—Decía que el viernes en que me violaron, el anterior al día de la revuelta, faltaba poco para la hora de cerrar y una moto con sidecar se paró delante de la puerta del estanco, que estaba abierta porque hacía calor, y entraron dos alemanes y uno de ellos, en cuanto me vio, me cogió como si fuera un producto a la venta pública, me tiró al suelo boca abajo y me despojó de la vida y la virginidad. Luego fue el turno del otro. Después se dedicaron a robar y, con las manos llenas, se fueron tranquilamente, mientras yo quedaba en el suelo confundida, sangrante y semidesnuda, tumbada boca abajo. —Mariapia, basta, por favor —casi le gritó su hermano, de color lívido. —Sí, Mariapia —repitió Vittorio —, no necesitamos los detalles, está claro cuánto has sufrido. Pero te pregunto otra cosa: ¿No es

