Capítulo 24. Mentiras no tan blancas

1527 Palabras

Al día siguiente, el bosque amaneció envuelto en una luz suave y dorada que se filtraba entre las copas de los pinos. Aya caminaba junto a Ada por un sendero angosto, el aire fresco oliendo a resina y tierra húmeda. Chad las seguía a unos metros de distancia, silencioso como una sombra, pero su presencia era reconfortante en lugar de opresiva. Ada hablaba con esa voz calmada y ronca que parecía venir de siglos de experiencia, aunque en realidad era más joven que Aya. —Al principio no entendía nada —contaba, mientras pisaba con cuidado una raíz expuesta—. Solo quería un chocolate. Estaba sola en el bosque y pensé: “Qué ganas de un chocolate”. Hay una marca en particular que me gusta mucho. De repente, sentí algo extraño y ahí estaba: una barra de mi chocolate favorito en mis manos. No la

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