—Hazlos entrar —le ordenó—, y acomoda a estos dos señores en las sillas del pasillo. Los militares entraron cruzándose con el cabo y los Appalle. Mientras el cabo, tras indicar a los cónyuges las sillas, se alejaba hacia las escaleras para volver a su puesto, la pareja quedó a la espera. Ella se sentó de inmediato, él empezó a andar inquieto a lo largo de un trayecto de solo tres metros delante de su consorte. El agente de guardia en la planta, después de un minuto, le miró fijamente por un momento y le dijo: —¿No podéis estar sentado un poco, que me hacéis girar la cabeza? —Perdonadme, excelencia —El reparador de bicis se paró. Pero en vez de sentarse se quedó parado en el sitio. —… Y sentaos, ¿no? —le volvió a pedir el agente, al que el hecho de que el hombre se quedara parado com

