Mi estómago ruge al ver a Manoel servir unos deliciosos acarayé. Ver aquel platillo, me provoca ganas de sonreír, pues me hacía recordar la ocasión en que compartimos ese platillo en mi oficina, cuando Gerardo me lo había obsequiado. No sabía si era casualidad, o si simplemente lo había hecho a propósito, pero la verdad, es que ahora no pretendía preguntarle. —Luciana es la mejor en la cocina, ha trabajado para mi familia desde que yo era un niñato, se la pasaba los días enteros complaciéndome con cuanto platillo a mí se me antojaba —comienza a contarme. Asiento hacia él, mientras apoyo mi barbilla en mis manos, tratando de prestarle atención, pero, al ver su pelo despeinado y su camisa desabotonada, hacía que perdiera la concentración con gran rapidez. Muerdo mi labio inferior, sin pe

