El encuentro
El aire fresco de esa mañana de junio de 1967 volvía a tocar la piel de mi rostro descreído. Esta vez lo percibía diferente: lo sentía más cruel castigando contra la cara; lo sentía penetrante y hostil, y necesitaba de más abrigo propio para hacer soportable y llevadero el invierno que a esas alturas mediaba en su proceso. Y era totalmente lógico: los inviernos aquellos (estos) habían diferido notoriamente de los actuales. O quizás, la sensibilidad de la piel de un niño es abismalmente distinta a la de un adulto . . . No podía creerlo. Me sentía un verdadero extraño, un sapo de otro pozo, alguien ajeno, un timador, un mentiroso y un fabulista, un destructor de los porvenires de la gente buena y de la gente mala, un aniquilador de los parámetros del mundo y de los designios de la vida. No deseaba respirar. O mover un dedo. No quería que nada se trastocara ni se saliera de su eje natural. Tenía mucho miedo, y al temblor del cuerpo provocado por el frío matinal se le sumaba otro temblequeo singular, uno que estaba íntimamente ligado al desconcierto de toda esta locura que me había traído hasta este tiempo y hasta este lugar, lugar por el que pasé en enésimas ocasiones y en diferentes situaciones de mi vida, pero un lugar al que por vez primera volvía después de casi medio siglo de vida.
Me creí muerto, pero al mismo tiempo mi férreo concepto a cerca de la muerte - sus formas y derivaciones - me daban un poco de aliento para pensar que de ninguna manera podía estarlo, por lo que rápidamente y sin dejar que la mente se mofara de mí, quité ese pensamiento de mi cabeza, o más bien, le pedí encarecidamente que me diera la posibilidad de arrojar otras cartas sobre la mesa. Además, podía tocarme el cuero y podía sentir la sangre corriendo por mis venas, el corazón palpitante y los nervios a flor de piel. La sensación de horror, mezclada con una dicha peculiar, aquí en 1967, me interceptaban en la búsqueda de saber - o de querer intentar saber - cómo y bajo qué circunstancias yo había arribado hasta este sitio. De estar tibio y resguardado en mi cama, con mi esposa enroscada a mi cuerpo y Morita calentándonos los pies con su cuerpecito de perro pobre y abandonado, a aparecer parado en la vereda de los Asís (estos turcos carroñeros ya olían a c*****r cuando mamá me hacía cruzar la calle para venir a comprar a su tienda), el misterio se hacía un festín con mi confusión.
Debía organizarme para afrontar a mi madre que de seguro estaría preparándole el desayuno a Alejandra, mi hermana, al tiempo que debía estar acomodando el ajuar del niño que dará a luz el próximo 18 de septiembre, o sea, dentro de casi tres meses, es decir, el día de mi cumpleaños.
Si bien todo había cambiado radicalmente, todo se parecía y olía a similitud: aquel viejo árbol de copa frondosa y tronco ladeado que durante años esperamos ver morir, estaba frente a mis ojos, intacto, y yo estaba cien por ciento seguro de hallar en esa rama más gruesa que desde aquí podía distinguir y que de sólo verla me removía todos los recuerdos de niño, el hoyo profundo que con mi amigo Marcelo hicimos para esconder los chicles y las figuritas de la época. ¡Marcelo! ¡Qué gran amigo! Un tumor situado en el bulbo raquídeo lo condenó a una cama de hospital durante nueve meses, como una dulce espera hacia la muerte. Un chico lleno de vitalidad, de sueños, de planes, planes y sueños que la puta muerte se los arrebató creída históricamente dueña de los porvenires de la humanidad. Falleció un 26 de septiembre de 1984, con sólo diecisiete años cumplidos el 4 de junio, tan sólo unos meses antes, cumpleaños que fue digno de un gran festejo, con tortas y globos, a pesar del enojo de las autoridades del Hospital Aeronáutico.
De inmediato me escapé de mis recuerdos y volteé la mirada hacia la esquina de Brasil y Corro, en donde alguna vez vivieron los Nardón, apellido paterno de mi gran amigo. Ahí estaba la casa y una especie de corriente me recorrió el alma. El decorado externo – para la época todo un lujo en materia de decoraciones hecho en las paredes y que con mis propios ojos vi realizar cuando andaba por los diez años – brillaba por su ausencia lógicamente, porque aún restaba una década para embellecer la mirada con su diseño. Don Ernesto Nardón estaría en la Fábrica Militar de Aviones trabajando como todos los días y doña Estela, de seguro amamantaba al “cabezón”, que ya había cumplido su primer año de vida. Daría cualquier cosa por tocar el timbre largo y desafinado – que sonó así hasta el último día en que viví en el barrio - y cruzarme con ella, joven y hermosa, como solía verla en las fotos que mi amigo alguna vez me mostró, saludarla y estrecharla entre mis brazos, y explicarle qué hago yo aquí, y poder juntos cambiar el destino fatal de su hijo. Pero no podía. No debía. Sería una catástrofe de magnitudes, y es por ello que trataba aún de no respirar ni de mover un solo dedo. Ya, haber llegado hasta este lugar, sin saber cómo, pero con la misión firme y concreta de darle la gran posibilidad a mi madre de tener una vida mejor, me alcanzaría para hacer un desastre de proporciones bíblicas. Sabía perfectamente a qué me exponía; conocía los límites inmediatos posteriores a la ruptura de los límites originales, y no pensaba quebrantarlos, porque la eclosión sería abismal, monstruosa, y no quería volver a mi tiempo con la pesada carga de haber manipulado y revuelto los pasos lógicos y cronológicos de la vida.
¡El 26...! Un Bedford añejo y destartalado, el transporte de pasajeros que transitaba por la calle de mi casa y que hacía temblar el piso de la cocina con su paso quieto pero pesado, acababa de pasar frente a mis narices, con su humo n***o como un cómplice de su desaparición metros más adelante y su franja naranja como un cinturón que lo distinguía del resto, y la inscripción de su número interno durmiendo en ella. Así solía dibujarlo en las composiciones libres que me daba la señorita Mary cuando cursaba el tercer grado en el Instituto San José de Calasanz. Todavía lo recuerdo. Siempre lo recuerdo. Ese transporte pasó y me tiró su humo pestilente y lo aspiré para que se muera en mis alveolos y así poderlo internar en la tierra negra y húmeda de mi lecho final. Podría cargar en una gran bolsa cada cosa, pequeña, mediana o grande, que se me fuera atravesando por el camino, y así, presumir cuando vuelva a mi tiempo natural y tener fundamentos verdaderos a la hora de contar mi proeza. De igual modo nada de lo que pudiera llevar me será útil ¿Cómo demostraría la legitimidad de cada cosa?
En breves minutos las puertas de las diferentes casas en la cuadra comenzarían a abrirse para que sus habitantes se dirijan a sus respectivos lugares, trabajo, escuela, bancos, clínicas, y yo debía desaparecer antes de que todo eso comenzara a tomar real dimensión. Pero los recuerdos en los que caí y mi lenta faceta expeditiva me condenaron a tenerme que quedar hasta que ese polvo del gentío moviéndose de aquí para allá se disolviera definitivamente. Me ganó. No fui veloz. Tuve que adoptar la postura de un hombre aguardando por un taxi para no quedar expuesto ante los ojos de los vecinos de la cuadra y arriesgarme a una denuncia por comportamiento extraño. Del otro lado, cruzando la calle de los Nardón, a metros de las “Niñas” dueñas de Cover’s House, un hombre arribaba a la garita del 26, y eso me otorgaba un poco más de credibilidad en mi accionar. Ya no estaba tan solo y expuesto. Cometer los menores errores, tal vez ninguno, y que mi cometido sea lo más perfecto posible, era la clave principal para llegar a buen puerto y modificar lo menos que se pudiera la línea de la vida.
Al lado de casa doña Cecilia parecía recibir el día con una ojeada general de la cuadra, no vaya a ser que algún detalle se le escapara y no pudiera unir la madeja de chismes a la hora del té junto a doña Eglé y al maricón de Pedro. Jamás borraré de mi memoria la noche en que mi madre me sentó en mi banquito de madera y con su santa paciencia se puso a despejarme las dudas que yo tenía a cerca de la cantidad de gente pululando en la casa de doña Cecilia, un viernes por la tarde, mientras con Marcelo y otros niños jugábamos fútbol en medio de la calle. Parecía el relato pormenorizado de un hermoso cuento con final triste. Yo la atendía. Ella casi lo actuaba. Fue su manera, su modo. Al final, decirme que a doña Cecilia la habían venido a buscar unos nenes parecidos a mí pero con unas alas inmaculadamente blancas e inmensas, y que yo no la volvería a ver más, desparramó la belleza del cuento por el piso y me encapriché para que me llevara hasta la casa de ella para cerciorarme de sus dichos. Me llevó, asqueada por mis reclamos y mis zapateos delirantes. Recuerdo que la gente me veía entrar como si yo fuera un pequeño actor desfilando por la alfombra roja, y yo le sonreía hasta el diablo. En la habitación en donde estaba siendo velada doña Cecilia, el atavío del cuarto me resultó impactante y hasta me produjo un cierto escozor. Obviamente, yo no tenía idea de lo que era un velatorio, y ver el ataúd descansando en medio de la gran habitación me provocó un deseo casi consciente de alejarme de ahí. Mamá me explicó que dentro de ese mueble estaba dormidita doña Cecilia, y la curiosidad por ver dormir a alguien dentro de algo tan peculiar y no en una cama como Dios mandaba, me hizo meter los pies de nuevo dentro del cuarto y probar la veracidad de sus palabras. Mi madre me levantó en andas y, efectivamente, alguien descansaba con un rostro sereno dentro de esa cama distintiva. Pero no era doña Cecilia: ella era bien gorda, de cachetes inflados y caídos, con unos lentes que le hundía los ojos hasta cerca del cerebro, cabello blanco como el algodón y unos labios carnosos y rojos como la sangre. Esta abuelita era más delgada que un alambre, con una nariz prominente y sus labios enterrados en su boca apenas abierta, los huesos de sus pómulos como dos cuchillos apuntando hacia el techo y prácticamente calva, distinta a mi amiga Cecilia, con la que tomábamos mate todas las mañanas, yo, sentado en una verja y ella, apoyada en la otra, mientras le contaba las anécdotas más desopilantes que vivía en mi escuela. El zapateo colosal que inauguré en casa para despejarme las dudas de los dichos de mamá, continuaron aquí, en lo de doña Cecilia. Quería verla a ella. Corría por toda la casa y la buscaba desesperado mientras Eglé y el maricón lloraban la situación sin encontrar una respuesta para mi descontrol. Finalmente me dormí sobre el regazo de mamá después de casi una hora de desvarío. De ahí en adelante una gran nube negra se puso en mi camino. Siempre la recordé, con gran cariño y con inmenso dolor. Y ahí estaba, disimulando su actitud de vieja chusma con una regadera vacía. Si hubiera podido decirle que unos niños alados la vendrían a llevar en seis años, lo hubiera hecho, para que ella empezara a esquivar los golpes del destino desde ese día en adelante y no terminara destruida por el cáncer dentro de un ataúd. Pero no podía. Lo intenté, pero de inmediato toqué el suelo con mis pies y supe que no podía modificar absolutamente nada, y que mi propósito era uno solo: cambiarle el destino a mi madre, aunque para ello me arriesgaba a trocar el destino de muchas cosas y de muchas personas.
Doña Adela Escobar dejaba tras de ella la puerta de su casa a medio abrir y arrastraba el escobillón flamante por el suelo enmascarando la clásica barrida de la mañana. Ella me vio, pero no saludó a Gustavo: fue un gesto de buenos días que se le podía ofrecer a cualquier vecino, como ocurría en aquellas épocas. Yo, estiré mi brazo y le devolví la gentileza, mientras ella cacareaba a lo lejos una demostrativa reverencia hacia Cecilia, que se metía en su casa girando su cuerpo voluptuoso como podía y sin llevar demasiada información para el desayuno con sus hermanos. Adela ojeó el panorama, no vio muchas novedades y regresó con el escobillón intacto como cada mañana. ¡Ay, mis vecinas! Ya no quedan de esas.
Permanecer más tiempo parado en la vereda de los turcos me traería seguramente problemas, pero a la vez, un cosquilleo molesto me atravesaba el cuerpo como si un ejército de hormigas se hubiera apoderado de mí. Eran unos pasos, algunos metros, un trecho corto, pero suficiente y pesado sabiendo que debía llamar a la puerta de lo que alguna vez fue mi casa y encontrarme cara a cara con mi madre veintidós años menor que yo, encararla y convencerla de toda esta insania que me había depositado aquí, tres meses antes de mi nacimiento, como un designio de vaya a saber quién, con el propósito de torcer los parámetros de existencia de mi madre, prácticamente un deseo hecho realidad, algo con lo que lidié la mayor parte de mi vida, algo con lo que soñé, un pedido clamoroso, un ruego desalmado a un Dios que pareció desoír cada plegaria, cada pedido, cada noche de cada día de mi existencia. Nunca tuve una respuesta. Y viví cada segundo sabiendo que nunca la tendría, porque esperar un milagro de semejante calibre era más que una utopía: era una demencia, un delirio. Sólo en las películas podía ver el deseo realizado, pero no era mi deseo, era el deseo de otro, era el deseo del actor de la película.
Gabriela, mi esposa, solía preguntarme: “¿Darías lo que fuera por regresar en el tiempo y cambiar al menos algo la vida de tu madre?”. Y yo, con un gesto afirmativo, apretujando mis muelas y conteniendo el aluvión, le respondía: “¿Te imaginás si eso fuera posible?”. Y aquí estoy. No sé cómo llegué, no sé qué ni quién me llevó ni cómo aparecí en ese tiempo. El alborozo y el miedo eran mis ángeles guardianes, una mezcla atípica de sensaciones, la alegría de ver mi deseo ferviente cumpliéndose contra todos los pronósticos, y el miedo de no saber si era una realidad increíble o un sueño gigantesco y único en la corta vida de un ser humano. Si era una realidad, me temblaba el alma el hecho de no saber si mi regreso se daría en breve o si por el contrario estaba condenado a estancarme de por vida en aquel tiempo y en aquel lugar. Tal vez era un castigo, o quizás mi vida en esta tierra había terminado y debía pagar eternamente mis comportamientos anclado de nuevo en el lugar que me vio nacer, porque permanecía incrédulo y me resistía a pensar que la vida, Dios o quien fuere me había puesto en este lugar como solamente podía registrarlo en los filmes de ciencia ficción.
Pero no me sentía muerto: me sentía más vivo que nunca, con mis pulmones atestados de aire. Yo, como todos en este mundo, había experimentado incontables veces la sensación casi palpable de un sueño semejante a la realidad, pero esto era diferente: el olor de esta realidad era abismalmente distinto al aroma de la realidad tangible de un sueño. Podía sentir todo en su lugar exacto, cada pieza encajaba de manera perfecta y precisa. En mis sueños siempre aparecía la oveja negra que lo descarrilaba todo, incluso parecía una ventisca que iba resoplando paralelo al suceso, como el invisible punto que delata un billete falsificado. En definitiva, yo sabía con total precisión que mi cuerpo y que mi alma en conjunto habían regresado a junio del sesenta y siete, tal como durante décadas lo había estado deseando e implorando para que mi pobre madre no tuviera que cruzar su destino con el energúmeno que prácticamente la llevó a la muerte en enero de dos mil doce, con sólo setenta años y mil sueños por cumplir.
Allá, en frente de mis ojos, estaba mi casa, aquella que me vio nacer, ó, más bien, la que me verá nacer en tres meses, con su fachada deteriorada y disimulada con una pintura barata de color rosa chicle, fachada que no pertenecía a mi casa propiamente dicha, sino, que era el frente da la amplia casona en donde vivían casi todos los hermanos de mi padre con sus esposas e hijos. Mi casa era un departamento mugroso y mal oliente al final de un pasillo largo, oscuro y destechado, con un ingreso individual, una puerta de madera marrón plagada de tajos y un visillo rectangular, por donde fácilmente se podía otear todos los movimientos del interior. Esa puerta era nuestra entrada, que se acoplaba a un par de ventanales y a otra puerta semejante por la cual se ingresaba al resto de los departamentos. Si bien el nuestro era parte de toda esta fastuosa construcción, nosotros – a diferencia del resto de los familiares de mi padre – teníamos nuestro acceso individual y no una entrada en común. A esa puerta estaba apuntando mi mirada. Mis nervios y mi ansiedad extrema, sumados al desconocimiento de los resultados de toda esta aventura demencial que la vida – de seguro – sólo había puesto ante mis ojos como un excepción a lo largo de la historia de la humanidad, me provocaban un escozor de proporciones, y me revolvían los intestinos al punto de sentir verdaderas náuseas. Debía cruzar. Debía hacerlo. Debía sacarme todas estas sensaciones de adentro de mi cuerpo y sumergirme en la posibilidad única e irrepetible que la vida había ubicado ante mí. Debía empezar a entender definitivamente el alcance de esta realidad paralela y debía hacerle frente a ese deseo colosal con el que caminé hasta esta etapa de mi existencia.
El tiempo pareció detenerse y hacer una franja imaginaria para dar paso a mi proceder, si hasta daba la sensación de haberse parado el correr del viento y el olor a vida; las pocas hojas de los árboles congelados por la mañana invernal entraron en un letargo y en un silencio conmovedor, y el instante se asemejaba a una señal predispuesta por alguien para que yo tomara entre mis manos el coraje necesario de atravesar la calle e ir rumbo a la puerta desvencijada. Muy dentro de mí sentía que, apenas mis nudillos hicieran contacto con aquella puerta, me incorporaría como un resorte en mi cama, transpirado y a segundos de un infarto, con Morita acurrucada en un rincón de la cama, sus ojos desorbitados por mi comportamiento y mi esposa friccionándome la espalda para buscar un poco de calma a la locura impuesta por una pesadilla. Pero más al fondo de mi ser intuía que mi perra y mi mujer, perdidas en su sueño reparador, ignoraban que mi esencia por completo había desaparecido para aparecer cuarenta y ocho años antes frente a la casa que me verá nacer el 18 de septiembre próximo ¿Las volvería a ver? ¿Volvería a ver a mis hijas? ¿Podría volver a jugar como un niño de nuevo con esa perra casi humanizada? ¿Podría volver y ver envejecer a Gabriela? . . ¡Qué locura por Dios! ¿Quién me iba a creer alguna vez? ¿Cómo podría demostrarle al mundo que algo o alguien me depositó frente a mi casa paterna tres meses antes de nacer para evitar que mi madre ingrese en un historial de sufrimientos y de barbaries, de hambres y de engaños, de castigos y de penas, de agonías y de muerte? Debía cruzar. El resto, lo arreglaría la misma mano que me había traído hasta aquí.
El aroma a aceite de lino con el que mi padre había barnizado la puerta a principios del sesenta y seis, aroma que permaneció por los diecisiete años que vivimos en esa casa como una maldición de los infiernos, penetró por mi nariz ni bien me acerqué para llamar. Lo recordé. Y maldije a mi padre. Pero que buen recuerdo. Antes de tocar me asomé por el visillo queriendo encontrarme con alguien y no queriendo encontrar a nadie al mismo tiempo. Me costaba manejarlo. Era algo con lo que, en teoría, no debía estar lidiando porque no pertenecía a la línea lógica de mi paso por esta tierra. Tenía miedo de ver a mi madre y de morirme en ese instante y en ese tiempo, de perder el habla y la razón, y de asfixiarme con las cuerdas de una insania desopilante. Observé la puerta, una y otra vez, como buscando alguna huella de mi pasado. Recordé las tardes enteras sentado ahí mientras veía los partidos de fútbol que se armaban en plena calle, usando las uniones de asfalto como demarcaciones del terreno de juego y armando las porterías con pedazos de ladrillos separados unos tres metros entre sí, los chicos con distintas casacas de acuerdo al club que pertenecían y los perros entremezclados en el juego. Me costaba concentrarme. Cada paso era un recuerdo y no una herramienta para seguir en esta “misión” de mi vida. Cuando me disponía a avanzar las telarañas de la remembranza me hacían presa de sus redes y debía luchar a destajo para escapar, recomponerme y volver al punto para continuar. Imaginaba cientos de miradas acosándome, y las imaginaba detrás de las persianas, clavadas en mi accionar, con sus corazones rozando el letargo, silenciados y expectantes. Y como si el destino fuera un espectador de lujo desde algún punto al cual yo no tenía acceso, doña Estela salía de su casa y se dirigía hacia donde yo me encontraba. Rápidamente me rehíce, acomodé mis ropas, peiné mi cabello e intenté pasar lo más desapercibido posible.