Ethan
Hubiese querido besarla.
Hubiese querido tomarla entre mis brazos y olvidarme, aunque fuera por cinco segundos, de que soy su jefe, de que estamos en casa de sus padres y de que su perro parece entrenado por fuerzas especiales.
Pero no.
Respiro hondo. Dos veces. Tres.
Nada funciona.
Así que hago lo único sensato que puedo hacer antes de cometer una estupidez gloriosa: me aparto.
—Será mejor que salga —murmuro, más para convencerme a mí mismo que a ella.
Ana me mira como si no supiera si agradecerme o lanzarme una almohada. Sus ojos están brillantes, sus labios ligeramente entreabiertos, y juro por todo lo que es sagrado que ese gesto debería ser ilegal después de medianoche.
Me doy la vuelta antes de cambiar de opinión.
Claro está… no salgo solo.
Chispita se levanta inmediatamente y me sigue, caminando a mi lado como si fuera mi escolta personal. No ladra. No gruñe. Solo me observa.
—Genial —susurro—. Ahora tengo guardaespaldas.
Llegamos al pasillo y él se sienta frente a mí, mirándome fijamente. Muy fijamente.
—Escucha —le digo en voz baja—. Yo no soy el enemigo.
Inclina la cabeza.
—De hecho, estoy haciendo un esfuerzo sobrehumano por ser el bueno.
Nada.
—¿Sabes lo difícil que es irse sin besarla?
Chispita bosteza.
—Eso es un “sí”, ¿verdad?
Camino unos pasos más y él vuelve a seguirme. Me detengo otra vez.
—No puedes dormir conmigo —le aclaro—. Esto ya es bastante incómodo sin testigos peludos.
Se sienta de nuevo.
Suspira.
Me rindo.
—Perfecto —murmuro—. Acompáñame.
Nos dirigimos a la habitación de huéspedes. Me dejo caer en la cama, mirando el techo, con las manos detrás de la cabeza.
Mi corazón sigue acelerado. Mi cuerpo… ni se diga.
Cierro los ojos y solo veo a Ana. Su risa nerviosa. Su mirada. Lo cerca que estuvimos.
—Treinta días —me recuerdo—. Treinta.
Chispita se sube a la cama y se acuesta a mi lado, apoyando la cabeza cerca de mi brazo.
—No te acostumbres —le digo—. Esto no te convierte en mi mejor amigo.
Él no responde. Solo suspira… y se duerme.
Yo, en cambio, paso la noche despierto, pensando en una sola cosa:
Contenerme nunca había sido tan difícil.
Un golpe firme en la puerta me saca del sueño.
Abro un ojo. Luego el otro.
Miro el reloj.
Demasiado temprano para existir.
—¿Quién…? —murmuro, carraspeando mientras me levanto y acomodo la camisa como puedo.
Abro la puerta.
Y ahí está.
Javier. El padre de Ana. Con una sonrisa enorme, de esas que no sabes si anuncian una buena noticia… o tu ejecución pública.
—Buenos días, muchacho —dice, alegre.
Trago saliva.
—Buenos días, señor… —respondo—. ¿Qué lo trae tan temprano?
Su sonrisa se ensancha aún más.
Eso no es buena señal.
—Necesito comprobar si usted es un buen hombre para mi hija.
Ah.
Ahhh.
Mi garganta se seca de inmediato.
—Y-yo… —empiezo, pero levanta una mano.
—Tranquilo, muchacho —dice—. Sofía me lo dijo todo.
Por lo visto la hermana de Ana es buena comunicadora social.
—Ahora —continúa—, dígame… ¿cuál es su propósito para conquistar a mi hija?
Siento que el corazón me golpea las costillas.
—Me hubiera gustado decírselo personalmente, señor —respondo con sinceridad—. No quiero que piense que no respeto a su familia.
Javier me observa unos segundos. Luego da un paso adelante y me coloca una mano pesada en el hombro.
—Tranquilo, muchacho —dice con voz grave—. Eso habla bien de usted.
Respiro… apenas.
—Ahora acompáñeme.
Asiento.
Doy un paso fuera de la habitación y entonces él baja la mirada… directamente a mi ropa.
—Pero creo —añade— que esa ropa que trae se le va a echar a perder.
¿Perderse?
Mi cerebro empieza a trabajar a mil por hora.
¿Trabajo pesado?
—¿Perderse… cómo? —pregunto con cuidado.
Javier sonríe, divertido.
—Ya verá.
Salgo al pasillo, tratando de parecer tranquilo, cuando escucho pasos detrás de mí.
Chispita.
Por supuesto.
Camina orgulloso, pegado a mi pierna, como si hubiera decidido que hoy también soy su responsabilidad.
—Perfecto —murmuro—. Si sobrevivo a esto, te compro galletas.
Él mueve la cola.
Y yo, con el pasible suegro delante y el perro detrás, me preparo mentalmente para lo que sea que signifique probar si soy digno de Ana.
Porque algo me dice que esta mañana…
va a doler.
Si alguien me hubiera dicho que la verdadera prueba para conquistar a una mujer incluía salir de su casa al amanecer, con frío, y seguir a su padre sin saber a dónde diablos vamos… habría usado ropa deportiva.
—¿A dónde vamos? —pregunto mientras cierro la puerta de la camioneta, frotándome las manos por el frío.
Javier sonríe.
Eso nunca es buena señal.
—A trabajar, muchacho.
Eso tampoco aclara nada.
Miro el cielo todavía gris, el aliento saliendo en pequeñas nubes blancas.
—Hace frío —comento.
—Esto no es frío —responde.
Arrancamos. Chispita va en la parte trasera, feliz, como si estuviéramos rumbo al parque de diversiones más peligroso del mundo.
Durante el camino, intento adivinar el destino. Ciudad, no es. La carretera se vuelve más angosta, más verde, más… rural.
—Javier… —digo—. Solo para estar en la misma página… ¿esto es una finca?
—La finca —corrige—. Donde Ana creció.
Miro mis zapatos.
Zapatos de cuero italiano.
Piel fina.
Diseñados para oficinas, no para barro.
Trago saliva.
Llegamos.
El portón se abre con un chirrido que suena como advertencia.
Caballos.
Muchos caballos.
Vacas.
Muchas vacas, demasiadas vacas.
—Bienvenido —dice Javier bajándose—. ¿Sabes montar?
—Claro —respondo—. He montado… caballos de pasoñ. ¿Cuenta?
No ríe.
Mal comienzo.
Se acerca un caballo enorme, mirándome como si supiera que soy un fraude.
—Ese es Relámpago —dice Javier—. No le gustan los miedosos.
Perfecto.
—¿Y qué vamos a hacer exactamente? —pregunto.
Javier me lanza un sombrero.
—Montar y arriar vacas.
Miro el sombrero.
Miro el caballo.
Miro mi traje.