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Contrato Seductor con el Multimillonario

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Descripción

Aria Langford lo perdió todo… y volvió decidida a recuperarlo. Heredera caída en desgracia, marcada por un pasado que la quebró, está dispuesta a todo para reclamar un lugar en la cima de la industria musical.

Su camino la lleva directo a Matthew Lockwood: poderoso, intocable y tan letal como irresistible. El único hombre que conoce cada una de sus grietas… y que despierta en ella un deseo imposible de ignorar.

Entre ambición, secretos y una atracción que quema por dentro, Aria descubre que el poder seduce, el deseo consume y algunas pasiones están hechas para incendiarlo todo.

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Capítulo 1 POV Aria
Corro por el jardín riéndome a carcajadas. Mi papá va detrás de mí, fingiendo que no puede alcanzarme, aunque sé que, si quisiera, lo haría en un segundo. Mamá nos observa desde la terraza, con esa sonrisa suya que siempre me hace sentir que nada malo puede pasar. —¡Atrápame si puedes! —grito, girando sobre mí misma, convencida de que podría correr así para siempre. —¡Eres demasiado rápida! —responde papá entre risas, y sus pasos resuenan como un juego que nunca va a terminar. —Nunca voy a dejar de correr —digo sin pensarlo, porque ahora todo parece eterno. —Espero que no lo hagas nunca —me contesta justo antes de atraparme por la cintura y levantarme en el aire. Suelto un grito entre risas, con los brazos abiertos como si volara. Mamá baja los escalones, nos rodea a los dos y nos abraza fuerte. Es nuestro ritual sin palabras: reír, abrazarnos y quedarnos así, los tres juntos, como si el mundo estuviera hecho solo para nosotros. En ese instante no falta nada. En ese instante creo de verdad que nada va a cambiar. Pero esa tarde es la última vez que todo está bien. Cuando cae la noche, ellos salen. Me dicen que no tardan. No les creo porque siempre tardan, pero me gusta fingir que sí. Me quedo dormida, esperando escuchar sus pasos de regreso. En lugar de eso, me despierta un murmullo extraño. Voces serias. Puertas que se abren. Una mujer con uniforme. Una mano en mi hombro y no entiendo nada. —Accidente. —Automóvil. —No sobrevivieron. Las palabras flotan sobre mí como si no nada tuvieran sentido. No lloro ni grito. Es como si alguien apagara todos los sentidos dentro de mi cabeza. Una semana después los servicios de protección infantil, me suben a un auto. El cielo está gris, como si el sol también se negara a despedirse de mí. La ciudad desaparece por la ventana, y con ella todo lo que alguna vez fue mío. La casa de mis tíos es pequeña, descuidada, llena de rincones oscuros. Nada brilla, no hay risas, solo un silencio que se me mete en la piel. Pasé de tenerlo todo a no tener nada. Ni siquiera afecto. —Ah, así que tú eres la hija de Joyce —dice mi tía Lily cuando bajo del auto. Me mira de arriba abajo como si estorbara. —Sí… —susurro. —Aquí no hay lujos. Si quieres algo, lo haces tú. Y si no, te acostumbras a no tenerlo —añade con una sonrisa torcida. Mi tío no dice nada. Solo me observa. Esa mirada… me congela más que cualquier palabra. Los primeros días camino como si lo hiciera entre vidrios. No sé qué decir, qué hacer o cómo respirar para no molestar. Si hablo, me gritan. Si callo, también. Todo está mal, incluso mi silencio. Una noche derrame agua en la mesa por accidente. Apenas alcancé a disculparme cuando la mano de mi tío Arnold me cruza la cara. El golpe me tumba de la silla. Por un segundo creo que no ha pasado nada. Luego, el ardor me lo recuerda. —Mira lo que hiciste —dice mi tío con calma, como si la violencia fuera una rutina—. Aprende a no ser un estorbo. Me quedo quieta. No lloro. No sé si tengo permiso de hacerlo. Mi tía por el contrario no pega. Pero su forma de lastimarme son sus palabras. —Mírate —escupe con desprecio—. Antes vivías como princesa. Ahora no eres nadie. ¿Entiendes? Nadie. Asiento. No porque esté de acuerdo, sino porque sobrevivir se vuelve más fácil así. La escuela no es mejor. Todos me miran como a un bicho raro. No encajo. No quiero hablar. Pero una maestra me obliga a quedarme después de clase para ayudar en el coro. No tengo ganas de cantar. No tengo ganas de nada. Hasta que abro la boca. Y canto. La primera nota sale sin planearla y me sacude desde dentro. No es magia ni un milagro. Pero por un instante, dejo de sentirme vacía. El profesor Jacob Bennett me observa como si acabara de descubrir algo imposible. —Aria… —dice, con esa voz tranquila que pocos adultos usan conmigo—. ¿Quién te enseñó a cantar así? —Nadie —respondo, encogiéndome de hombros. —Tu voz es como la de una sirena. Naciste con un don—dice con una media sonrisa—. Y tienes que protegerlo. Un don. No sé si entiendo lo que quiere decir, pero me aferro a esa palabra como si fuera un salvavidas. El coro se convierte en mi refugio silencioso. No hay risas ni abrazos, pero tampoco gritos. Y eso me basta. Una tarde, mientras guardo partituras, la manga de mi suéter se desliza. El moretón en mi brazo queda expuesto. El profesor Bennett lo ve. Se acerca con el ceño fruncido. —¿Eso… quién te lo hizo? —pregunta despacio. No contesto ya que no hace falta y él suspira bajando la voz. —No voy a presionarte. Pero recuerda esto: la música no es una solución mágica, pero puede ser una salida. Canta, Aria. Hazlo tan fuerte que nadie pueda silenciarte. Un día, tu voz te va a llevar lejos de todo esto. No le respondí, pero realmente le creí y es por eso por lo que esta noche, mientras mí tío Arnold vuelve a golpearme para “enseñarme buenos modales”, sé que algo es distinto. —Esto es por tu bien —gruñe entre dientes, mientras me empuja contra la pared—. Vas a aprender a no contestar. Vas a aprender a comportarte como se debe. Cada palabra es como otro golpe. —Mírala —dice mi tía Lily desde la puerta, con los brazos cruzados y una mueca torcida—. Antes se creía especial… ahora mírala. Solo una carga inútil. No levanto la vista. No quiero darle ese gusto. Entonces el tío Arnold me agarra del cabello y me obliga a mirarlo. —¿Vas a seguir creyendo que aquí puedes hacer lo que quieras? —escupe. El ardor se extiende por mi cuerpo, pero no lloro. No esta vez. Porque, aunque el castigo se está excediendo, hay algo nuevo latiendo dentro de mí. Una chispa. Una voz que solo yo puedo escuchar. Nací con un regalo. Una voz tan especial como la de una sirena. Y esa voz… esa voz me va a sacar de aquí. Muy pronto.

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