, dijo, comenzando a regresar por sus pasos. —Si hay quejas, déjamelas por escrito en el buzón que está en la recepción—, musitó antes de que yo pudiera decir algo. Lo vi dar la vuelta por el pasillo, dejándome sola frente a la puerta maltratada. Solté el aire por la nariz, me restregué la cara. Ojalá que alguien me esperara, como le había mentido al del taxi; ojalá pudiera salir de ese hoyo que era ese edificio. Sin embargo, al rememorar lo que me había traído hasta ese momento, irónicamente agradecía lo que tenía frente a mí. Incluso ese pozo maloliente era perfecto en comparación con de dónde había salido. Cerré los ojos, respirando por la nariz, y automáticamente moví mi mano para tocar el pequeño pendiente de aro que tenía en el lóbulo izquierdo de la oreja. Toqué su textura lisa y fría mientras un vestigio del pasado llenaba mi mente. La melancolía se apoderó de mí, al recordar unos claros ojos azules. Sin embargo, forzándome a salir del recuerdo, opté por sacudirme la tristeza de encima. Introduje la llave en la cerradura, que se abrió segundos después, revelando lo espantoso, pequeño y vacío que estaba el interior del departamento. Tomé aire por la nariz y entré con una sonrisa en los labios; aún tenía mucho por hacer. ..................................................................................................................................................................................................................... La primera noche en mi departamento fue lo que había esperado: incómoda y desastrosa. Sin embargo, aquello no me desanimó, así que muy temprano por la mañana me preparé, desvelada pero motivada. Tomé un baño en mi desastrosa ducha de agua helada y, después de alistarme, salí del edificio en busca de un empleo que me proporcionara el dinero suficiente para pagar a tiempo el alquiler y poner algo de comida en mi mesa. Después de comprar un manojo de solicitudes de empleo, me empeñé en mi búsqueda. Sin embargo, a diferencia de Portugal, donde había conseguido un trabajo de mesera en menos de un día, allí, en América, me resultó más complicado de lo que había imaginado. Aquel primer día fue completamente improductivo, y no fue hasta que cumplí tres días de búsqueda que el cansancio y el desánimo llenaron mi mente de una manera que se sentía casi permanente. Esa tercera jornada fue larga y agotadora. Tuve que detenerme a descansar sobre una banca en un parque cercano, mientras reflexionaba sobre mis posibilidades, que veía cada vez más escasas al mirar las respuestas de los empleadores, lo que mermaba mis esperanzas. Me llevé las manos a la cara; en Portugal había conseguido empleo con facilidad, y la frustración descontrolaba mi mente, tanto que juraba que nunca lograría un trabajo. Solté el aire contenido en mis pulmones, completamente desesperada. No deseaba tirar a la basura todo lo que había logrado; aborrecería tener que regresar a mi país de origen, Italia, y enfrentar a quienes había jurado desaparecer de mi vida. Un estremecimiento se apoderó de mi cuerpo, haciéndolo temblar por completo. “Por Dios”, susurré, sintiendo unas ganas poderosas de romper en llanto. Vencida, solté un largo suspiro y me levanté del incómodo asiento, lista para regresar a mi deplorable departamento. Al día siguiente lo intentaría de nuevo. Me reacomodé el tirante de mi bolso, sintiendo cómo mis pies ardían tras la larga caminata del día. Regresé sobre mis pasos; sin embargo, cuando estaba a punto de salir del parque, escuché el animoso canto de una banda. Entorné los ojos: la chica realmente lo hacía muy bien y, además, tenía un numeroso grupo de espectadores. Cerré los ojos con agrado, ya que la voz de la cantante me había traído recuerdos de días en los que había sido auténticamente feliz. Miré la hora en mi celular; no era tan tarde, así que podría quedarme un poco más antes de que pasara el último autobús. Contenta y decidida a tomar un respiro de la tortura de mi mente, me acerqué y me crucé de brazos al llegar. En verdad, la banda era buena y la voz de la chica me resultó bastante agradable. Sonreí; fue como un sorbo de agua dulce para mi cuerpo cansado. Además, los recuerdos agradables continuaron fluyendo, unos en los que realmente disfrutaba. Me quedé tan maravillada que ni siquiera me di cuenta de cuánto tiempo había transcurrido. Para mí, lo que fue poco tiempo se convirtió en el momento en que el grupo terminó de dar su espectáculo. Suspirándo miré cómo agradecían a los espectadores que les aplaudían. Me relamí los labios; era hora de marcharme. Sin embargo, aquel grupo había animado un poco mi voluntad, así que me acerqué para agradecerles. No es que lo hiciera con cada banda que veía, pero, en realidad, su música me había servido. La chica de abundante melena rubia teñida me sonrió con brillantes labios rojos mientras enfocaba su atención en mí. Sus ojos delineados de n***o me miraron con amabilidad. —Son en verdad muy buenos, gracias por el show —le susurré. Ella estiró aún más su sonrisa, asintiendo con la cabeza. —¡Oh!, mil gracias, se hace lo que se puede —respondió encogiéndose de hombros mientras comenzaba a guardar su equipo en grandes maletines oscuros. Me mordí los labios, reacomodando mi bolso sobre el hombro. —Bien, entonces, suerte —dije, como última palabra, antes de girarme sobre mis talones, sintiendo la mirada de la cantante clavada en mí. Suspiré, agotada, consciente de que aún tenía que tomar un autobús para llegar a casa. —¡Ey! —me llamó la chica, haciendo que me girara hacia ella. —¿Sí? —pregunté. —Parece que estás en búsqueda de empleo, ¿no es así? —musitó. Parpadeé, mirándola con el ceño fruncido. La muchacha y sus compañeros sonrieron ante mi reacción desconcertada, entre risillas. Luego, apuntó mi bolso con un dedo de uña larga. —Las solicitudes —dijo, aún con diversión en la voz. Confundida, miré mi bolso abierto, donde un manojo de solicitudes se asomaba con descaro. —Oh —sonreí con vergüenza—, sí. Contesté como una tonta. —¿Y has tenido suerte, chica? —me preguntó el que tocaba el bajo, un chico regordete de mirada bondadosa. Sonreí luego de relamerme los labios, sintiendo un toque de desilusión. —No —reí para mitigar las ganas de llorar—. Nueva York es un poco difícil —dije, apretando mi bolso contra mi cuerpo. La cantante soltó un suspiro mientras miraba a sus compañeros. Luego, se acercó, metiendo las manos en los bolsillos de su chaqueta de cuero. —No estás equivocada —respondió el que tocaba la batería. —Oye, ¿por qué no llevas esas solicitudes al "Le Figaro"? —dijo la cantante, sacándome de mi letargo. Mi corazón palpitó en mi pecho tan fuerte que pude escucharlo. —¿Le Figaro? —pregunté, parpadeando. —Sí, allí tocamos una vez por semana y siempre hay una vacante. ¿Por qué no vas? —dijo ella, caminando de regreso al grupo, que ya estaba por terminar de empacar sus instrumentos. De pronto, me vi esperanzada. —Claro, sí —contesté, intentando disimular un poco mi emoción—. ¿Dónde está? —pregunté. —Ese es el problema —la chica suspiró—. Está en Manhattan. Es uno de los mejores restaurantes de allí, y sí, es un poco difícil entrar, pero nada pierdes con intentarlo. Además, la paga es muy buena —me dijo. Una vaga desilusión me martilló en el pecho; sin embargo, ella tenía razón, no podía desaprovechar las oportunidades que se me presentaban. —Está bien, gracias —forcé una sonrisa—. Por cierto, soy Stella Farinelli —extendí la mano para presentarme. Ella abrió los ojos, sorprendida, junto con sus compañeros. —¡Oh, extranjera! —exclamó, tomando mi mano para estrecharla. —Así es. —Soy Leticia, pero puedes llamarme Latti —se presentó, mientras sus compañeros se acercaban sonriendo para hacer lo mismo—. ¿Tienes algo para apuntar? Te pasaré la dirección del restaurante —musitó con amabilidad. Mientras tanto, yo daba un largo suspiro de expectación; un poco de ayuda no me vendría nada mal.

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