Entre leones y corderos (Parte 1)

1988 Palabras
             Aunque la curiosidad me rebasaba, determiné – como una cuestión meramente personal – que lo más apropiado para que el círculo cerrara de la mejor forma, sería no cruzarme con mi padre. Tal vez, cualquiera en mis zapatos, ante una oportunidad de semejante envergadura – más allá de la vida que nos dio y de la vida que me dio puntualmente – tomaría riesgos, le buscaría la vuelta, pero no se perdería tal oportunidad, la de ponerse cara a cara con la persona en cuestión en una situación harto atípica, en un tiempo con perfume a irreal y con edades totalmente dispares. Algunos dirían cosas como, “Todo va a estar bien”, o, “Es esta chance y no hay otra”. Yo decidí verlo desde otro ángulo a pesar de estar al borde de la desesperación por cruzar a mi padre, también, veintidós años menor que yo. Doña Pura o cualquiera que se atravesara en el camino eran fáciles de sortear. Y de engañar. Papá, no. Él era muy astuto para los asuntos controversiales de la vida, para lo “ilegal”, para los enredos, para las trampas aparentes y para aspirar en el aire el aroma de las marañas. Y no era que me sentía desprovisto de armas para litigar con él ni me sentía incapaz de poder enfrentarlo. Era más simple todavía: no era conveniente.              Justo en la esquina de la casa de Marcelo, a media cuadra de la de mamá, las despedí. Sentimos que era lo mejor para todos. Cualquier traspié sólo arruinaría nuestro cometido, ese por el que prácticamente, mamá y yo habíamos hecho un pacto de sangre. Mi padre nació con su cabeza enferma, y podría hasta martirizarla y castigarla por celos infundados, por eso también, ofrecernos ante los demás tan abiertamente, auguraba un peligro inminente.              Las primeras luces de la oscuridad traídas por el invierno comenzaban a teñir el ambiente de un gris azulado. Mamá le diría a papá – con el silencio de mi hermana obligado por mi madre – que había ido hasta el Doctor Catáneo para hacerla tratar a Alejandra por una toz atípica con la cual se había levantado en la mañana, de esa manera, no abriría sospechas ni despertaría al dragón hambriento de violencia que dormía junto al corazón y a la mente de mi padre cada segundo de su turbulenta vida.             De pronto me sentí con la necesidad de recorrer este tramo de mi existencia. Dejando a un costado el verdadero propósito de mi venida, sentí esa impresión de aventura, como la posibilidad de volver a pisar las huellas de mis pies pequeños ¿Sería desacertado? Posiblemente ¿Sería descabellado? Era lo más probable. Pero también quería que el frío, más un abrigo exuberante, me sirvieran de camuflaje para navegar en lo aventurado del recorrido. Bajé por Artigas y me detuve frente a la mueblería de Don Jonás, y recordé que en mi época actual era una hermosa casa de familia, con un frente de exquisita arquitectura y un gran jardín que me provocaba un escozor distinto, una sensación imposible de describir, distinta a notar el cambio en un lapso corto de tiempo. Y metros más adelante, todo lo contrario: aun seguía en pie, con sus mismas molduras, su mismo tejado, sus grandes ventanales con el mismo cortinado, su frente ajado con aquellas macetas patonas pintadas de diversos colores y su idéntico silencio, la casa de Narciso Magorian, un armenio ermitaño, sucio, que parecía no conocer la palabra “calzado”. Las pocas veces que se lo veía regando las plantas o barriendo cucarachas, sus pies largos hacían crujir los cuerpos de las curianas como si caminara por encima de las migas de un pan viejo y seco, con sus botamangas apenas recogidas y la impresión de no haberse aseado por siglos. Don Narciso era el dueño de la gran ochava que abarcaba desde la mueblería de Don Jonas hasta la tapicería de Héctor, siete propiedades inmensas que el armenio administraba desde su trinchera de hediondez.              La marmolería y la casa de las velas de colores; el edificio de tres pisos, que para mí – a mediados de los setenta - era como estar parado frente a un sublime rascacielos, la iglesia pequeña en donde nunca se ofició una misa; la panadería de La Celeste, las veredas angostas y los resabios de aquellas calles empedradas de los años treinta; la casa bonita de los Iñiguez y el cuchitril de los Kukines; la rotisería de los pollos gordos y la casa de la puta Mónica. El itinerario tuvo comienzo y final en la casa de Doña Pura, un paseo largo que duró hasta casi las dos de la madrugada, sólo con la compañía del soplo gélido del invierno.             Temprano estuve en la casa de mamá. Habíamos acordado el día anterior, mientras nos despedíamos, que ni bien papá partiera hacia el trabajo, yo llegaría para tomar el desayuno con ella.              Nikki ya había pasado cerca de las ocho con su motofurgón Siambretta repleto de panes caseros recién horneados. Mamá compró dos y los dejó envueltos en un trapo de lino luego de dejarlos secar a temperatura ambiente para que conservaran su crujiente exterior y la blandura característica por dentro.              Los mates de mami eran como tomar los verdes amargos de mi abuela bajo la higuera fresca de la casa de la calle Belgrano en Cruz del Eje: el mismo sistema, idéntica espuma y la mano al revés asiendo la pava para no desperdiciar ni un solo chorro de agua. La emoción fue más grata que la del día anterior. Nadie me vio llegar. Tuve precaución extrema a medida que caminé esos metros que me separaban de su casa. Ni aquel hombre de las gafas oscuras esperando el 26, ni doña Cecilia, ni Adela, ni Estela. Incluso los turcos aun no habían abierto su tienda, sólo a lo lejos, los Cortés, sacudían la modorra de la mañana para poner en funcionamiento su despensa.              Como el día anterior, Alejandra dormía plácidamente justo en el medio de la cama de mamá. Sus brazos abiertos como una crucifixión denotaban el cansancio al igual que sus profusas ojeras y su boca entreabierta. Mamá, con un guiño, me dio la autorización de cubrirla mejor con las mantas para que el frío desalmado de este invierno no la molestara. Luego de arroparla y de besarle la frente caminé en puntillas y me quedé observándola unos segundos antes de cerrar la puerta. De todas maneras el postigo quedaba semi abierto, y por ahí, podíamos sentir cualquier ruido o movimiento.             La cocina estaba a una temperatura ideal. Mamá se había tomado la molestia de aclimatarla en el lapso en que papá dejó la casa hasta mi llegada. La mitad de uno de los panes me lo devoré con una miel casera que mi madre tenía entre sus exquisiteces mientras los mates continuaban tan espumosos y deliciosos como los primeros cebados. Luego de contarnos lo que cada uno había hecho por separado en el tiempo que tuvimos que distanciarnos, entramos directamente al engrudo de nuestro propósito.             No teníamos un plan trazado, ni especulaciones, ni bosquejos, ni suposiciones. Absolutamente todo estaba en el aire y desparramado, y nuestro desafío era rearmar ese rompecabezas diseminado, darle una forma concreta y a partir de ahí, elucubrar una idea concisa y satisfactoria. Mamá, más allá de su convencimiento, dejaba al desnudo ese miedo lógico de estar lidiando con cuestiones antinaturales, sin percatarse de los efectos colaterales de su comportamiento. Fundamentalmente había que trabajar en ello y, paralelamente, ir ideando el diseño.             Yo la entendía. Y comprendía todo al mismo tiempo, pero las cartas estaban echadas desde el día anterior, salvo que mamá desistiera y para eso todavía teníamos un poco de tiempo. Ella quiso seguir adelante con la maniobra reconociendo su terror a estar navegando por aguas turbias y su confusión al contender con esta mezcla ilógica de nuestros tiempos. Y a pesar de estar respirando el mismo aire, yo me sentía taxativamente extraño y desubicado, e imaginaba que ella también. Hasta las texturas diferían de las de mi época; el perfume de la cocina no era el aroma que yo acostumbraba a oler en mi tiempo más allá de tener, ésta, un verdadero y delicioso olor a cocina; el cielo con sus nubes no se veían como en las fotos, ajados y viejos: se veían como cielo y nubes, pero podía darme cuenta que no eran ni el cielo ni las nubes de mi siglo. Amaba acariciar a mi madre, pero mis recuerdos más antiguos a cerca de esas caricias se encontraban a muchos años, y tener un contacto afectivo con ella en este mil novecientos sesenta y siete, me provocaba una corriente interna difícil de explicar y de concebir. Sentía que adoraba a una hija en vez de a una madre; su rostro era la piel de un durazno, suave y joven, delicada y majestuosa; su mirada tenía un candor distinto a aquella mirada con la que me observaba ese primer día de mi jardín de infantes.             No era fácil. Era todo un cúmulo de excentricidades y de delirios reales que había que aceptar, incluso, intuyendo o sabiendo a ciencia cierta que esto podía tratarse de simplemente un sueño más. No lo era. O sí. Ni mamá ni yo podíamos determinarlo, pero estábamos dispuestos a apostar todo lo que teníamos e, interiormente, presumíamos que esta historia estaba siendo lo más real que nos estaba sucediendo.              Ya teníamos solucionado lo de mi estadía, sólo debíamos cuidarnos de con quién nos cruzábamos. Había que tratar de evitar a la familia de papá, no porque fueran excepcionalmente perspicaces e intentaran resolver el acertijo entre sus manos: si nos veían juntos, al menos una vez, tildarían de prostituta a mi pobre madre y una realidad más grande que la que estábamos viviendo, pero absolutamente infernal, le caería como un rayo sobre su humanidad. Pero en eso estábamos tranquilos porque, si bien, mamá, papá y Alejandra, vivían en una parte de la casa de mi abuela, de algún modo, eran los únicos que tenían un poco más de intimidad que el resto y, conociendo ciertos horarios, podíamos determinar cuándo llegar y cuándo salir.             Los mates parecían estar cada vez más sabrosos, y en medio de la mateada, algunos aspectos estaban empezando a tomar forma y, por ende, a tranquilizarnos. Sonaba a plan macabro y maléfico, pero era sólo un bosquejo bien urdido en pos de la sanidad futura de mi madre, de la mía y de mi hermana. Y si cada uno en esta vida tiene lo que se merece, yo discrepaba enfáticamente con esas palabras y me sentía dispuesto a demostrarle al mundo que mamá estaba a punto de tener una segunda oportunidad. Nunca pude volver sobre mis pasos e intentar una réplica para que mi madre tuviera nuevas chances, y ahora, con esta decisión ilógica e inentendible de la vida, de Dios o de quien fuere, agotaría todos los recursos para que ella pudiera vivir como realmente se merecía.              - ¿Cómo ha sido Ramón a lo largo de estos años con respecto a decisiones tomadas por mí?              Mamá lanzó la pregunta como desprendiéndose de una granada. Me tomé de los últimos tres sorbos del mate - y de mis ojos clavados en los de ella - no para mentirle, sino, para encontrar las palabras justas y adecuadas, aquellas que menos daño le causaran.              - Sé que va a sonarte doloroso, pero uno de los trabajos a los que papá se dedicó, fue a tomar las riendas de tu vida por mano propia. Era su manera de “amarte”, según sus dichos, una manera bastante particular por lo que verás. Y cuando te tocó tomar decisiones tuviste que sortear muchos obstáculos hasta concretarlos, soportando malos gestos, desaires, agravios de toda índole y hasta castigos físicos. Así mismo te subías al caballo y enfrentabas esos desafíos. 
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