—No me alces la voz jovencito, tu padre no nos odia, ama mucho su familia y por eso siempre está trabajando— Contestó seriamente ella.
—¿y por eso es que te lastima?— Pregunté con
ironía— ¿De que coño trabaja?— Pregunté alzando la voz.
—No uses ese tono grosero conmigo me haces el
favor, los problemas de tu padre conmigo es cosa de los dos, a ti no te incumbe
y sobre su trabajo, ya te lo he dicho, estás muy pequeño para entender lo que
él hace— Contestó deteniéndose en la entrada del colegio.
—Es mi problema porque te quiero mamá pero si a ti
también te da igual lo que yo pienso entonces no me meto más— Exclamé bajándome
molesto del auto— Desearía ser adoptado— Grité yéndome.
—No digas eso mi cielo, yo te amo demasiado, te un
feliz día, vendré por ti más tarde— Gritó desde el auto.
A diferencia de mi padre, no podía poner en duda
el amor que mi madre me tiene, ella siempre a estado para mí hasta en las cosas
que no me atrevo a contarle.
—Buenos días— Dije entrando al aula.
—¿Otra vez tarde? Tendré que llamar a tus padres
para que vengan a explicarme el motivo de tu impuntualidad— Dijo la maestra
deteniendo la clase.
—Discúlpeme— Contesté agachando la cabeza.
—No te quedes ahí y entra para seguir con la clase
de hoy, espero que al menos pongas atención y no te distraigas con tus
compañeros— Comentó ella.
—No se preocupe maestra, pondré atención a su
clase— Respondí buscando asiento.
Ella no espero que me sentará solo comenzó a dar
nuevamente la lección de hoy.
Por mi parte mientras buscaba un pupitre termine
cayendo al suelo, uno de mis compañeros me metió el pie para provocar que me
cayera.
Todos se rieron silenciosamente, debo mencionar
que este lugar es un infierno para mí, nadie me quiere.
—Silencio niños— Pidió la profesora.
Me levanté y lo miré con odió, sabía muy bien que
era lo único que podía hacer pues no tenía el suficiente valor como para
defenderme.
Tomé asiento en los últimos asientos ya que los
otros que se encontraban libres, tenían pintura o alguna otra basura que me
impedía usarlos.
Me senté a escuchar la clase aunque no tarde en
quedarme dormido.
—Joven Rosales despierte— Gritó la profesora.
—La respuesta es cinco— Exclamé exaltado.
—La clase termino joven Rosales— Mencionó
mirándome con decepción.
—Perdón— Contesté sabiendo en el problema en que
estaba metido.
La maestra me entrego un papel para que mis padres
firmarán y supieran que debían asistir a mas tardar el viernes por la tarde
para hablar sobre las problemáticas que he estado presentando en clases.