Fue esta escena la que de repente le vino con claridad a la mente. Con una sensación de unas ligeras náuseas en la boca del estómago, Vittorio deseó ardientemente no haber matado a esos dos pobres desgraciados, después de todo distintos de su otro compañero culpable, este sí un torvo homicida por placer del pobre niño. Pero esos dos desconocidos ya estaban muertos y no podía resucitarlos. En ese crepúsculo del 27 de septiembre, el subcomisario se plantó con las piernas abiertas sobre el terreno del reciente combate, con los brazos cruzados e hizo discurrir su mirada sobre el panorama de los mártires de la libertad caídos sobre el terreno. Y, con su sensación de culpa, se dio cuenta de que, si la figura del ser humano único prevaleciera siempre sobre la del ser despersonalizado, tal vez no

