El amanecer había llegado, pero el insomnio me obligó a levantarme. La mansión estaba en completo silencio, un vacío que pesaba más de lo normal. Gabriel no estaba. Su lado de la cama estaba frío, y el espacio que había ocupado parecía más distante que nunca. Me puse de pie y caminé hacia la puerta de la habitación. No sabía qué buscaba, pero la idea de quedarme allí sin respuestas era insoportable. Bajé las escaleras, recorriendo los pasillos en penumbra. Cuando llegué al comedor, vi a mis suegros desayunando, como si nada hubiera pasado. —¿Saben dónde está Gabriel? —pregunté desde la puerta, esperando alguna reacción. Mi suegra ni siquiera levantó la vista de su taza de té. Mi suegro, detrás del periódico, hizo un sonido vago, como si no hubiera escuchado o no le importara. Decidí no

