No podía creerlo. Lo veía y no lo asimilaba: Marcelo seguía a su madre como los cachorros al lado de su amo, a las chuequeadas, dando sus primeros pasos, haciendo botar una pelota de goma que de tanto en tanto se le escapaba de su dominio. Ellos pasaron caminando con una tranquilidad asombrosa, de seguro, rumbo al almacén de don Cortés, unos veinte metros antes de llegar a la calle Corro. Estela – una especie de madre sustituta para mi vida -, con su santa paciencia, fue una especie de esclava de los tiempos de su hijo hasta el mismo día en que él dejó de existir, y frente a mí, a metros de mis ojos, esa condición pareció ser algo con lo que ella decidió convivir desde el nacimiento de uno de los mejores amigos que yo tuve a lo largo de mi vida.
Estela me miró. Pero me observó como una clásica madre presumida de su hijo, dando esa sensación de aprovechar el momento de las compras para hacer gala de su pequeño: “Mirá el señor”, le dijo a Marcelo, y él me ofreció su pelota, que en sus dos manos se asemejaba al mundo puesto sobre dos islas. Quise a Marcelo más que a un hermano y la vida me lo arrebató diecisiete años después de este encuentro inesperado. No pude contener mis lágrimas, sí mi estallido emocional, pero mis lágrimas se burlaron de mi contención y dejé que cayeran sobre las diminutas sandalias de cuero que Marcelo llevaba puestas. Jamás, en mis cuarenta y ocho años de vida, me hubiera imaginado vivir una situación semejante, un evento de tamaño delirio, un pasaje de tremenda ilógica. Por mi cuerpo y por mi alma se desataban las peores guerras y se disparaban cientos de preguntas que no sabía cómo responder. Lo abracé como para internarlo dentro de mí y evitar definitivamente que la muerte me lo arrebate, mientras un sollozo asfixiante unido a un descontrol de lágrimas, se transformaban en las voces de una mañana fría en ese junio: “¿Se encuentra bien, señor?”, soltó Estela con su mano apoyada sobre mi hombro, conmovida por esta escena que a ella la sorprendió tanto como a mí. No dije nada. Sólo asentí con un movimiento de mi cabeza y me retiré secando el llanto con el puño de mi campera: “¡Es un campeón!”, decidí decir como para salir airoso del paso: “Me trae recuerdos de mi propia infancia, sólo eso. Disculpe usted”, concluí. Estela lo tomó de la mano y con la otra sostuvo el balón y siguieron camino, mientras Marcelo, como todo niño, me daba su último adiós con la misma mano que murió dentro las mías aquel 26 de septiembre, casi veinte años después.
No quería que se fuera nunca y la culpa empezó a llamar a mi puerta porque yo sabía el destino de él diecisiete años después. Podría haber salido corriendo tras de ellos y contarles absolutamente todo, pero entonces, la idea de desarticular lo menos posible las estructuras previamente establecidas, dejaría de estar entre mis prioridades, y no podía permitirlo bajo ningún punto de vista. Como un signo que se me hizo presente, empecé a entenderlo todo y debía armarme de paciencia, coraje y sangre fría para enfrentar este deseo tan anhelado durante tantos años. Entonces, ¿debía dejar que Marcelo se fuera de este mundo? Sí ¿Debía morderme los labios y quedarme con ese último saludo de él? Sí. En ese instante interpreté que esto que se me concedió, se hizo sólo para mi único propósito, el de intentar variar los caminos de mi madre ¿Y eso estaba bien? ¿Por qué no podía al mismo tiempo intentar modificar el destino de Marcelo? Tal vez podía, de hecho, si hubiera tomado impulso, podría haber ido corriendo hasta ellos y vomitar toda esta verdad loca, pero supuse que sólo debía concentrarme en mi misión, cometido que no sabía a ciencia cierta si iba a poder enfrentarlo si quiera, y quizás, me volvería a mi tiempo traído por el mismo ser que me depositó en éste, reconociendo la derrota y admitiendo que lo impuesto, impuesto está.
Podía asegurar que veía ojos detrás de las cortinas esperando que mis nudillos hicieran contacto con la puerta con olor a aceite de lino para salir de sus casas corriendo y abalanzarse sobre mí. La tranquilidad que hacía una media hora tenía de ver al hombre esperando por el 26 se había transformado definitivamente en una calma certera. Parecía haberse escapado por las bocas de tormenta con sus gafas oscuras y su atavío singular. O quizás se trató de un hombre simple y común, pero a estas alturas yo me sentía perseguido hasta por mi propia sombra e incrédulo de cualquiera. Todas las sensaciones habidas y por haber se dieron cita en ese instante de mi existencia: podía sentir el calor y el frío al mismo tiempo; el odio y el amor, en ambas esquinas; la valentía y el terror, pululando por los rincones; la desfachatez y la vergüenza, con sus aires seductores, el control y el descontrol, la osadía y la timidez, la fascinación y el desengaño, sentimientos con los que no tenemos pensado convivir en un solo día.
Una vez más volteé esperando con esperanzas volver a ver a mi amigo del alma y a doña Estela. Rápidamente me deshice de ese pensamiento y de ese deseo – más allá del dolor que me causaba hacerlo – y decidí centrarme en lo que había venido a buscar. No podía jugar más con el destino. No podía seguir en el límite de lo absurdamente prohibido y manipular a mi antojo algo tan grave y tan decisivo como la línea impuesta del tiempo y de la vida.
Suspiré con un suspiro profundo y eterno. Inflé mis pulmones, una y otra vez. Llamé a la puerta que sonó con ese sonido característico, sonido que se me vino a la memoria en menos de un pestañeo. ¡Qué increíble es pensar en la infinidad de sonidos, de recuerdos y de historias que nuestras mentes pueden recopilar y guardar a pesar del paso del tiempo! Sonidos y recuerdos de los cuales no nos acordábamos; sonidos y recuerdos que, al instante de volverlos a sentir, los dábamos por perdidos por completo. El último tac de la puerta me hizo salir de este recorrido por las cosas tan bellas que circundan por nuestras mentes.
Con un solo ojo esperaba ver aparecer a mi madre veintidós años menor que yo. El corazón zapateaba sin control y temía que eso fuera determinante a la hora de enfrentarme con ella. Allá, a lo lejos, la vi aparecer, caminando ya con alguna cierta dificultad por su embarazo (esperando por mí) el cual estaba atravesando su sexto mes. Sentado junto a ella en ese enero caluroso, en la habitación trescientos ocho del Hospital Italiano, tomé su mano por última vez. Estaba fría, un frío distinto, un frío de muerte. Hacía cuatro días que había ingresado al hospital, inconsciente, con sus ojos abiertos, pero abstraída de este mundo, lejos, muy lejos de todos nosotros. Su cuerpo estaba aquí, pero su vida andaba buscando un lugar en donde guarecerse. Desde el fondo de su cuerpo un único hilo de vida le brotaba como un sonido ronco, desacompasado, inútil. Eran como palabras hacia mí, pidiendo que cuidara de mi vida, de mis hijas y de mi esposa, que hiciera con ellas lo que mi padre nunca hizo con nosotros, que vale la pena vivir y que esa vida es muy hermosa. Yo sabía que, minutos más, minutos menos, ella desaparecería definitivamente de nuestras vidas. Tal vez ese era el rostro de la muerte, una muerte que se oculta bajo un halo de misterio. Apoyé con cuidado sus manos sobre su pecho que parecía ser martillado por dentro con furia implacable: “Te dejo un minuto, ahora vuelvo”. Fueron las últimas palabras que tuve para con ella. Cinco minutos después regresé y en el corredor de ese tercer piso, cerca de la puerta de la habitación de mi madre, Virginia, mi suegra, parecía estar buscando a alguien desesperadamente. En su camino, en su búsqueda, me atravesé yo. Ya lo sabía todo. Su rostro contracturado y los años que llevaba en conocerla me lo decían a viva voz: “Se nos fue”. Me sostuvo por mis brazos para darme tranquilidad. Le agradecí y tomándola de la mano nos dirigimos hacia la habitación. Adentro el médico de cabecera de mamá hacía unas últimas anotaciones sin percatarse de nosotros. Unos enfermeros empezaban a acomodar todo para sacarla de ahí y darle curso a sus decisiones frías, de seguro, alguien en mesa de entrada esperaba una cama para su pariente. Virginia se retiró como interpretando que ese momento era sólo mío. Me apoyé contra el marco de la puerta y entre medio del trabajo de los profesionales me quedé observando el rostro de paz con el que mamá descansaba muerta en esa cama, un rostro nuevo, ávido de sosiego y de armonía, un rostro que con su reposo logró vencer al estremecedor semblante de dolor y congoja con el que me despidió cinco minutos antes: “Por fin vas a descansar mamita”, dije en voz baja como un secreto entre su alma y mi vida aquí en la tierra.
El visillo se abrió y me despertó de mi letargo ¡Cuánto hacía que no veía ese rostro angelical y precioso que sólo vi en fotos durante treinta años y que ahora lo tenía al frente mío, a escasos centímetros! Era ella; era mamá, con su cabello recogido, su mirada dulce y su timbre de voz que recién en ese instante pude conocer: “¿Si, señor?”. Sentía que me moría. El mundo me daba vueltas y no hallaba conexión: “¿Señor?”, volvió a preguntar como intuyendo que algo me sucedía. Me repuse. Debía sacar fuerzas de donde no había. No podía echarlo todo a perder y jugarme a que todo se transformara en un desastre.
- ¿Olga?
-Sí, me respondió como averiguando de dónde conocía su nombre. -: “Perdón, ¿con quién tengo al agrado?”
¿Cómo hacía? ¿Cómo le preguntaba? ¿Cómo le explicaba que no sabía cómo, ni quién, me había traído desde el año dos mil quince hasta este mil novecientos sesenta y siete para un propósito específico? ¿Cómo la encaraba? ¿Por qué no había ensayado previamente un libreto para enfrentar a mi madre?
- Soy empleado de la compañía aseguradora de la empresa en donde trabaja su marido, el señor Ramón Alberto Moreno.
Fue lo primero que se me vino a la mente ¿Una luz? ¿Una mano dada por el mismo que me había traído hasta acá? ¡Quién sabe! Pero después de decirlo me pareció acertado. Mamá, con un “a ha”, se quedó esperando a que sea más específico y le ampliara la situación.
- Sí, disculpe señora. Traigo la póliza que debe firmar usted para que su marido quede totalmente asegurado en la empresa en el caso de algún siniestro que tuviera la misma. Él ya ha firmado pero es ley que su cónyuge deba, con su firma, completar el papelerío.
¡Pobre mi madre! Se creía todo lo que le decían. Ella era muy confiada, demasiado crédula y siempre sostenía que todavía existía gente buena en este mundo, sólo había que escarbar más profundamente.
- Pase por favor.
La adrenalina que me recorrió de arriba abajo el cuerpo se asemejó a un torrente de lava hirviente despegando mi carne de los huesos. Esos segundos que tardó mi madre en ubicar la llave en el tambor, girarla, presionar el picaporte y quedar parada ella entera frente a mí, me supieron a muerte. Incluso, hasta tuve el tiempo necesario de volver a creer en un sueño de características harto peculiares. Y hasta tuve un nuevo tiempo de convencerme una vez más de que esto no se parecía en lo más mínimo al más real de los trazos oníricos de un ser humano. Era tangible, palpable y concreto como la vida misma.
- Adelante, caballero.
- Permiso, señora.
Una gota de sudor del tamaño de mi espalda me arañaba la misma con sus pezuñas, de arriba abajo, de abajo hacia arriba. Parecía ser su forma poco particular de hacerme brutalmente el amor, ó, más bien, de abusar de mí. Apenas mis pies tocaron los ladrillos del piso - puestos en forma de camino hasta la otra punta del pasillo para no encastrarse los zapatos con el barrial que solía haber – aquella corriente de hacía unos instantes volvió a atesorarme entre sus tenazas: La Corriente de los Recuerdos. El olor a barro me perforó las cuencas pero esta vez, a diferencia de aquella, su aroma me supo a miel. Aplasté mis párpados y me dediqué a que ese perfume me recorriera por dentro. Ese olor era mío, me perteneció alguna vez. Estuvo allí hasta enero de mil novecientos ochenta y dos, cuando dejamos definitivamente esta casa, por lo que había formado parte de mi crecimiento: las paredes a ambos costados, y a medida que caminábamos con mi madre sirviéndome de escolta, la puerta de metal que comunicaba nuestra casa con el resto del caserón de mi abuela Eva. Del otro lado parecían todos seguir en sus sueños reparadores. El frío se hacía sentir a pesar de que el cielo se holgazaneaba en su turquesa furioso. Llegamos a la punta del pasillo y yo sabía que de inmediato nos encontraríamos con el amplio patio que precedía a la vivienda propiamente dicha: la vieja pileta de lavar parecía saludarme y hacerse cómplice de mi misión; las begonias castigadas por la helada dentro de los macetones que abuela María le regaló a mamá cuando ésta se vino desde Cruz del Eje a vivir decididamente con mi padre y que seguramente debían estar hoy en día (en mi tiempo) pudriéndose en la casa abandonada donde nadie vive; las botellas apiladas al fondo, los árboles de los vecinos sirviéndonos de techo, el patio, mezcla de estucado y baldosas, en donde yo solía armar mi pista de carreras con una tiza blanca para pasarme el día entero junto a mis autitos de colección; la fachada agrietada de la casa, las lámparas de luz, las cuerdas para la ropa, y como postre de este aperitivo sin igual, el cuartito del fondo, un lugar lúgubre y pestilente que mamá usaba como cocina, comedor y baño. No hacíamos nuestras necesidades, pero al estar separados de la gran casa de mi abuela Eva en donde se encontraba el único baño, y en donde había que formar fila para el trámite que sea, mamá decidió improvisar dentro de ese cuarto, un espacio cuidado para que, al menos, podamos asearnos dentro de una gran tina que papá había adquirido. Empezaron usándola ellos y a medida que nosotros fuimos creciendo, bañarnos en ese receptáculo, terminó siendo algo muy común.
- Por aquí, señor.
Mamá abrió sólo una hoja de la puerta doble por donde ingresábamos a una pieza de cuatro por cuatro en donde, por ahora, sólo debería tener el juego de comedor, la heladera, el tocadiscos, la estufa y otros artefactos, a lo que se sumaría – con mi hermana y yo años más tarde – la cucheta en la cual dormiríamos hasta irnos de ahí.
Mamá era hermosa: tenía un vestido con rombos amarillos y blancos que le quedaba pintado y una panza preciosa y redonda, grande, muy grande a pesar de estar en el sexto mes de mi embarazo. Me costaba horrores dejar de observarla, pero debía seguir batallando en esta guerra propuesta por vaya a saber quién y no levantar ni la más mínima sospecha. Su piel era tersa y del color de la tierra; sus ojos en forma de gota y su mirada transparente y angelical, adornaban su rostro puro y sincero. Su cabello estaba recogido, pero podía darme cuenta de que era un cabello bien largo y n***o como la noche, preciosa, casi una muñequita de cristal.
Ni bien abrió la puerta una oleada de remembranzas me castigo sin piedad. Aquellas paredes pintadas de verde agua en los comienzos de los setenta, aparecían en este tiempo de un rosa pálido y triste. Pero lo demás estuvo siempre ahí: la mesa y las sillas fabricadas por mi propio padre con la primera madera que se le cruzaba por su camino; el inmenso televisor con sintonizador en un costado del armatoste, el ventilador plateado, el bargueño blanco con aberturas en verde manzana, la estufa a gas de color celeste y los pisos tan cuidados que mamá siempre se encargó de tener. Y a pesar de que el día recién empezaba a despuntar, con el cielo a pleno y el sol poniéndose en contacto con la realidad, mamá tuvo que encender las luces del cuarto porque éste carecía de ventanas. Sólo un hueco de cuarenta centímetros cuadrados cubierto por un vidrio totalmente sellado aparecía en unos de los rincones superiores de la habitación. Cuando lo vi – después de recordar ese maldito hoyo – un escalofrío me envolvió. Durante años dormí en la parte de arriba de la cucheta con mis ojos apuntando hacia el hueco que daba al techo de la casona de mi abuela Eva, y por las noches – en mi cabeza fantasiosa de niño – mi padre me amenazaba con que los largos brazos de los monstruos que danzaban sobre el techo su ritual sagrado mientras observaban mi descanso, romperían brutalmente el vidrio que separaba mi calma de aquel infierno, me tomarían entre sus lianas gelatinosas, y me llevarían lejos, muy lejos de esta vida, para no volvernos a ver nunca más, si es que yo no me dormía pronto. Mi inocencia – que fue muy pura y muy prolongada – jamás dejó que me diera cuenta que aquellos espantajos provistos de miembros enormes que amenazaban mi descanso noche tras noche, eran el reflejo de los cables de alta tensión y la representación de las copas de los árboles proyectado por el inmenso farol que pendía en la esquina de casa de poste a poste, y que bosquejaba los movimientos en el vidrio maldito.
- No es una ventana.
Cuando mamá lo dijo me trajo de un manotazo de mi ensimismamiento. Me asusté y di un pequeño brinco de cola sentado en la silla.
- Perdón, señora, sólo me llamó la atención y me preguntaba su objetivo puesta ahí.
- Locuras de mi esposo, dijo efectuando un aventón con su mano como una actitud de resignación. Nadie mejor que yo la entendería.
- ¿Le preparo un café, señor?
- Sí, ¡cómo no!, muchas gracias.
¡Pobrecita mamá! Le costaba un suplicio moverse con facilidad. Y todavía restaban tres meses para mi nacimiento. El tiempo que tardó en ir hasta la cocina a preparar el café me sirvió para descomprimirme. Lo había camuflado demasiado bien. De hecho no levanté sospecha alguna. Estiré mis piernas y solté los dedos de mis manos. Hice rechinar algunos huesos y acomodé la tensión de mi cuello. Observaba todo ¡Qué increíble! ¿Cómo podía ser posible? Hubiera querido traer a todo el mundo para que vean ésta realidad ilógica. Yo, sentado en la casa que me vio nacer, ó, más bien, que me vería nacer pronto. Y una vez más las preguntas cruciales que me azotaban a cada instante. Si esto era real ¿Volveré, o me quedaré varado para siempre en este tiempo? ¿Habré muerto y los que mueren regresan a un instante de felicidad determinado? ¿Será un castigo, como que algunos van al cielo, otros al infierno, otros quedan pululando en la nebulosa y otros, como yo, vuelven a un momento puntual a intentar (bajo otras denominaciones y otros semblantes) desviar el curso marcado de su ser más amado para intentar darle una vida mejor?
Me atormentaba una y otra vez con ese bagaje de cuestionamientos. De pronto interpreté que no podía (ni debía) continuar desandando este camino presionado por esas preguntas. Debía apartarlas sin hacerlas desaparecer y resignarme a que esto ya era así, y que difícilmente yo podría modificar. Sólo aquel que pergeñó todo este plan, aquel que me hizo abrir los ojos en la esquina de esta casa, sobre la vereda de los turcos, sabía a ciencia cierta qué ocurriría de aquí en adelante. Entonces, en el medio de mis descompresiones, me entregué a lo que sea, y que sea lo que Dios quiera. Amén de todas éstas conjeturas me sentía feliz por estar con mi madre veintidós años menor que yo, disfrutando de su imagen, de su panza, de su mirada noble, de su presencia, de su olor, ese olor real que perdí en un enero cálido de dos mil doce. La tenía conmigo y para mí, sólo para mí. La tenía de nuevo, a mi lado, con su rostro angelical y sincero, porque hasta dentro de su féretro llevó ese rostro endiosado. Toda mi vida, o al menos desde que tuve un poco de razón en mi mente, soñé con este instante, deseé regresar en el tiempo para cambiar el curso de su destino, un destino que si bien ella también ayudó a que se pusiera en su contra, no pudo ni supo hallarle la vuelta para que el demonio de esposo que se le adhirió a su vida - a fuerza de golpes, de malos tratos, de violencia propiamente dicha – se fuera alguna vez y la dejara ser feliz como ella siempre soñó. La vida de mi madre desde el momento en que se atravesó con aquel infeliz hasta su día final con setenta años, fue un sendero espinoso y agreste, un camino desolador, un paso surcado por la tristeza, la esclavitud y la violencia propuesta por el infame, ignorante y desconocedor de tratos alternativos. Y si yo tenía esa oportunidad de cambiarlo todo, ¿por qué no?, ¿quién me lo impediría? Nadie. Porque si esto estaba ocurriendo en tiempo y forma, y no era un sueño delirante, o una pesadilla ilógica, o los primeros delineamientos de la muerte, significaba que por primera vez en la historia de la vida, Dios o vaya a saber quién, estaba concediendo a alguien la chance de hacerlo, quizás, para demostrarme que – al final del camino – el destino y el punto final de mi madre llegaría a ser el mismo pero con un color diferente, y de esa forma, yo terminaría bajando mi cabeza y diciendo: “Dios existe y él decide”.
El picaporte jugueteaba delante de mí y entendí que mamá intentaba abrir la puerta con la dificultad de traer los pocillos de café. Me acerqué y abrí la puerta. Efectivamente su concentración en la bandeja puesta en su mano izquierda le quitaba la atención de la otra maniobrando la aldaba.
- Gracias, es usted muy amable, me dijo complacida.
Apoyó la bandeja sobre la mesa y me invitó cortésmente a sentarme primero. Luego ella también tomó asiento y me ofreció la azucarera. No la tenía en mis recuerdos, tal vez, se habría roto o la habría perdido antes de que a mí se me activara el segmento de los recuerdos
- ¡Mmmm, huele exquisito!, dije observando el rostro de mamá.
- Bueno, muchas gracias. No soy muy buena para preparar café, pero hago el intento.
- ¿De cuánto está?
- ¿Disculpe usted?
Pareció no entender mi pregunta.
- Quise decir, ¿en qué mes se encuentra de su embarazo?
- Seis, respondió mientras observaba como yo le añadía azúcar a mi café.
- ¡Uh!, falta muy poquito ya.
- Sí, estoy muy nerviosa. Ya tengo una hija, Alejandra, que duerme en mi habitación, y con este bebé, ya cierro la fábrica como quien dice. Sonrió
Mamá tomó la azucarera, permiso mediante, y endulzó su café. Un silencio pequeño reinó en ese instante en donde sólo los movimientos compulsivos de las cucharas se hacían oír. Mamá sacudió el utensilio y lo apoyó al costado derecho sobre el platito. Hincó sus codos sobre la mesa, cruzó sus dedos arriba y en sus manos definitivamente unidas apoyó su mentón.
- ¿Lo conozco de algún otro lugar, señor…?
- ¡Mmm! ¡Esteeemm! Besteiro. Gustavo Besteiro.
Me tomó por sorpresa. Alcancé a cambiar el apellido, pero el nombre terminó ganando la pulseada.
- ¡Gustavo!, exclamó mamá con grata sorpresa, y prosiguió: -“Así le pondré a mi bebé en septiembre cuando nazca”.