UNO.

1388 Palabras
Willow.  -Dime Willow, ¿has tenido algún avance? Miro a mi terapeuta como si pudiera cortarle la puta garganta, aunque no tendría que hacerlo, si se lo pidiera, Kilian lo haría por mí. Pero no soy esa clase de persona, no soy como el, no soy esos hijos de puta. Niego suavemente. Suspira frustrada. Soy el reto en su carpeta de misterios sin resolver, uno que quiere conseguir desesperadamente para concluir su puto estudio de traumas. -Quizá deberías volver al hospital. Eso es una puta locura, pero lo haré porque quizá algún día encuentren que mierda sucedió conmigo aquella noche. La miro y ella lo hace de vuelta, pronto se levanta en esos ridículos Yves Saint Laurent con las letras doradas como tacón, garabatea algo en un papel y me lo entrega. -Es un viejo colega, volvió a la ciudad hace un par de semanas, es el mejor, si él no puede ayudarte Willow, siento decirlo, pero nadie lo hará. Le diré que lo visitaras inmediatamente. Sus palabras se clavan en mi cerebro recordando mi vida de Stripper, joder, nadie puede ayudarme, he aprendido a vivir una vida llena de hombres lobo por mi propia cuenta, ¿de verdad cree que me asusta no poder hablar? Saco un par de billetes y los dejo sobre la mesa. -Nos vemos la próxima semana. Salgo del consultorio sin responder, porque, ¡Sorpresa! No puedo hacerlo. Reviso la dirección en el papel, me pregunto cuanto mas debería intentar, cuanto tiempo mas debo torturarme con esto. Estiro la mano en la orilla de la acera, un taxi se detiene, subo en silencio y entrego la nota, sin decir una palabra nos dirigimos a un enorme y ostentoso bloque de apartamentos, no me sorprende que no sea el hospital, mi terapeuta sabe que Kilian se enteraría de inmediato, tiene ojos y oídos en todos lados. Le entrego un par de billetes arrugados al conductor y salgo del auto, el frío afuera es entumecedor estoy segura de que mi nariz esta roja y tengo ese aspecto enfermo que detesto. Hay un par de letras debajo de la dirección, PH. Pent house. Saludo al portero con un movimiento de cabeza, parece no verme como una amenaza porque ni siquiera se molesta en preguntar a donde me dirijo, bueno todas estas personas estiradas deberían considerar cambiar su seguridad, cualquier loco podría venir aquí y subir en silencio luego volar cabezas. Parece una película, pero es real, he visto tantas veces como sucede que ya no me provoca ninguna reacción. Como sea, subo en elevador hasta el último piso, pero el elevador no se abre, es de estos que necesitan una llave o abrirse desde el exterior. “Bueno, mierda, quizá debí preguntar cuando podía venir” Estoy a punto de bajar cuando las puertas se abren lentamente, mostrándome el enorme ático, el mármol n***o predomina las superficies, el color dorado en las paredes presume elegancia y los cuadros de arte son demasiado explícitos es costoso sin duda y todo grita Esnob, salgo del elevador sin nadie a la vista, ojalá pudiera hablar. -Llegaste. Un hombre sale de algún rincón desconocido, cuando le prestó atención algo revolotea en mi interior, es alto, casi tanto como mi hermano, su rubio cobrizo esta despeinado y no lleva camisa, parece que los mismísimos dioses griegos bajaron a esculpir su torso, la línea V de la que caen sus pantalones de pijama me hace babear. “¿Sabía que vendría?” Camina directamente a la cocina dejando un rastro de su aroma por toda la casa. -Quítate el abrigo, déjalo en el perchero. Quiero protestar, pero luego cuando doy la vuelta veo una bata blanca, así que asumo que debe ser un medico al que no le da vergüenza que sus pacientes nuevos lo vean medio desnudo, lo cual sinceramente no tiene sentido, pero de nuevo he visto toda clase de cosas locas que ya no me resulta extraño. Dejo la bufanda también, quedándome en mi cuello de tortuga, aquí dentro no hace frío. Me observa en silencio desde la cocina, no me había dado cuenta de la intensidad de sus ojos verdes, recorre cada centímetro de mi cuerpo y siento que esta a punto de abrirme para sacarme los intestinos y estudiarme como si fuera un animal exótico. -Ven aquí.- su voz ronca me asusta pero de alguna manera me siento como la mitad de un imán, la otra mitad la tiene este extraño entre los dedos. Cuando estoy en la esquina de la isla de mármol entrecierra los ojos. -De rodillas. “¿Qué?” Aprieto la mandíbula, ¿Qué carajo? Cuando no lo hago se acerca tomándome de la mandíbula, acaricia mi pómulo y luego baja hasta mis labios, luego con un tirón abajo hace que me arrodille frente a él, tengo que sostenerme en sus muslos al mismo tiempo que enreda sus manos en mi cabello. Dios, esto debería sentirse mal, debería golpearlo y largarme de aquí ahora mismo, pero no puedo, estoy tan hipnotizada con su aroma, con sus dedos acariciando mi cabeza, con sus ojos que parecen concentrados en nada más que en mí. Nadie nunca me ha mirado de esta manera, él no sabe que estoy rota, él no sabe quien es mi hermano y todavía parece encontrarme atractiva. -Eres preciosa joder, ¿Dónde te escondieron todo este tiempo? No hay ni una pizca de amabilidad en sus palabras, me habla como si fuera un juguete, como si mi belleza fuera lo único que importa. Nunca me sentí mas desesperada por responder, jamás quise gritar tanto como ahora, especialmente cuando introduce el pulgar en mi boca, de adentro hacia afuera y yo lo chupo. “Esto está mal, muy mal.” Lo sé y todavía me quedo callada, plantada en este frio y oscuro lugar. -Vas a dejarme entrar.- no es una pregunta, lo sabe en cuando saca el pulgar de mi boca dejando un rastro de mi saliva, lo que en otras circunstancias me habría parecido asqueroso, ahora es… bueno, erótico. -Bájalos.- sus ojos señalan sus pantalones, respiro con dificultad y trago profundamente, no puedo. Abre la boca frunciendo el ceño cuando un pequeño timbre suena, echa la cabeza atrás suspirando. -Mierda, fui claro cuando dije que no me molestaran. Me da una mirada frustrada y se dirige al elevador, la puerta se abre tras presionar un botón y una mujer en unos zapatos tan altos como zancos entra sonriendo, se quita el abrigo quedando en un vestido que apenas le cubre el culo. -El trafico es horrible, lamento llegar tarde, ¿Dónde me quieres? Desde aquí puedo ver como los músculos de su espalda se contraen, algo en su rostro se fractura por un segundo y estoy segura de que si hubiese parpadeado me lo perdía, ahora caigo en cuenta de algo aterrador. Él no sabía que estaría aquí, me ha confundido con una prostituta. Me incorporo tan rápido que tropiezo con mis propios pies, paso corriendo a su lado antes de que el elevador se cierre, una mano se enreda en la mía. -¿Quién eres?.- pregunta molesto y confundido. Jalo mi brazo y salgo corriendo, pasando por el pequeño espacio de la puerta a punto de cerrarse, presiono el botón del lobby y cuando comienza a bajar respiro aliviada. Una vez que salgo a salvo siento mis mejillas ardiendo debido al frio mordiéndome la piel, he olvidado mi abrigo ahí arriba, maldita sea, busco mi billetera, pero es obvio que esta en el maldito abrigo, joder. Ahora sin dinero en efectivo camino hasta mi pequeño refugio durante una hora entera, tendré suerte si para el final del día no termino en el hospital con una hipotermia diagnosticada. Mientras avanzó y el sol cae, me doy cuenta de que lo que acaba de suceder es una completa y absoluta locura, ¿Por qué me quede quieta sin hacer nada? ¿Quién es él? ¿Por qué mi psicóloga me enviara ahí? Niego suavemente con la cabeza abrazándome a mí misma, pero, sin importar cuanto lo intente cuando cierro los ojos todo lo que veo es él hambre que tenia ese hombre. El deseo ferviente que crepitaba entre nosotros y la inevitable necesidad que tengo de volverlo a ver. Algo me dice que lo haré más pronto de lo que creo.
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