Chispita

940 Palabras
Ethan No debí querer conocer a Chispita, bueno o preguntar. En mi defensa, cuando Ana dijo “mi perro”, mi cerebro tradujo automáticamente “una bolita peluda de algodón”. Algo que cabe en un sofá. Algo que, si ladra, se le pasa con una galleta. Algo… manejable. Error. Grave. Monumental. Entramos a la casa y apenas pongo un pie dentro, escucho un sniff profundo, ruidoso, como si la casa misma estuviera evaluando si merezco vivir. Miro alrededor buscando al supuesto perro chiquito, un Chihuahua, Corgi por lo menos, pero no lo veo. Sonrío, confiado. Tal vez Chispita está dormido. Tal vez Entonces ocurre. Un bulto n***o del tamaño de una motocicleta emerge del pasillo. Ojos brillantes. Mandíbula poderosa. Pecho inflado. Y una energía que grita “intruso detectado”. —Joder —murmuro, porque eso es lo que uno dice cuando su vida pasa frente a sus ojos. Chispita me huele. No: me inspecciona. Nariz contra mi pierna. Un gruñido bajo vibra desde su pecho, como un motor arrancando. —Eh… buen perro —intento, usando la voz que uno usa con criaturas peligrosas y clientes difíciles—. Buen… ¿chico?. El perro levanta la cabeza. Me mira. Y decide que soy su nuevo proyecto personal. Se me lanza encima. No muerde. Gracias a todos los dioses. Pero me empuja con la fuerza de un camión y yo retrocedo dos pasos, perdiendo la dignidad y casi el equilibrio. Mis brazos se abren instintivamente, como si eso fuera a detener a un rottweiler decidido a hacerme parte del mobiliario. —¿QUIÉN ES ESE? —ruge una voz masculina desde la cocina—. ¡MUERDE, CHISPITA! —¡NO, JAVIER! —gritan Ana y su madre al mismo tiempo. ¿Javier? El hombre aparece con un trapo en la mano y una expresión asesina en el rostro. Me señala. —¿Quién es este tipo? —me exige—. ¿Y por qué está entrando a mi casa?. Genial. Ahora, además de un perro homicida, tengo un padre protector que claramente piensa que soy un ladrón, Pero elegante. —Señor, yo… —empiezo, pero Chispita decide que mis palabras no son relevantes y me empuja otra vez con el hocico, como diciendo “quieto”. —¡Papá, por favor! —dice Ana, colocándose entre el perro y yo como si fuera un escudo humano—. ¡Es mi jefe! Silencio. El perro deja de gruñir. Javier parpadea. La madre de Ana se cruza de brazos, tranquila, como si esto pasara todos los martes. —¿Tu jefe? —repite Javier, el padre de Ana mirándome de arriba abajo—. ¿El del banco? —No, papá. Mi jefe… jefe. Ethan Jones. Otra pausa. Javier me observa con más atención ahora. El trapo cae al suelo. —¿El Ethan Jones? —pregunta lentamente. —El mismo —respondo, intentando sonreír sin mostrar los dientes, no quiero que Chispita lo interprete como una amenaza. El perro vuelve a olerme, esta vez con menos intención de asesinato y más curiosidad, bueno almenos me permito respirar. —Ah —dice Javier—. Entonces… no muerdas. Chispita me mira. Yo juro que ese animal suspira. —Lo siento —añade Javier, encogiéndose de hombros—. Pensé que era un ladrón. Aquí entran muchos… —me mira otra vez— …bueno, no muchos, pero uno nunca sabe. —Claro —respondo—. Totalmente comprensible. Yo también suelo ser atacado por perros al entrar a casas ajenas. Ana se tapa la boca para no reírse. Su madre ya no lo intenta. —Chispita, ve a tu cama —ordena Ana. El perro me da una última mirada, como advirtiéndome que no baje la guardia, y se va. Yo exhalo por primera vez desde que entré. —Lo siento —me dice Ana en voz baja—. Él… no suele saltar así. —No pasa nada —respondo—. Me gustan los perros grandes. Mentira. Pero no es momento de confesar debilidades. Javier me extiende la mano. —Javier —dice—. El papá de esta linda princesa —Ethan —respondo estrechando su mano—. El… no ladrón. Ríe. Eso ayuda. Javier se gira de inmediato hacia Ana con una expresión que mezcla orgullo exagerado. —Muévete, hija —dice, señalándola con la barbilla—. Hay que atender a tu jefe como se debe. Ana abre la boca para protestar, pero Javier ya está caminando hacia mí y, para mi sorpresa, me rodea con un brazo firme por la espalda, llevándome unos pasos más adentro de la casa como si fuéramos viejos amigos. Su mano cae pesada sobre mi hombro, amistosa, invasiva y muy poco negociable. —Papá, por favor… —murmura Ana, claramente avergonzada. —Hija, por favor tú —responde él sin mirarla—. No todos los días tenemos el gusto de tener al jefe de mi hija en la casa. Y menos uno que viene… —me mira de reojo— …entero después de conocer a Chispita. Aprieto los labios para no reír. Javier sigue hablando mientras me guía como si fuera una pieza valiosa del museo familiar. —Además —añade—, un hombre importante como usted merece buena atención. ¿Verdad, Ana?. Ella nos mira con los ojos muy abiertos, como pidiendo auxilio al universo. Yo noto cómo se le enrojecen las mejillas. —Papá… —insiste—, no exageres. Javier se detiene, la mira con una sonrisa que conozco bien: la sonrisa del padre que ya decidió ganar.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR