La puerta se abre y Andreas entra. Me alivia verlo. Él ha estado protegiendo el fuerte en el trabajo. —¿Están bien?—me pregunta. —Sí, hijo. Los dejaré para que hablen—dice Pa con un movimiento de cabeza—. Llámame si me necesitas. —Lo haré. Pa camina hacia Andreas, le da una palmada en el hombro y nos deja. Andreas suspira y me mira de esa manera fraternal que solía ponerme de los nervios cuando éramos niños. —Estoy enojado contigo por no llamarme—me dice, se acerca a darme un apretón en el hombro, pero me mantengo entero un poco más. —Lo siento. Han pasado demasiadas cosas, Andreas. —Por eso debería haber estado aquí, no empujando papeles en la oficina. Tenemos hombres extra. Tenemos ojos en todas partes, así que trata de relajarte—me asegura. —Gracias, Andreas, gracias por apoyarm

