CAPÍTULO 1
PARTE I
LA NIÑA QUE LO AMÓ PRIMERO
LA NIÑA DE DOCE AÑOS
Narrado por Arabella Kensington Whitmore
El olor a césped recién cortado y el aroma dulzón de las magnolias en flor siempre me recordarán al día en que mi mundo cambió de eje.
Tener doce años en la residencia Kensington era vivir en una burbuja de cristal tallado. Nuestra mansión en los suburbios más exclusivos de Nueva York era un monumento a la opulencia discreta: techos altos con molduras de escayola, suelos de mármol que reflejaban la luz de los candelabros de cristal y un ejército de personal que se movía en un silencio reverencial. Mi vida transcurría entre partituras de piano, clases particulares de francés y las estrictas expectativas de una familia que medía el éxito en apellidos y transacciones comerciales. Yo era la menor, la niña consentida a la que todos intentaban proteger de un mundo exterior que consideraban demasiado rústico para un Kensington Whitmore.
Pero aquella tarde de primavera, la perfección de mi burbuja se rompió para dar paso a algo mucho más grande. Mucho más devastador.
—Arabella, por favor, deja de correr por los pasillos. Pareces una salvaje —me reprendió la estricta voz de la señora Gable, nuestra ama de llaves, mientras yo bajaba a trompicones la majestuosa escalera de caracol de la entrada.
—¡Nathan ya llegó de la academia! —exclamé, ignorando el sermón con la típica osadía de la infancia—. Dijo que traería a alguien.
Nathan, mi hermano mayor por tres años, era mi héroe absoluto. Alto, atlético y con esa seguridad innata que da el saberse el heredero del imperio legal y corporativo de la familia, acababa de terminar su primer año en el internado y regresaba a casa para las vacaciones. Yo había pasado semanas contando los días, ansiosa por recuperar a mi compañero de travesuras, el único que lograba que esta enorme casa no se sintiera como un museo elegante pero vacío.
Corrí hacia el gran porche delantero, donde las pesadas puertas de roble ya estaban abiertas de par en par. El sol de la tarde caía con una inclinación dorada sobre el camino de entrada de gravilla blanca. el imponente auto n***o de la familia acababa de detenerse y el chófer se apresuraba a abrir la puerta trasera.
Primero bajó Nathan, vistiendo el uniforme de la academia con una pulcritud que me hizo sonreír. Pero antes de que pudiera lanzarme a sus brazos, una segunda silueta emergió del vehículo.
El tiempo pareció ralentizarse. El viento de la tarde agitó las hojas de los robles centenarios y un escalofrío inexplicable me recorrió la columna vertebral.
Alexander Blackwood.
Tenía catorce años en ese entonces, pero ya poseía la planta de un hombre que sabía exactamente cuánto valía su apellido. Era inusualmente alto para su edad, de hombros anchos y una postura tan erguida que rayaba en la arrogancia. Su cabello, de un castaño oscuro e intenso, estaba ligeramente despeinado por el viaje, cayendo con un descuido perfecto sobre su frente. Pero lo que me paralizó por completo fueron sus ojos: de un gris gélido, tormentoso, que contrastaba con la calidez del día. Vestía unos vaqueros oscuros y una chaqueta de punto azul marino que delataba su pertenencia a la élite de la costa este sin necesidad de mostrar un solo logotipo.
Había una seguridad casi magnética en la forma en que se movía, una madurez prematura que lo distanciaba años luz de los niños de mi escuela. Él no caminaba; dominaba el espacio a su alrededor.
—¡Nathan! —grité finalmente, logrando romper el trance que me había inmovilizado los pies.
Corrí por la gravilla y me colgué del cuello de mi hermano. Nathan soltó una carcajada profunda, sujetándome por la cintura y levantándome del suelo con facilidad.
—Vaya, enana, parece que has crecido unos milímetros desde Navidad —se burló, revolviendo mi cabello con afecto—. Cuidado, vas a arruinar mi chaqueta.
—Te extrañé muchísimo —dije, escondiendo el rostro en su hombro antes de que me bajara. Cuando mis pies tocaron el suelo, la timidez, un sentimiento completamente ajeno a mí hasta ese momento, me golpeó con fuerza. Me enderecé el vestido de lino celeste y entrelacé mis manos detrás de la espalda, de repente muy consciente de mis piernas largas y desgarbadas, de mi aparato de ortodoncia y de mi cabello recogido en una trenza floja.
Nathan se giró hacia su acompañante, extendiendo una mano hacia él.
—Alexander, esta es la molestia de la que te hablé. Mi hermana menor, Arabella. Arabella, este es Alexander Blackwood. Su familia acaba de mudarse a la propiedad vecina en los Hamptons, y va a pasar unos días con nosotros antes de que abran la temporada de verano.
Alexander me miró. Fue una mirada rápida, apenas un escaneo de un segundo que me catalogó y me archivó en la categoría de "hermana pequeña sin importancia". Sin embargo, para mí, ese segundo fue una eternidad. Sentí que mis mejillas se encendían con un calor abrasador.
—Hola, Arabella —dijo. Su voz ya estaba cambiando, mostrando los primeros matices de un barítono profundo y arrastrado que resultaba increíblemente maduro. Me dedicó una sonrisa ladeada, una mueca de cortesía que no llegaba a sus ojos grises—. Nathan no exageraba. Realmente eres un duendecillo.
¿Un duendecillo? Quise que la tierra me tragara. Quise salir corriendo, pero mis zapatos parecían pegados al mármol del porche.
—Hola —logré articular, mi voz saliendo en un hilo ridículo.
—Vamos, Alex, dejemos las maletas. El abuelo quiere que le mostremos los caballos antes de la cena —dijo Nathan, palmeando la espalda de su amigo.
Ambos pasaron a mi lado, inundando el aire con un aroma a colonia cara, cuero y aire limpio. Los observé alejarse por el gran vestíbulo. Alexander caminaba al lado de mi hermano, hablando con una fluidez y una confianza que me fascinaron. Hablaban de inversiones, del equipo de remo de la academia y de cosas que escapaban a mi comprensión de doce años, pero que en su boca sonaban como la música más hermosa del mundo.
Esa noche, la cena fue un suplicio de fascinación y silencio. Me senté frente a él en la enorme mesa de comedor de caoba, apenas probando bocado. Me dediqué a observarlo a través de los candelabros de plata. Alexander interactuaba con mis padres con una soltura impecable; sabía exactamente qué cubierto usar, cómo responder a las preguntas de mi padre sobre el mercado de valores y cómo halagar la decoración de mi madre sin sonar falso. Era el heredero perfecto, el chico brillante que toda familia de nuestra posición ansiaba tener.
Cuando la cena terminó y me mandaron a la cama debido a mi "estricto horario de crecimiento", subí las escaleras sintiendo un vacío extraño en el pecho, una agitación que jamás había experimentado.
Me encerré en mi habitación, una estancia de tonos rosa pálido y blanco que de repente me pareció demasiado infantil. Me cambié el camisón, apagué las luces principales y me senté junto a la ventana arqueada que daba a los jardines traseros. A lo lejos, en la cancha de baloncesto iluminada por proyectores, alcancé a ver dos siluetas altas moviéndose con agilidad, saltando y riendo bajo la noche estrellada. Nathan y Alexander.
Encendí la pequeña lámpara de mi escritorio y saqué mi diario íntimo, un cuaderno de cuero con candado que guardaba mis secretos más insignificantes. Tomé la pluma estilográfica y, con una caligrafía temblorosa pero decidida, escribí las palabras que sellarían mi destino durante los siguientes catorce años:
“Hoy conocí a Alexander Blackwood. Es el mejor amigo de Nathan y tiene los ojos del color de una tormenta de invierno. No habla conmigo porque cree que soy una niña, pero es la persona más hermosa que he visto en toda mi vida. Creo que encontré al chico con quien me voy a casar.”
Cerré el diario con un clic definitivo. Me acosté en la cama, mirando al techo, escuchando el eco lejano del balón botando contra el pavimento. En la inocencia de mis doce años, no tenía idea de que el amor no correspondido es una enfermedad silenciosa que te va consumiendo los huesos. No sabía que ese chico de catorce años, con su sonrisa arrogante y sus ojos de hielo, se convertiría en mi mayor devoción... y en mi ruina más absoluta.