Pŕologo
El mundo cambió a mediados del siglo XVI, cuando un virus de origen desconocido se propagó sin previo aviso. La historia lo recordaría como la Peste Animal.
La pandemia diezmó a la humanidad y alteró para siempre a quienes sobrevivieron. Un porcentaje significativo presentó mutaciones genéticas que les otorgaron la capacidad de cambiar de forma y de desarrollar habilidades que la ciencia tardaría siglos en intentar comprender.
A partir de ese momento, la especie humana dejó de ser una sola.
Los llamados changers, cambiaformas capaces de adoptar la forma de animales, se impusieron como la fuerza dominante tras una guerra global que redefinió el orden del planeta. La humanidad quedó relegada a una posición subordinada, mientras los vencedores se organizaban en manadas, establecían territorios y consolidaban un sistema de emparejamiento exclusivo conocido como mating: un vínculo irreversible que prohibía toda unión con humanos.
Durante generaciones se sostuvo que la separación entre especies era absoluta.
Sin embargo, los registros antiguos —aquellos que jamás circularon de manera oficial— mencionan excepciones. Casos aislados de cruces, experimentos, híbridos. Historias consideradas apócrifas y deliberadamente borradas.
En paralelo, ciertos individuos humanos comenzaron a manifestar anomalías imposibles de explicar. No eran changers. Tampoco completamente humanos. Pero poseían habilidades extraordinarias.
Algunos desaparecieron.
Otros fueron estudiados.
Muy pocos lograron escapar.
Con el amanecer de una nueva era política y la llegada de un nuevo mandatario, comenzaron a gestarse cambios profundos. Algunos fueron celebrados; otros, resistidos con violencia.
La segregación entre razas parecía acercarse a su fin… al menos para quienes así lo deseaban.
En consonancia con estos tiempos de transformación, los avances científicos confirmaron lo impensable: el virus nunca se extinguió.
Al menos, no del todo.
Persistía latente en la sangre de ambas razas, esperando condiciones específicas para activarse.
La pregunta ya no era cómo había surgido la Peste Animal.
La verdadera amenaza era qué ocurriría cuando alguien descubriera cómo controlarla.
La mochila yacía abierta sobre la cama, como una herida que no terminaba de cerrar. Ella guardaba cosas sin orden, sin pensar demasiado, con las manos temblorosas. Ropa, un cuaderno, la linterna. Otros elementos básicos de higiene. Nada de eso importaba realmente. Nada sería suficiente para llenar el vacío que llevaba dentro, ese que la estaba rompiendo de a poco, sin que pudiera detenerlo.
—Hija… —la voz preocupada de su madre la sorprendió desde la puerta—. ¿Qué estás haciendo?
Ella tragó saliva, pero el nudo en la garganta no se fue.
—Necesito pensar —susurró con voz temblorosa.
Su madre entró despacio en la habitación, observándola como si ya la estuviera perdiendo y no pudiera hacer nada para evitarlo.
"Por Dios es tan injusto", pensó brevemente al ver el bello rostro de su niña descompuesto.
Había llegado sin dar explicaciones ni tampoco se las habían pedido pues sabían lo que estaban pasando y por más que querían ayudarla, su hija estaba cada vez más inaccesible. Era como una ostra que se estaba cerrando sobre sí misma y ellos, que podían hacer tantas cosas, no pudieran hacer nada para evitarlo, para frenar su dolor y su pena. Ella se apagaba frente a sus ojos y estaban atados de pies y manos. Aún así...
—Tu padre no va a querer que estés sola en el bosque, cariño.
Ella se giró, con los ojos brillantes y el pecho ardiendo.
—No entiendes —dijo, negando con la cabeza—. No entiendes nada. Lo necesito, mamá. Yo…
La voz se le quebró y el llanto la sacudió con violencia. Se dobló sobre sí misma, incapaz de sostenerse. Dolía demasiado.
Su madre la rodeó con los brazos, apretándola fuerte, como si pudiera mantenerla en pie solo con eso.
—Está bien —susurró contra su cabello—. Si eso es lo que necesitas, ve. Yo me ocuparé de tu padre. Ve...
Se separó apenas para mirarla a los ojos.
—Lo único que queremos es que seas feliz. Que estés bien.
Ella la miró largamente. En su mirada no había esperanza, solo un dolor infinito, uno que parecía no tener principio ni final.
—Nunca más seré feliz, mamá.
Cerró la mochila de un tirón. No se despidió. Si lo hacía, no iba a poder irse. Salió de la habitación, dejó la casa atrás y se internó en el bosque como quien entra en un hogar que da un agridulce recibimiento.
El aire se volvió más frío a cada paso. Caminó durante horas hasta encontrar la cueva. Allí dejó sus cosas, acomodó el lugar y armó un refugio precario, como si pudiera construir un sitio donde esconder su dolor. Era un lugar que conocía como la palma de su mano.
Cuando cayó la noche, se metió en la bolsa de dormir sin siquiera probar un bocado de las cosas que había llevado para alimentarse, pues no tenía hambre.
Y entonces hundió su rostro allí y se quebró.
Lloró hasta que la garganta le ardió. Gritó hasta quedarse sin voz. Golpeó el suelo con los puños, liberando una desesperación que no encontraba salida.
—Daría lo que fuera… —sollozaba—. Lo que fuera por volver el tiempo atrás. Por favor, por favor.
Precía un ruego o una letanía sin respuesta.
El agotamiento terminó por vencerla. O eso creyó.
Pues poco después un aliento cálido cerca del rostro la arrancó del "sueño."
Abrió los ojos, desorientada, y lo vio.
Un lobo enorme, oscuro, imponente.
Estaba demasiado cerca.
Se incorporó despacio, con las manos al frente. No sintió miedo. Era científica. Bióloga. Había estudiado lobos durante años. Conocía su comportamiento, su lenguaje corporal.
Pero este era diferente.
Tenía al menos el doble del tamaño de un lobo común. Y sus ojos…
Sus ojos no eran animales. Eran conscientes. Profundos. Intensos. La observaban como si la reconocieran.
Parpadeó.
Y el mundo se rompió.
El lobo cambió de forma ante ella, envuelto en una lluvia de luz, y un hombre quedó de pie donde antes había una bestia.
—¿Qué demonios…? —susurró ella.
El aire se le escapó de los pulmones al verlo. Alto, rubio, completamente desnudo. Demasiado real. Demasiado perfecto.
Idéntico.
La sangre se le fue del rostro. No podía ser cierto. Debía estar soñando.
—Ariel… —murmuró.
Y se desmayó.
Savage la atrapó antes de que cayera, la sostuvo entre sus brazos y soltó una maldición en voz baja mientras observaba su hermoso rostro, enmarcado por una maraña de cabello oscuro. Era la mujer más bella que había visto en toda su existencia y se había desmayado a sus pies como si hubiera visto a un fantasma.
—Carajo.