¡Serios problemas!

826 Palabras
Ana Caminé lentamente hacia la cama, donde por supuesto estaban Ethan y Chispita. Él me miró… y sonrió. Esa sonrisa. Esa maldita sonrisa que debería venir con advertencia sanitaria. Diosito, apiádate de mí. Sé que cuando escogiste a tus guerreros más importantes yo estaba al comienzo de la lista… pero tampoco te pedí una prueba de resistencia tan intensa. —¿Qué tanto piensas? —pregunta de pronto. Pego un brinco digno de película de terror barato. Y no porque no supiera que estaba ahí, sino porque estaba demasiado cerca. Con esa mirada dulce como la miel… y peligrosa como dinamita. Diosito… otra vez tú. —¿Quién está ahí? —la voz de mi padre retumba desde el pasillo. Mi cabeza gira de inmediato hacia la puerta… y entonces escucho: —Ana. Me giro. Bueno… me giró lo suficiente como para quedar a escasos centímetros de su boca. Demasiado cerca. Peligrosamente cerca. —Emmm… —es todo lo que logró articular. Mi cerebro acaba de abandonar el chat. —Será mejor que salgas a quitarle el arma a tu padre —susurra, conteniendo una sonrisa. No puedo evitar sonreír yo también. Si supiera que mi padre no posee ninguna arma… salvo su chancla legendaria, que es la misma de mi madre, aunque a decir verdad creo más que es la legendaria chancla de mi madre. —Creo que es mejor esperar a que se duerma —respondo en voz baja. Una sonrisa traviesa se dibuja en sus labios. Esa sonrisa que grita problemas. Su mirada se desliza por mi rostro y, no sé por qué, pero creo que debí decirle que sí, que mi padre tiene una enorme arma… muy peligrosa… letal incluso. Un fusil de esos de la primera guerra mundial, no, no esos son muy viejos, mejor segunda guerra mundial. Las manos de Ethan se deslizan sobre mi cintura y me sobresalto. Literalmente siento cómo mi alma abandona el cuerpo por unos segundos. Diosito… ¿cómo esperas que sobreviva a esto? ¿A él? ¿Al hombre por el que me muero? Se acerca un poco más. Demasiado. Tanto que siento que me voy a desmayar. Mi respiración se vuelve torpe, mi corazón va a mil y mis rodillas… traidoras… consideran seriamente rendirse, y lo peor antes de cumplir los 30 días. —Ana —murmura—, estás temblando. No, Ethan. No estoy temblando. Estoy teniendo una crisis existencial causada por tu proximidad. Antes de que pueda responder, Chispita se acomoda a su lado, como si protegiera a su humano. Genial. Fantástico. Perfecto. —Claro —susurro—. Mi jefe. Mi perro. Mi habitación. De noche. Con mi padre patrullando el pasillo. Ethan sonríe, divertido. —Admito que esto supera cualquier expectativa. Yo lo miro… y pienso exactamente lo mismo. Chispita suspira ruidosamente y se acomoda mejor en la cama, ocupando exactamente el espacio que debería ser mío. Lo miro con traición en los ojos. —Ni se te ocurra roncar —le susurro. Ethan suelta una risa baja, de esas que no ayudan en absoluto a mi autocontrol. —Creo que me odia —dice, señalando al perro. —No te odia —respondo—. Te está evaluando. Y vas perdiendo. Me acerco a la cama con cautela, como si fuera una misión de alto riesgo. Me siento en la orilla, rígida, manteniendo una distancia que solo existe en mi mente, porque Ethan vuelve a acercarse. Demasiado. Otra vez demasiado. Puedo sentir el calor de su cuerpo, su rodilla rozando la mía, su brazo detrás de mí… respira, Ana, respira. Inhalo… exhalo… fracaso. —Si sigues tan tensa —susurra—, voy a pensar que te incomodo. No me incomodas. Me desarmas. —Estoy perfectamente relajada —miento, con la voz más aguda que he tenido en mi vida. Justo entonces, pasos, me congelo. Ethan también. La perilla de la puerta se mueve levemente. Mi corazón intenta escapar por la garganta. —Ana —la voz de mi padre suena somnolienta—. ¿Todo bien? Miro a Ethan. Él me mira a mí. Chispita abre un ojo, como si esto fuera un espectáculo nocturno. —¡Sí! —respondo demasiado rápido—. Todo… normal. Silencio. Un segundo. Dos. —¿Por qué tu perro gruñe? —¡Está soñando! —respondo—. Persigue gatos. Chispita suelta un bufido. Traidor. Los pasos se alejan por fin. Exhalo tan fuerte que casi me mareo. —Sobrevivimos —susurra Ethan. —Por ahora —respondo—. Si mi padre nos encuentra aquí. —¿Eso es una amenaza… o una promesa? Lo miro. Mala idea. Pésima idea. Se inclina apenas, lo suficiente para que su frente roce la mía. El mundo se me va de lado. —Ana… —murmura—. Dime que no quieres que te bese. Mi cerebro entra en modo emergencia. Diosito, si esta es mi última noche, que conste que fui valiente.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR