Montefiorelle, Italia, dos años atrás. 13 de agosto. La tarde noche era fresca, había tenido que acoplarme un abrigo, sin embargo, nada como el frío en mi corazón, ese si no podía calentarlo de ninguna forma, y es que, la tristeza se había apoderado de mí, el duelo de la perdida era como un constante verdugo que no terminaba de acosarme por más que intentaba acoplar las cosas de mi madre. Ahora que regresaba a nuestra casa, donde había pasado los días de mi infancia, me daba cuenta de lo necesitadas que estábamos, mi madre y yo, no teníamos nada, las pocas cosas de ella las acomodé en modestas cajas, mientras pensaba en lo que debía hacer con los recuerditos y chucherias que vendíamos en el bazar del pueblo para los turistas, fruncí los labios mirando los sencillos productos, sabiendo

