El despertador de mi teléfono sonó abruptamente, haciéndome respingar de sorpresa. Con el corazón galopando en el pecho, abrí los ojos y miré cómo la luz del sol se colaba por la ventana. Parpadeé, cubriéndome la cara con una mano mientras me movía en la cama. Gemí, sintiendo mi cuerpo entumecido; la noche anterior, estaba tan destrozada que solo había logrado arrojarme sobre la cama para llorar hasta que el cansancio me venció. Sobándome la frente, me senté sobre el colchón, todavía vestida con la ropa del día anterior. Sofocada, me quité la chaqueta arrugada y la arrojé al suelo sucio mientras mis ojos irritados e hinchados ardían.
Suspiré, frotándome la cara cansada. Sentía que las horas dormidas no habían sido suficientes, dejándome con ganas inmensas de permanecer todo el día acostada en la cama. Solté el aire contenido en mis pulmones, sorprendiéndome a mí misma. Apenas era mi segundo día de trabajo y no tenía la más mínima intención de ir.
Sin embargo, con desgano, tomé mi celular, que encontré tirado bajo la cama. Con los ojos entrecerrados, miré la pantalla: eran las 10 de la mañana y debía comenzar ya si quería que el tiempo me ajustara. Así que me puse en marcha, aunque aquella mañana resultó ser un poco diferente a lo que había planeado. Desganada, me encaminé hacia el mini refrigerador que había conseguido en un bazar hacía pocos días, de donde saqué una helada lata de refresco que hice caer de inmediato sobre mis ojos. Debía reducir la hinchazón si no quería que se notara que había estado llorando. Mientras hacía eso, comí un poco de comida china que había dejado la noche anterior, mientras mi moral me susurraba que era la chica más patética de toda Nueva York.
Más tarde, seguí con mi ritual diario. Tomé una ducha de agua helada, recordándome que antes de salir del edificio debía dejarle una nota pasivo-agresiva al desagradable encargado para quejarme de su estúpida ducha, que solo tenía agua fría. Apurándome, me alisté y, cumpliendo con mi queja, dejé la nota en el buzón de "quejas", que para mi sorpresa estaba atiborrado de ellas.
Salí justo a tiempo. El camino fue fácil, así que no me estresé al llegar con un poco de prisa. Solté un bufido, cansada, y entré.
A diferencia de la primera vez, no hubo a quien prestar atención cuando llegué, lo que agradecí; así, nadie se fijaría en mis ojos todavía irritados y levemente hinchados, que no pude ocultar ni con todo el maquillaje que había utilizado. Me encaminé hacia el área de los vestidores, intentando ocultar mi rostro con el largo de mi pelo n***o. Habría tenido éxito, de no ser porque, para mi sorpresa, Isabella ya me esperaba en el lugar. Respingué del susto cuando la vi recargada en los casilleros, con los brazos cruzados sobre su busto mediano. Parecía estar poniéndome a prueba, pero suavizó su expresión al mirar mi rostro. Me llevé una mano al pecho cuando ella se destrenzó y se acercó con cautela.
—¿Qué te ha pasado? —me preguntó, observando mis ojos rojos. Me aclaré la garganta, parpadeando con nerviosismo.
—Nada más que una alergia espantosa —respondí mientras caminaba hacia mi casillero, de donde saqué mi uniforme improvisado. Ella parpadeó, y la escuché soltar un suspiro.
—En los baños de los vestidores hay un botiquín —se acercó a mí, sacando una cinta de medir del bolsillo de su pantalón de vestir—. Tómate algo para esa alergia; no quiero que moquees sobre los platos que limpies —dijo. Luego me giré para que ella me tomara las medidas para mi uniforme personalizado. Asentí con la cabeza.
En silencio, observé cómo rodeaba mi cuerpo con la cinta.
—Vaya, tienes 57 de cintura y 95 de busto. Eso sí es... —ella abrió los ojos con sorpresa—. Eso está bien, supongo —musitó, continuando con su trabajo. Mientras tanto, me concentré en mirarla con detalle.
Era muy linda, a decir verdad; tenía un cabello castaño oscuro, abundante, y su piel apiñonada la hacía resaltar entre el resto. Además, poseía unos ojos grandes y expresivos, junto con unos labios a simple vista tersos y medianos. Me mordí los labios, pues me daba cuenta de que ella era alguien en quien cualquier hombre se fijaría. Y, a juzgar por el acercamiento que habían tenido ella y Noa en aquel primer día, entendí que yo estaba excluida de ese partido.
Solté un suspiro en el momento en que ella terminaba de tomarme las medidas de las muñecas, lo que atrajo su atención.
—¿Pasa algo? —musitó mientras enrollaba la cinta con tranquilidad.
—No, nada —respondí sonriéndole. Ella me devolvió la sonrisa y guardó la cinta en los bolsillos de su pantalón.
—Muy bien, entonces, Stella, quiero que, por favor, te encargues de lo que se necesite. Además, quiero esos platos muy limpios —me ordenó, girándose para caminar por el pasillo. Me acerqué a ella para atraer su atención.
—Por supuesto, es solo que... —me miró con interés—. Quisiera saber por qué no tomé el puesto de mesera. La chica que estaba antes que yo parecía tenerlo asegurado —dije. Ella estiró sus labios en una sonrisa.
—Bueno, porque no es lo mismo trabajar en una cafetería que en un lugar como este. Joyce no quiere que te equivoques frente a los comensales —explicó.
—Pero tengo experiencia, yo… —comencé a argumentar.
—Joyce sabe lo que hace. Además, si realmente sabes atender bien a los comensales que vienen aquí, ya lo sabremos con el tiempo —replicó Isabella, sonriendo. Sin embargo, como había sospechado desde un principio, había algo en ella que no parecía sincero. Relajé los hombros, asintiendo de nuevo con la cabeza.
—Entiendo.
—Bien, entonces lo primero que tienes que hacer siempre es asegurarte de que Noa tenga hielo en el bar —dijo Isabella, parpadeando con los brazos cruzados sobre el pecho.
—Iré de inmediato —anuncié, comenzando a vestirme.
—Ah, y por favor, tómate algo; tienes los ojos muy rojos, no quiero que piensen que te drogas o algo así —masculló, bajando los brazos para luego girar sobre sí misma y marcharse sin decir nada más, dejándome, a los pocos segundos, completamente sola.
Parpadeé, procesando sus últimas palabras. De inmediato me puse en marcha, cuando Olivia hizo acto de presencia. Le sonreí al verla llegar, con su bolso colgado del hombro y su abrigo bien ajustado a su cuerpo. Ella entrecerró los ojos mientras me miraba con detenimiento.
—¿Pasa algo? —le pregunté, disimulando mi rostro.
Ella me observó con los labios en su característico gesto de diva y sus ojos entrecerrados.
—Chica, ¿y esos ojos? —se acercó, pero yo no la miré. Se plantó a mi lado para abrir el casillero de al lado.
—Alergia —respondí, señalando mi rostro con aires jocosos. Ella torció el gesto, levantando las cejas.
—Si tú lo dices —la vi hurgar dentro de su casillero con desinterés. Me relamí los labios y esperé unos cortos segundos mientras meditaba, cuando finalmente le hablé.
—Disculpa, Olivia, pero… —la llamé y ella me prestó atención—. ¿Parece que estoy drogada? —Le pregunté mirándola a la cara. Ella entornó los ojos, contemplándome por unos cortos segundos.
—Stella, esos ojos no son de una adicta, créeme, sé distinguir la diferencia. —Se carcajeó levemente al sacar su uniforme y, acto seguido, comenzó a quitarse la ropa. Me mordí la cara interna de la mejilla.
—Oh, gracias. —Contesté, pero ella volvió a mirarme con esos ojos entrecerrados.
—¿Por qué me lo preguntas? ¿De verdad estás drogada?
—No, no, no, por supuesto que no, es solo que… Isabella…
—¡Ah! Ya… —me interrumpió, soltando unas carcajadas—. No me extraña, esa siempre hace lo mismo. —Sonrió.
—¿A qué te refieres? —Pregunté con el ceño fruncido, mientras terminaba de acomodarme los pantalones. Olivia cerró su casillero y se acercó para mirarme fijamente.
—Isabella puede ser la chica más amable que hayas conocido y, lo mejor del restaurante, es que ¡es la encargada! Pero a veces puede ser una perra, ¿entiendes? —Dijo, con sus ojos oscuros fijos en mi rostro de consternación. Parpadeé velozmente, sintiendo que aquella corazonada mía no había sido mi imaginación.
—Sí, entiendo. —Respondí, y luego ella volvió a sonreír.
—Escucha, tranquila, tampoco es una villana. Solo no seas su enemiga y no habrá problemas—. Olivia se llevó las manos hacia su cabello suelto para atarlo en una coleta baja. Hubo un momento de silencio, ya que la curiosidad me continuaba picando, así que me arriesgué aún más.
—¿Ella y Noa...? — bajé la mirada con aires inocentes. —¿Tienen algo? — Solté lo que me había estado picando durante rato, levanté los ojos y descubri a Olivia recargada sobre su casillero abierto.
—Si te refieres a si están saliendo, no—, masculló, haciendo que mi corazón se relajara. Sonreí mientras Olivia me escrutaba. —Solo sé que tuvieron algo hace mucho—. Tuve un latido extraño.
—Entonces sí fueron...— pasé un nudo por mi garganta—. ¿Algo?
Olivia soltó aire con fastidio.
—Parece ser que sí, pero ya no. Solo sé que se conocen desde que ambos eran niños y que se tienen un cariño muy especial—.
—¿A qué te refieres con "especial”? —.
Olivia puso los ojos en blanco mientras se acomodaba el mandil sobre la cintura.
—Mira, Stella, sé que te dije que te alejaras, pero, si quieres algo con Noa, solo cógetelo y ya, en serio, y olvídate de algo más. Noa no es de esa clase de chicos—. Finalizó silenciándome por completo.
Solté el aire contenido en mis pulmones y fruncí el ceño. ¿No? Yo no quería algo romántico. Mi corazón se sacudió dolorosamente. Oh, ¿sí? Una desagradable sensación recorrió mi espalda. Los ojos fríos de Iván me escrutaban desde las sombras de mi mente. Tragué saliva con dificultad. ¿Querer algo más con Noa? Esa idea rebotaba una y otra vez en mi cabeza. Luego, de pronto, así como si mi propio cerebro me jugara una broma nada graciosa, pensé en Damién, en su sonrisa malvada, sus ojos verdes y su expresión seria. El estómago se me revolvió, y tuve que restregarme el rostro, sintiéndome de repente mareada, de modo que la vista se me nubló un poco.
Olivia cambió su expresión a una de preocupación. La observé destrenzar los brazos para alargar una mano hacia mí, pero yo la frené en seco.
—Es mejor que ya comience a trabajar—. Levanté la mirada hacia ella, quien parpadeaba.
—¿Ya te habían dicho que eres muy extraña? — Dijo, haciendo que una sonrisa involuntaria se dibujara en mi gesto pálido.
—Sí, muchas veces—. Contesté, provocando que ella me sonriera.
Me despabilé; debía hacerlo si quería rendir bien, a pesar de que no me encontraba del todo óptima. No solo por los acontecimientos de la noche anterior, sino también por los pensamientos que se atravesaban en mi mente. Durante meses había intentado apartar la imagen de Damién y conservar la de su hermano Iván, pero me fue completamente imposible. Sin embargo, nada como la distracción del trabajo, que por sí mismo ya era bastante agobiante. Agradecí estar haciendo algo y no quedarme atrapada en mis recuerdos. A pesar de volver a ser la "garrotera" de todos, el esfuerzo se notaba en cada tarea que realizaba, y eso me ayudaba a aliviar mi mente, ya agotada.
Conforme pasaban las horas, me ocupaba y actuaba, hasta que el cansancio emocional y el trabajo físico comenzaban a calar en mi cuerpo, que se movía fatigado. Mientras me desvestía, luego de un arduo día de trabajo, Alex apareció, tomándome por sorpresa. Di un brinco al escuchar su voz jocosa en el marco de la entrada del vestidor.
—¡Oh, eres tú! —mascullé, acomodándome los pantalones de mezclilla sobre el cuerpo. Él sonrió, mirándome descaradamente, pero estaba tan cansada que no me molestó en absoluto.
—Buen trabajo, garrotera —dijo, entrando en el vestidor con rumbo a su casillero.
—Sí, bueno, es mi trabajo —respondí, soltando mi cabello, que cayó oscuro y ondulado por mi espalda.
—Quién sabe, puede que pronto asciendas a mesera —comentó Alex, abriendo su casillero para sacar su ropa bien doblada. Lo miré como un venado en alerta.
—¿Tú crees? —pregunté.
—Por supuesto, ¿por qué no? —respondió al mismo tiempo en que Olivia y Noa entraban. Mis ojos se encontraron con los de Noa, provocando que mis nervios se dispararan. Afortunadamente, ya estaba vestida, porque me desarmaría si él me hubiera visto a medio vestir.
—¿Si nos acompañarás? —le preguntó Olivia a un Alex que se acoplaba la camiseta. El chico le sonrió, mirándola con ojos intensos.
—Preciosa, ¿en serio me has preguntado si iré? —Alex hizo una expresión exagerada que llevó a la chica a abrazarlo.
—Ya, ya, sé que siempre estás dispuesto —dijo ella, riendo mientras dirigía su atención a Noa, quien, al igual que Alex y todos los que trabajábamos allí, abrió su casillero. Yo me hice la tonta; sabía que se quitaría la ropa para cambiarse. Estaba curiosa, pero tampoco quería parecer acosadora. Sin embargo, no pude evitar que mis ojos se desviaran para observarlo.
Él se sacó la camisa por encima de los hombros, dejándome aún más sin aliento. En verdad, no terminaba de sorprenderme. Noa era demasiado atractivo. No tenía los músculos prominentes, pero sí poseía una figura atlética y una piel lampiña, todo lo cual acentuaba su rostro fino. Mi vientre protestó. Además, tenía un par de tatuajes en las costillas, más parecidos a símbolos triviales, como los de un vikingo. Me relamí los labios, imaginando el sabor de la piel de su torso. La tinta en forma nórdica que brillaba en sus costados me invitaba a lamerla. Me sacudí esos pensamientos; hacía tanto que mi mente no funcionaba de esa manera que me sorprendí de mí misma.
—¿Y tú, Noa? —le dijo Olivia. El chico de preciosos ojos ámbar le respondió sin mirarla a la cara; en cambio, continuó con su tarea. Yo disimulé que peinaba mi cabello mientras lo observaba de reojo a través de un pequeño espejo en la puerta de mi casillero.
—Los alcanzo allá; esperaré a que Isabella termine —dijo, subiéndose la cremallera de su pantalón de mezclilla azul marino. El sonido me causó un cosquilleo en el cuerpo. ¡Oh, no, de nuevo! Apreté los labios; mi cuerpo comenzaba a despertar, y eso era peligroso.
—Bien, allá los encontramos —respondió Alex, encogiéndose de hombros. Luego, se hizo un silencio en el que pude escucharlos murmurar entre ellos. Por unos breves segundos, parecían debatir si debían invitarme o no. Intenté que no se dieran cuenta de que estaba prestando atención.
—Ammm, ¿quieres acompañarnos, Stella? —fue la chica quien rompió el silencio. Me giré sobre mis talones con seguridad, lista para contestar, pero al ver que Isabella aparecía, mi confianza se desmoronó por completo.
—Ah, bueno, estoy algo cansada. Además, no sé a dónde irán —respondí, con debilidad en la voz.
—¿Estás segura? Iremos a cenar y, quién sabe, quizás después a beber un poco —dijo Alex, colgándose la chaqueta sobre un hombro. Isabella y Noa continuaban hablando entre ellos, sin prestarme atención. Sentí cómo la lengua me hormigueaba.
—Sí, discúlpenme, pero, además, no estoy acostumbrada a beber —respondí, metiéndome las manos en los bolsillos luego de colgarme el bolso en un hombro. Mintiendo a medias, pues la única manera en que bebía era cuando me sentía triste.
En ese momento, Olivia se despegaba de Alex para sacarse el uniforme y vestirse para salir. Ambos no insistieron mucho, así que me preparé para irme. Parecía que todos aún estarían un poco más, además de que Noa esperaría a Isabella, quien todavía parecía atareada. Soltando aire, levanté la mano y me despedí de los cuatro.
—Entonces, hasta mañana —dije mientras comenzaba a caminar. Sin embargo, Isabella dejó de hablar con Noa para girarse hacia mí.
—Stella —me llamó. Me giré hacia ella. — Recuerda que mañana, viernes, el horario es a las tres —me recordó. Asentí—. Y, por cierto, mañana toca el grupo de Latti, así que tendremos el restaurante lleno —añadió. Parpadeé. ¿Latti? Sonreí, me alegraba volver a verla.
—Gracias, disfruten su noche —respondí antes de salir de allí, extrañamente con un sabor agridulce en la lengua.
Era momento de regresar a casa.