Apunto de morir

783 Palabras
Ana Ethan carraspeó incómodo frente a mi padre, acomodándose el saco como si de verdad fuera a salir corriendo por la puerta en cualquier momento. Ajá. Seguro. —No quiero causar molestias —dice con educación extrema—. Puedo buscar un hotel cercano. ¿Hotel? ¿HOTEL? Siento una punzada directa al pecho, como si alguien me hubiera pellizcado el corazón con intención. ¿Perdón? ¿No fue este el mismo hombre que hace horas me secuestró emocionalmente, me subió a un avión, conoció a mis padres y ahora pretende… irse? ¿Así como así?, sin una explicación. Miro a Ethan con cara de “explícame esto ahora mismo”. Pero mi padre, bendito sea su espíritu dominante, niega con la cabeza de inmediato, como si esa opción jamás hubiera existido. —¿Hotel? —resopla—. No, no, no. Aquí hay habitación de huéspedes. En esta casa nadie se va de noche. Gracias, papá. Gracias por salvar mi dignidad… y arruinarla al mismo tiempo. Mamá asiente con su cabeza encantada, como si llevara años esperando este momento. —Exacto, Ethan —dice sonriente—. Siéntete como en casa. Yo los miro a los tres con los ojos abiertos como platos. ¿Cuándo perdí el control de mi vida? ¿En qué punto exacto acepté que mi jefe durmiera bajo el mismo techo que yo? . Ethan me mira de reojo. Esa sonrisa ladeada aparece. Esa que dice “sé exactamente lo que estás pensando y me encanta”. —Bueno… —dice finalmente—. Si no es molestia. Perfecto. Simplemente perfecto. Ana: cero control. Ethan: mil puntos. Horas después, estoy en mi habitación, acostada boca arriba, mirando el techo como si me fuera a responder algo importante. Sonrío como boba. Literalmente. —Contrólate, Ana —me susurro—. Es tu jefe. Tu jefe. J-E-F-E. Duerme en la habitación de huéspedes. Respira. Inhala. Exhala. No pienses en su sonrisa. Pienso en su sonrisa. Genial. Cierro los ojos… y entonces escucho un ruido. Abro un ojo. Luego el otro. Otro sonido. ¿Pasos? Me incorporo lentamente. Mi corazón empieza a latir como si estuviera corriendo una maratón sin mi consentimiento. Salgo de la habitación de puntillas. El pasillo está en penumbra. —¿Hola…? —susurro, porque claramente eso siempre funciona en las películas de terror. Y entonces sucede. Un brazo aparece de la nada. Me toma de la cintura, y por supuesto mi cerebro se apaga. Me empuja suavemente contra la pared y yo juro, JURO, que mi alma intenta abandonar mi cuerpo. El aire se me va. Mi espalda choca con el muro y antes de que pueda gritar, su voz me envuelve. —No tienes idea de lo difícil que es no besarte ahora mismo. —Ethan. Está demasiado cerca. DEMASIADO. Siento su respiración. Su perfume. Su maldita presencia que debería venir con advertencia médica. —E-Ethan… —susurro—. ¿Estás loco?. Porque si la respuesta es sí, necesito saberlo ahora. —Un poco —admite—. Pero créeme, me estoy conteniendo como nunca en mi vida. Auxilio. Socorro. Llamen a emergencias porque me voy a desmayar aquí mismo. Se inclina apenas más y yo veo puntitos. ¿Esto es normal? ¿Así se siente morir? Y entonces… —Grrr… Nos congelamos. Chispita aparece de la nada. Enorme. Silencioso. Sentándose justo al lado de Ethan como si fuera su guardaespaldas personal. Traidor. —¿En serio? —susurro—. ¿Ahora eres su amigo? Antes de que Ethan pueda responder, la voz de mi padre retumba desde el fondo del pasillo. —¿Quién anda ahí? —grita—. ¡Les advierto que estoy armado!. Ethan traga saliva. Literalmente lo veo hacerlo. —Ana… —susurra—. Creo que este es el momento en el que muero. No pienso, actuó, y sin dudarlo un segundo lo tomo del brazo y lo jaló. —¡Ven! —susurro. Lo arrastro hasta mi habitación como si estuviera salvando su vida. Cierro la puerta con cuidado y apoyo la espalda contra ella, respirando como si acabara de escapar de un incendio. Ethan me mira. Divertido. Tenso. Demasiado guapo para esta situación. —Esto —dice— es oficialmente la noche más peligrosa de mi vida. Antes de que pueda responder, Chispita entra tranquilamente, se acuesta junto a la cama… y se pega al lado de Ethan. MI perro. Pegado a mi jefe. —Genial —murmuro—. Ahora tengo a mi jefe… y a mi perro… en mi habitación. Ethan sonríe. Esa sonrisa que me derrite. Y yo pienso, mientras mi corazón late como loco… Treinta días. Treinta malditos días.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR