Capítulo 1
A finales de la primavera de 1148, Balermus1
No son muchas las palabras que terminan por contener un significado intrínsecamente específico cuando se despojan de cualquier descripción subsecuente. Por ejemplo, si hablamos del "dios de los mares", está claro que nos estamos refiriendo al pagano Poseidón. Pero si le quitamos de sus especificaciones el apelativo "dios", de inmediato queda claro que estamos hablando del Dios de las grandes religiones monoteístas. Precisamente de este ejemplo, el más sublime, entendemos que el privilegio de ser considerado alguien o algo por excelencia concierne solo a una pequeña y exclusiva lista de nombres y atributos.
Este privilegio también se le concedió al término Regnum (El Reino). No es que el El Regnum Siciliano fuera el único existente, pero debido a su tamaño y esplendor terminó siendo considerado entre los contemporáneos de su fundación como el Reino por excelencia. Creación de Ruggero (Roger al Español), hijo del Conde homónimo que había arrebatado Sicilia a los sarracenos, el Reino se convirtió en el icono del esplendor y el cosmopolitismo. Crisol de razas y culturas, sorprendía a los viajeros extranjeros por la fertilidad de sus tierras y la belleza de su capital.
Sin embargo, el aspecto más resaltante del Regnum se debería notar en el ejercicio del poder del rey Roger; un soberano europeo que se vestía al estilo oriental y se rodeaba de eunucos árabes como funcionarios estatales. Si bien es cierto que en Europa se estaba experimentando más decididamente con el sistema feudal, Roger reinaba a la manera de los reyes sacerdotales de la antigüedad, sentado sobre la iglesia, aún por encima de los mismos obispos e inclusive excluyendo la autoridad del Papa de sus territorios. Mientras que efectivamente, el mundo cristiano, retumbaba por segunda vez con el grito "¡Dios lo quiere!" y se sumergía en la masacre de las guerras santas, El Reino se convertía en un ejemplo atípico de tolerancia.
Roger demostraba que no estaba interesado en la sangre de los infieles ni en los méritos para alcanzar el Paraíso, no porque fuera poco cristiano, sino porque la razón del estado y la conveniencia lo llevaban en la dirección opuesta. Había despreciado a los reyes de Europa, sus iguales, quienes en esos años habían recibido la Cruz de los Caballeros de manos de Bernardo de Chiaravalle, antes de partir a Tierra Santa. De hecho, sentía la necesidad de preservar su ejército, compuesto casi en su totalidad por sarracenos2 y conversos, y su formidable flota naval, para otros propósitos. Mientras que, en efecto, todos los soberanos de la cristiandad marchaban hacia el este para la reconquista de Edesa3 y la defensa de Jerusalén, y en otra parte se hacían esfuerzos para la liberación de Lisbona, él se empeñaba en expandir los territorios del Reino más allá de sus confines. En esos años, los sicilianos arrebataron la isla de Corcira4 al Imperio de Oriente e incluso saquearon Atenas; se habrían ido aún más allá de lo humanamente permitido, llegando a disparar flechas contra las ventanas del Emperador en la inviolable Constantinopla...
Muchos llamaban a Roger un medio infiel y una especie de sultán cristiano debido al estilo de vida de la corte palermitana y de los numerosos musulmanes de los que se solía valer para ejercer el poder. De hecho, tenía un harén formado por mujeres sicilianas, calabresas, lombardas, francesas y sarracenas de África, que, de forma similar a lo que sucedía en los palacios orientales, era supervisado por eunucos. Además, su primer ministro se llamaba Emir de los Emires y sus ministerios eran los diwan5, administrados de la misma forma en que se realizaba bajo el gobierno sarraceno. En resumen, ¡todo en el Regnum tenía un sabor exótico!
Pese a que sus razones iban más allá del fervor religioso de la época, Roger creía que había llegado el momento de expandirse hacia el sur, hacia la Ifriqiya6 sarracena.
Lo había intentado hace más de veinte años, cuando el Reino aún no existía, y en ese entonces los sicilianos habían traído a casa, una sólida derrota, la cual había hecho muy feliz al Islam e inspirado a los poetas de las cortes africanas. Sin embargo, ahora Roger estaba fortalecido y era rico como nadie en toda la Europa cristiana. Además, el África de los ziríes7 estaba atravesando una profunda crisis, acentuada por graves hambrunas y siendo amenazada desde el oeste por el poderoso califato almohade8.
Ni siquiera un año antes, Jorge de Antioquia, el Emir de los Emires, el Arconte de los Arcontes, o la segunda persona más importante del Reino, había llevado al ejército a la conquista de Trípoli9. Ahora, sin embargo, la oportunidad era más apetecible... Tomar Mahdía10, la capital de los ziríes, eso significaba tomar el control de todas las rutas que unían los dos polos opuestos del Mediterráneo y poder vender grano siciliano en uno de los mejores puertos y mercados de África.
La excusa la ofreció cierto Jūsuf, gobernador de Gabes11, quien, enemistado con Hasan, su emir, le pidió ayuda a Roger, prometiéndole que gobernaría la ciudad a partir de ahora en nombre del soberano cristiano. Roger aceptó y el sabio Jorge organizó el acuerdo, confiando en que esta vez, gracias a la experiencia adquirida en veinte años de batallas, conseguiría la victoria.
Formalmente, no se trataba de una guerra santa, pero lo que estaba en juego estaba más allá de los simples intereses territoriales: la vieja rivalidad entre los Altavilla y los emires ziríes se reabría, llevando el campo de batalla desde las colinas sicilianas hasta las dunas del norte de África. Roger estaba listo para resucitar los viejos rencores de familia contra aquellos que se habían atrevido a perjudicarlos en el pasado.
En este sentido, no mucho antes de reunir la flota, fue convocado al Palacio de la Favara12 a un hombre que para aquellos días, dentro de las preocupaciones del Rey, constituía una persona de interés nacional.
Giordano de Rossavilla tenía poco más de cuarenta años y había servido a Roger durante más de veinte. Pertenecía a la especie de hombres con los que el soberano estaba complacido: no tenía ningún título sino muchos méritos, no tenía tierras pero si mucha iniciativa, no tenía obligaciones feudales sino una ciega lealtad al Rey. Para Giordano era Roger, y no el papa, el verdadero vicario de Cristo... ¡Tanta era la admiración que albergaba por su soberano!
Por otro lado, Roger había hecho del cesaropapismo, a la manera de los emperadores de Constantinopla, su credo, convirtiéndose en rey no solo por la legitimidad feudal, sino sobre todo porque "Dios lo había querido". Esta aura de santidad la había heredado de su padre, habiendo sido el campeón de la cristiandad contra los infieles que contaminaban Sicilia. Además, el hecho de que la guerra santa fuese seguida por una insólita tolerancia, había convertido las figuras del Gran Conde y del Rey Roger en legendarias a los ojos de quienes los estimaban.
En cambio, los que poco estimaban a Roger eran los pontífices, los cuales en algunas ocasiones lo habían excomulgado. Sin embargo, él había sido capaz de forzar incluso la voluntad del Cielo, obteniendo la revocatoria con la presión de las armas y proponiéndose de vez en cuando como defensor de Roma contra el Emperador de Occidente, enemigo jurado del papa y contra todo aquel que amenazara el poder del sucesor de Pedro.
Era la primera vez que Giordano ponía un pie en la sala del trono. De joven había observado desde lejos, los jardines y las fuentes de agua de los palacios reales, imaginando a las maravillosas mujeres del harén descansando junto a los árboles frutales y lavándose los pies en las fuentes. Ahora estaba caminando por la sala del trono escoltado por los sirvientes del rey, eunucos que vestían las ricas túnicas de seda provenientes de las fábricas del palacio real. ¡Ni siquiera el noble más prominente vestía ropas tan refinadas y hermosas como las de esos sirvientes! Algunos de los eunucos se autodenominaban devotos de Alá, otros se habían convertido y bautizado formalmente, pero en esencia no practicaban la religión cristiana ni islámica... así como no era posible definir si eran más hombres o mujeres.
Poco a poco, a medida que avanzaba, Giordano veía delinearse al fondo, el contorno del trono real. Todo a su alrededor le producía asombro a sus ojos: los mosaicos, la armadura de la guardia real, las alfombras, las túnicas de los funcionarios, el mármol del piso. A la izquierda se abría una doble columna coronada por arcos puntiagudos que daban a los jardines, y arriba, a lo largo de todo el perímetro de la sala, espléndidos mosaicos con temas florales y veladas urìs (doncellas para el placer) brillaban en miles de baldosas de oro. Le llevó un poco de tiempo que las maravillas se atenuasen y que Giordano volviera a la realidad. Entonces, al ver la cara de Roger, se arrodilló, colocando sus manos y frente contra el piso, como era costumbre hacerlo en las cortes de oriente. Luego alzó nuevamente la mirada hacia su señor el Rey. No había consorte al lado del soberano, habiéndole sido fiel a su viudez durante trece años. Además, una hilera de guardias rodeaba los lados del trono y un hombre con barba blanca y largas túnicas orientales estaba en pie a la derecha de Roger; él era el único al que Giordano conocía.
"¡Levántate!" lo invitó el hombre que estaba junto a Roger, o sea Jorge de Antioquía.
Así que, mirándolo a la cara, incluso antes de que Giordano recitara el ceremonial, el mismo Rey con su poderosa voz le dijo:
"Jourdain de Rougeville13...”
"¡Para serviros, mi Rey!"
“Alguien me ha recordado recientemente la existencia de vuestra casa. ¿Qué nexo nos pudo haber unido?
“Mi padre peleó en Jerusalén al lado de vuestro primo Boemondo, Príncipe de Antioquía, y murió por vos en Cabo Dimas14. Mi abuelo descendió con vuestro padre a esta tierra para liberarla de los qa'id15 sarracenos, y luego se casó con la hermana de la Condesa Judith, la primera esposa de vuestro padre".
"¿Cuál era el nombre de vuestro padre?"
"Rabel... Rabel de Rougeville!"
Roger miró entonces a Jorge en un intento de confirmarlo.
"¡Era uno de nuestros mejores hombres! Un comandante de galera con mucha experiencia" explicó el ilustre ministro.
"¡Debéis estar orgulloso de vuestro padre!" exclamó el rey, apretando el puño y poniéndose de pie.
Roger era un hombre muy alto y físicamente importante, pero mirando desde la parte inferior de los escalones que conducían al trono, parecía elevarse hasta la parte superior del ábside en el que estaba insertado el trono. A diferencia de su padre, no había conservado las características típicas de la gente del norte; Roger era, de hecho, de color oliva y cabello oscuro, lo que desde su nacimiento había hecho hablar a los chismosos, que lo querían como hijo de uno de los ministros sarracenos del Gran Conde.
"¡Lo estoy!" Respondió Giordano con orgullo.
“Y vos, ¿tenéis hijos? ¿Os mereces su honor como vuestro padre merece el vuestro? Preguntó el rey.
A lo que Jorge de Antioquía respondió:
“El noble Jourdain es uno de los héroes de Corcyre; ahorita precisamente regresa del Jónico. Ha protegido al buque insignia del fuego griego, poniendo en el medio la galera que comandaba... ¡un gesto tanto audaz como heroico! "
"Entonces vos, mi visir16, estáis en deuda con este hombre de por vida..." reflexionó Roger, dirigiéndose a su primer ministro.
"Estoy en deuda con todos los hombres que obedecen mis órdenes: ¡Tanto con los comandantes como con los marineros!"
"¡Vuestra humildad os hace grande!" lo felicitó Roger por esas palabras. A lo que Jorge de Antioquía hizo una reverencia.
"¿Escucháis cómo habla bien de vos el Amiratus17?"
"Solo pido morir por vos, así como lo hizo mi padre". Respondió Giordano, orgulloso como siempre de recibir los elogios del soberano.
"Esto os honra, valiente Jourdain, pero hoy os pido que se mantenga con vida".
Entonces Roger miró a su ministro y volvió a sentarse; era la señal de que Giorgio de Antioquía podía comenzar con la explicación de los hechos concretos.
"Os sorprende que estéis aquí, Jourdain de Rougeville?"
"Me sorprende que un indigno servidor deba cruzar las gloriosas puertas de este palacio".
“No minimices vuestra persona... si hoy compareces ante Su Majestad es porque sois el hombre más adecuado para llevar a cabo la misión que estoy a punto de encomendaros. ¿Habéis oído hablar alguna vez de Benavert?"
Giordano dirigió sus ojos verdes al techo y, después de pensarlo, respondió:
"Yo todavía no había nacido".
"Ninguno de nosotros tampoco, pero nuestros padres si... y vuestro padre también".
"De hecho, me contaron... que estaba allí, cuando Benavert fue derrotado".
"Es una vieja historia de sesenta años, sin embargo, nuestras crónicas saben cómo hablar en lugar de los muertos. Benavert, temible delincuente sarraceno, causó enormes ofensas a nuestra gente en el momento de la conquista. Llegó a asaltar los conventos de Calabria, secuestrando a las monjas para hacerlas concubinas de su harén. Murió en su Siracusa, durante el asalto al puerto, mientras intentaba el abordaje de un barco a otro. Cayó al mar y la pesada armadura lo tiró al fondo... Era el Año del Señor 1086. Sé bien que vuestro padre estaba entre los hombres que tomaron la ciudad, pero también sé que este Benavert mantenía una profunda amistad con vuestro abuelo. ”
"Conrad de Rougeville, mi abuelo, murió en 1071, durante el asedio de Balerme18".
"Esto no significa que fueran amigos..."
"No sé nada de esto".
"Sin embargo, nuestros cronistas aún hablan de eso".
"Yo tenía dieciséis años cuando murió mi padre y él más o menos diez cuando murió su padre... no os sorprendais si no recordamos los hechos antiguos".
"¿Rainulf de Rougeville no es vuestro primo?"
"Somos descendientes del mismo hombre pero de dos mujeres diferentes".
"Se ha confirmado que Amir ibn19 Abbād, conocido como Benavert, tenía una intensa asociación con vuestro abuelo, como para proclamar tres meses de duelo por su muerte. Ahora os preguntaréis cómo puede preocuparte todo esto, noble Jourdain... Aquí, estamos a punto de hundir el golpe mortal en el corazón del reino de los ziríes; ¡Hasan pagará todos los errores de su familia! Sus actos de piratería han sido un molesto aguijón durante muchos años y ahora debe ser erradicado".
"¡Que yo esté con vosotros esta vez, mi Señor! ¡La sangre de mi padre clama venganza desde los granos de arena del cabo Dimas!"
"La sangre de vuestro padre tendrá reposo, os lo aseguro. Pero vos, valiente Jourdain, tendréis que hacer algo más por el Regnum... deberéis encontrar a los descendientes de Benavert que huyeron a África y traerlos a los pies de Su Majestad, para que paguen la factura por el mal que recibimos".
En realidad, Roger a menudo mostraba compasión por el enemigo y sus familias, probablemente consciente de cuánto la esclavitud podría hacer más daño que la muerte. Otro tratamiento diferente estaba reservado para los traidores y aquellos que no bajaban la cabeza. No estaba claro si esta vez tenía la intención de demostrar su clemencia y perdonar a esas personas, pero es cierto que hizo que el asunto fuera más relevante cubriéndolo con sentimientos de venganza.
“La estirpe de los africanos no tiene número; ¿Cómo puedo hacer eso?" Preguntó Giordano, tan inseguro como confundido.
“Cuando hayamos sometido sus ciudades, los sarracenos de Ifrīqiya intentarán en todos los sentidos tomar los mejores puestos en el nuevo orden de las cosas. Conocen la tolerancia del Regnum y como muchos de nuestros funcionarios locales son de su misma r**a, querrán hacer fortuna. Vos y vuestro nombre constituirán una excelente vía hacia los descendientes de ese delincuente. Seguramente vendrán a buscaros para reafirmar la amistad que ocurría en esa época entre vuestros antepasados ".
"¿Estoy en condiciones de otorgar algo más que no sea muerte en la batalla?"
"Os investiré temporalmente con nuevos poderes, para que podáis combinar el servicio de la pluma con el de la espada y seréis conocido por todos. Seréis uno de los 'amil20 del Rey'.
"No poseo tierras ni salarios y nunca saqué un tari21 del bolsillo de nadie".
"En realidad, habríamos enviado a vuestro primo Rainulfo si no fuera casi treinta años mayor que vos".
Entonces Jorge de Antioquía aplaudió dos veces y uno de los eunucos que estaba en la entrada de la sala trajo a un jovencito de apenas veinte años, a primera vista, un sarraceno de buena familia.
"Yasir os ayudará". Lo tranquilizó el Amiratus, presentando al chico.
Giordano leyó de inmediato en los ojos de ese joven desgarbado, la esencia de una mente brillante.
"¡Es el mejor!" reforzó Jorge la referencia, lo que significa el mejor en las ciencias matemáticas y de gestión de registros de tierras.
"¿Dónde debería buscarlos?" Preguntó en este punto, el noble de la casa Rossavilla, tranquilizado por las enaltecidas habilidades de Yasir.
Otro hombre salió de la columnata. Tenía el privilegio de usar el turbante incluso en presencia de Roger.
"¿Conoces a Mohammad al-Idrīsī?" preguntó Jorge de Antioquía.
El recién llegado asintió y Giordano respondió de la misma manera.
"Por favor, Mohammed, responded la pregunta de nuestro amigo". Invitó el Amiratus, pero esta vez hablando en árabe en lugar de en la lengua de Oïl... el idioma usado en la corte junto con el latín y el griego de los documentos oficiales y de la diplomacia.
Giordano conocía la fama del hombre que estaba a punto de hablar, sabía que era un geógrafo muy famoso y también un médico, nativo de Sebta22, y que Roger lo tenía en alta estima.
El recién llegado se acercó y, enrollando su bigote con una mano, respondió: "Confrontandome con los anales de Jodfri Malaterra, resulta que la esposa y el hijo de este Amir ibn Abbād huyeron a la ciudad de Noto, que todavía estaba en manos del Islam cuando tomaron Siracusa. Y a su vez huyeron a Ifrīqiya en 1091 cuando Noto cayó en manos cristianas. Ahora es bueno que sepa que hay muchos municipios importantes en la costa de Ifrīqiya: Sūsa23, Mahdiyya, Safāqis24, Gabes y muchos otros. En mi opinión, la mujer, indefensa y asustada, se refugió justo en la corte de los ziríes, en Mahdiyya, o de otra manera llamada Mahdía. Es aquí donde debes buscar... entre la nobleza de la ciudad".
"¿Cómo se llamaba la mujer?" Preguntó Giordano.
Entonces Yasir respondió detrás de él:
“Nadira... Encontré este nombre en un antiguo poema que se transmite oralmente entre las doncellas islámicas del centro de Sicilia; parece corresponder a la de la esposa favorita de ibn Abbād".
"Bueno, parece que vos sabéis más de lo que es necesario saber para esta misión". Comentó Roger complacido, cruzando una pierna sobre la otra y alisándose la barba.
"¿Qué le vamos a dar a Jourdain de Rougeville a cambio de su servicio?" Le preguntó entonces el Rey a Jorge de Antioquía. Obviamente él ya sabía la respuesta.
“Tierras fértiles y cincuenta aldeanos para trabajarlas. Seréis más rico que vuestro primo Rainulfo y ciertamente os sentareis frente a él en las Curias Generales25"
Eso de entrar en las filas de la aristocracia latifundista y poder sentarse en las Curia General, junto con los otros barones era el objetivo que Giordano, e incluso antes, su padre, había perseguido durante toda su vida. Cuando mencionó a su abuelo y la existencia de dos familias descendientes de dos mujeres diferentes, había aludido a una incómoda verdad: la mujer de la que surgió Giordano había sido una plebeya, mientras que de la que descendía Rainulfo era una noble normanda de la más alta estirpe. A los primeros les tocó el camino de la carrera militar, el único camino viable; a los otros la posibilidad de hacerse cargo de los alquileres de la tierra y de poder pagar sus obligaciones feudales enviando hombres del campo. La diferencia de prestigio hacía sentir mal al primero y, paradójicamente, hacía envidioso al segundo, que hubiera preferido que el "ilegítimo" no tuviera el mismo nombre... el de Rossavilla.
Por lo tanto, Jorge de Antioquía sabía lo que estaba haciendo cuando citó a Rainulfo, consciente de que esto incendiaría el ánimo de Giordano. La sensación de rivalidad era fuerte y la voluntad de adquirir méritos ante el soberano aún más. Giordano, cuya lealtad al Rey siempre había sido incondicional, ahora advertía por primera vez, un extraño peso en el estómago. Era un atípico estado de ansiedad, dictado por la conciencia de que la vida está cambiando y que la posibilidad de que esto ocurra se encuentra en sus propias manos. Por lo tanto, abandonó el Palacio, decidido como nunca antes a llevar a cabo la misión que tanto le preocupaba a su Rey.