Precipicios rocosos se elevaban casi perpendiculares al agua; eran restos de un valle sumergido por el mar, millones de años atrás, tenía un aire primitivo, eterno. La majestuosidad y magia del lugar hacia que todo lo demás pareciera diminuto e irrelevante, como el magnífico yate de Alex. July supuso que iba a ser lujoso y esa descripción se quedaba corta, extravagante de proa a popa, los más recientes avances tecnológicos combinados con el más moderno confort. Alex aún no le había mostrado el camarote, pero July sabía que era sólo cuestión de tiempo, no le cabía duda de que respondía a toda necesidad material, igual que la cocina y el salón. El castaño controlaba el barco desde la cubierta superior y era allí donde se encontraban, con el viento soplándoles en la cara y el sol calentándol

